Los mercaderes del Che - Álex Ayala - ebook

Los mercaderes del Che ebook

Álex Ayala

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Opis

Bolivia en telón de fondo para 13 crónicas Álex Ayala escribe acerca de unos jubilados que cumplen heroicamente su última misión en la vida: vigilar una estatua de John Lennon para que nadie robe sus características gafas. Y también lo hace sobre los habitantes de un pueblo de Bolivia que comercian con sus recuerdos sobre las últimas horas de vida del Che Guevara. En otro capítulo se habla del sastre Sillerico, quien ha gozado del dudoso honor de ver en paños menores a la mayoría de los presidentes de su país: a los de izquierda y a los de derecha, a los populistas y a los dictadores, a los gordos y a los espigados, a los brutos y a los letrados. Y así hasta completar un total de 13 historias repletas de empatía hacia sus minúsculos protagonistas.CRÍTICAS- «Álex Ayala es uno de los cronistas más originales y agudos que hay hoy en América Latina. Ha escogido Bolivia como base de operaciones y allí se ha convertido en un detective ameno y audaz de la condición humana. En este singular libro, gracias a su mirada, volvemos a descubrir que el mundo pequeño también es grande. Los mercaderes del Che es un deleite» - Jon Lee Anderson, The New Yorker- «Este libro está escrito con un gran pulso narrativo. Ayala explora los ángulos más inesperados, encuentra los detalles más reveladores. En sus manos la historia siempre va mucho más allá de la trama que nos cuenta, porque él sabe hallar su significado oculto. Voz aguda, mirada intuitiva y unos zapatos de reportero diligente: he allí las armas con las cuales ha emprendido la aventura de contarnos la realidad en este libro magnífico. Álex Ayala es dueño de uno de los talentos más notables de la nueva crónica latinoamericana» - Alberto Salcedo Ramos, ganador del Premio Rey de España de Periodismo en el año 1998- «Hay algunos escritores, como el autor de este libro, que trabajan con estas “vidas minúsculas” (como las llamó el novelista francés Pierre Michon). Las vidas de seres anodinos que un día se enfrentan con la Historia o la notoriedad. De este cruce surge el mundo de Álex Ayala, el especialista de pelo pajizo que llega al terreno provisto de un contador Geiger, para estudiar la estela de radiactividad que dejaron detrás los grandes acontecimientos» - Fernando Molina, ganador del Premio Rey de España de Periodismo en el año 2011EL AUTORÁlex Ayala Ugarte es español de nacimiento, boliviano de corazón y tartamudo de vocación. Fue director del dominical del diario La Razón de Bolivia, editor de periodismo narrativo del semanario Pulso y fundador de Pie Izquierdo, primera revista boliviana de no ficción. Colabora con medios como El País, Etiqueta Negra, Paula, Virginia Quaterly Review, Séptimo Sentido, Frontera D, Internazionale, Ecos, Emeequis y otros. Ha participado en talleres de crónica con periodistas como Alberto Salcedo, Francisco Goldman, Jon Lee Anderson y Alma Guillermoprieto, por si se le pegaba algo de ellos. Fue Premio Nacional de Periodismo de Bolivia en 2008.

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LOS MERCADERES DEL CHE GRANDES HAZAÑAS DE PERSONAJES MINÚSCULOS

Álex Ayala Ugarte

primera edición: septiembre de 2012

título original: Los mercaderes del Che

© Álex Ayala Ugarte, 2012

© Libros del K.O., S.L.L., 2012

C/ Príncipe de Vergara, 261

28016, Madrid

[email protected]

www.librosdelko.com

isbn: 978-84-940348-2-4

código bic: DNJ

diseño de portada: Estresarte.com

maquetación: María O'Shea Pardo

corrección: Laura Gastaldi Halperín

LOS CUSTODIOS DE LENNON

A los ojos cansados de Asunción Estrella Gutiérrez, de sesenta y tres años, no se les escapa el más mínimo detalle. Se mantienen fijos en la figura estática de John Lennon, el mítico ex-Beatle que causó furor en las radios y televisiones del mundo en los 60. Es temprano. Hace calor. Estoy en el barrio de El Vedado, un céntrico entramado de calles y avenidas lleno de palacetes y de construcciones de estilo neoclásico. Y John Lennon literalmente es una estatua. Es una estatua a tamaño natural de más de dos toneladas que cruza las piernas con cierta elegancia y que ocupa menos de dos metros cuadrados en una banca solitaria de un pequeño parque que pasaría desapercibido en cualquier ciudad del mundo.

John Lennon es puro bronce: cabello de bronce, rostro de bronce, camisa de bronce, pantalones de bronce, labios de bronce y botas de bronce. Tiene la cabeza levemente ladeada hacia la izquierda, las rodillas desgastadas por el manoseo de los turistas, un gesto ligero de curiosidad y la mirada perdida de los marineros antes de avistar tierra.

A su lado, Asunción recoge su pelo con un pañuelo de colores vivos, vence su falta de visión gracias a unos anteojos gruesos y recuesta sus setenta kilos de peso en una vieja silla desplegable, desde donde estira sus canillas maltratadas hacia el infinito.

Forma parte del grupo de custodios de la estatua, cinco hombres y mujeres jubilados dedicados a velar por la integridad de la obra del escultor cubano José Villa. Porque a Lennon le han robado los lentes varias veces desde que fue fundido, y un John Lennon sin sus célebres monturas circulares es lo más parecido a un tahúr sin cartas: pierde la magia.

Los vigilantes de la estatua prefieren estar aquí, a su vera, que bajo el embrujo de la brisa suave del malecón, entre las humedades de un asilo o en sus casas. Algunos, como Asunción, son muy tranquilos y tienen esa alma tan Caribe gustosa de ver pasar el tiempo. Otros recorren a pie varias cuadras cada jornada para estar puntuales frente a la imagen sosegada del cantante. Y todos llevan siempre unos pedazos de papel en la mano en los que apuntan el número de visitas con la rigurosidad de un médico forense. Toman nota para mantenerse en movimiento, para no aburrirse. Su única compañía es un poco de agua, algo de café y puros y cigarros de diferentes marcas. Jamás pensaron que su último sacrificio para honrar a la patria sería vigilar tan singular estatua.

* * *

Lennon tardó bastante en conquistar La Habana. Dicen que entró aquí por primera vez en 1966 a través de una emisora de radio que divulgó una canción del cuarteto de Liverpool que lideraba. Que llegó para quedarse. Pero lo cierto es que su música tardó en hacerse eco porque los Beatles estuvieron durante casi dos décadas silenciados por las autoridades.

Al principio, la agrupación fue identificada desde el Gobierno como un símbolo más del imperialismo, en un momento en el que también lo eran las Harley-Davidson y la Coca-Cola. Luego, se multiplicaron las redadas contra los hippies y algunas escenas se volvieron surrealistas: los barbudos perseguían a los melenudos para raparlos; y los reglamentos escolares comenzaron a prohibir otras desviaciones antirrevolucionarias, como los pantalones estrechos, las minifaldas y las camisetas con leyendas escritas en inglés.

Según el cantautor Silvio Rodríguez, se trataba de un momento complicado, en el que hasta «las canciones se examinaban con microscopio para ver si tenían dentro células de rock». El escenario podría haber cambiado si Lennon hubiera visitado Cuba en 1972, como lo tenía planeado. Pero las amenazas en su contra de Richard Nixon, presidente estadounidense por aquel entonces, provocaron que aquel viaje, que podía haberse convertido en legendario, se abortara.

Tras aquel impasse, el músico jamás pisó la isla; y José Villa, el escultor, ve hoy al Lennon que ha salido de sus manos como el pago necesario de una deuda que existía con toda una generación «que tuvo que ver cómo le bajaron el volumen al buen hacer de John».

«Lamento mucho no haberte conocido antes», dijo un Fidel Castro conmovido y de uniforme verde oliva el 8 de diciembre de 2000, día en el que se cumplía el vigésimo aniversario del asesinato del intérprete británico y en el que se inauguró la escultura en su homenaje. Y Silvio Rodríguez cree que hay que entender la obra como «una bonita manera de pedir disculpas», como una forma de enmendar algunos de los errores de la Revolución.

Precisamente intérpretes como el propio Silvio o Pablo Milanés —a quienes bautizaron como «los roqueros» durante la época de mayor censura— solían invadir el parque de El Vedado en el que está la estatua a horas intempestivas para tocar la guitarra y para cantar, a veces en español y otras en inglés, sin siquiera imaginar —«Imagine»— que años más tarde Lennon recibiría una visa permanente para establecerse en una banca de La Habana.

* * *

Juan González, de ochenta y siete años y uno de los custodios más antiguos de la escultura, me comenta un día después de mi primera incursión por El Vedado que los enamorados le suelen dejar mensajes al Lennon de bronce en papelitos de colores, en los que le piden su bendición o le dan las gracias. Los más fanáticos, añade, le agarran con frecuencia de la pierna o la mano porque creen que es un ademán de buena suerte. Otros acarician su pelo de metal o le dicen «hola» en un sinfín de idiomas, exóticos muchos de ellos. Y algunos hasta ven en él —en este lugar en el que hacen falta tantos— a un santo capaz de hacer milagros. Pero parece que no es totalmente infalible: según González, a un niño ciego que le palpó la cara para saber cómo era su ídolo no le devolvió la vista hace muy poco.

«Dirán que soy un soñador, pero no soy el único», reza una inscripción grabada en letras caligráficas perfectas que se extiende bajo los pies de Lennon como si se tratara de una alfombra. Es extraño cuando no hay a su alrededor al menos un par de ramos de flores de tonos pastel. Cuando está de turno, Juan González suele retirar con mimo las que están marchitas. Y, sobre todo, procura prestar mucha atención a las gafas de John. Él dice que las cuida con celo y las exhibe como trofeo de caza únicamente a los curiosos que se le acercan. Pero solo, claro está, si se las encuentra en su lugar a la hora de iniciar la guardia. «Porque cuando uno se enferma y no logra venir, los espejuelos desaparecen», se lamenta.

El primer hurto se registró el 22 de diciembre de 2001. Poco después, un desconocido reemplazó los nuevos anteojos, también de bronce, por unos normales, de los que pueden conseguirse en cualquier óptica. Entonces José Villa volvió a esculpir otros igualitos a los originales. Pero otra vez los robaron. Y luego llegó la vigilancia, un sacrificio tan necesario como inexplicable en un país que pareciera que intenta fabricar explicaciones para todo.

La presencia intermitente de los jubilados, sin embargo, únicamente ahuyentó durante algunas semanas a los ladrones, que son duchos y saben muy bien cómo aprovechar los pocos momentos en los que la estatua se queda sola para afanarse las monturas de nuevo.

Los últimos lentes volaron justo hace unos días. Y como es habitual, después no hubo ni rastro de ellos. Por eso Juan González, mientras fuma a grandes bocanadas uno de los siete habanos que habitualmente le acompañan cada jornada de vigilancia, maneja ahora los de emergencia: unos de alambre, de quita y pon, para que puedan sacarse fotografías las visitas. Los acaba de extraer de su bolsillo para mostrarlos: da la sensación de que han sido comprados en algún mercadillo de últimas oportunidades. Y estarán en sus manos o en las de algún otro de los custodios hasta que José Villa aliste otro par de gafas de bronce.

* * *

Villa, acomodado en una silla de madera, me cuenta unas horas más tarde que ha perdido la cuenta de las veces que ha tenido que fundir los anteojos para Lennon. Cuando se le pregunta por el tema gesticula, pone una cara más fácil de ver en un velorio que en un taller de arte y calcula que han debido de ser al menos ocho. «Bien porque los robaron, bien porque los habían roto en el intento de arrancarlos —explica—, ya que las últimas veces los habíamos soldado para dejarlos bien anclados». Y luego dice estar cansado de tener que reponerlos cada vez que se los llevan.

El escultor luce una barba generosa, canosa en varias partes, y media melena. No heredó las manos de pianista de su madre; las suyas son de obrero: más toscas, menos trabajadas. Viste camisa a cuadros de manga corta. Y, como muchos artistas, huye de las repeticiones. Por eso hacerse cargo de las monturas una y otra vez le resulta una labor tediosa. «Pero revolucionaria», apunta. Porque los lentes de Lennon hicieron historia y forman parte ya del imaginario colectivo, aunque no siempre los llevara puestos. Ocurre un poco como con los Cohiba y Fidel Castro: los cubanos visualizan todavía a su líder pegado a uno a pesar de que este desterró el tabaco de sus rutinas a mediados de los 80. A Castro, sin embargo, nadie le pone ahora un puro en la mano cada vez que da un discurso, mientras que al Lennon de bronce sí que le devuelven la vista cada vez que alguien aprovecha un descuido para escamotear sus gafas. «No queda otra —dice Villa sin ganas, como quien recita una letanía—, sobre todo porque la estatua atrae a los turistas».

Villa, especializado en arte abstracto, nunca pensó que este Lennon de El Vedado, uno de sus trabajos más figurativos, haría tanto ruido. Pero así ha sido. Y a pesar de que está mal situado —lejos de los rincones más frecuentados de la isla—, se ha vuelto toda una costumbre la foto con la estatua como constancia de que uno realmente visitó La Habana.

«El éxito de esta obra es que se halla desprovista de los atributos que suelen ser propios de los monumentos tradicionales, como el pedestal y la base —dice Villa—, que producen un distanciamiento entre la escultura y quien la tiene al frente suyo. A mí me interesaba crear un personaje más familiar, que hablara, con el que cualquiera pudiera relacionarse».

* * *

La fundición en bronce de la estatua costó alrededor de doce mil dólares, cuarenta veces más de lo que un cubano gana en promedio anualmente. El artista demoró siete meses en acabarla, y desde entonces el de los anteojos es el patrón que más ha usado. Pero no es el único, ya que tras el éxito de su John Lennon le pidieron que sembrara el resto de la ciudad con imágenes de similar factura: naturales, expresivas. Es decir, made in José Villa.

A pedido de la Oficina del Historiador —que, de la mano de Eusebio Leal (a quien muchos llaman con cariño El Vivificador), se ocupa principalmente de restaurar edificios en La Habana Vieja— dio vida, por ejemplo, al Caballero de París, un vagabundo con cierto aire a lo Salvador Dalí que solía recorrer las calles del centro monumental de arriba abajo.

Según cuentan los que lo conocieron, José María López Lledín, el Caballero de París, era un tipo de mediana estatura, pelo desaliñado y cara de chivo que vestía siempre de negro. Que usaba capa. Que se mostraba gentil y saludaba a todo el mundo. Que era capaz de discutir sobre política, geografía o filosofía con quien se cruzara en su camino. Que nunca pedía limosna. Que solo aceptaba dinero de las personas que conocía y que luego daba cambio. Que regalaba tarjetas coloreadas por él, lápices, sacapuntas y otros objetos similares. Que no hacía daño a nadie. Y que solía cargar un cartapacio repleto de papeles.

Villa lo ha retratado tal cual, con sus cejas espesas, paseando con todos sus enseres por unas de las arterias del casco antiguo. Para que los extraños le soben la barba, porque dicen que atrae la buena fortuna; para que le pidan deseos mientras le agarran uno de sus dedos.

Otras obras muy conocidas de Villa son una Madre Teresa de Calcuta que está leyendo las Sagradas Escrituras en el patio de un antiguo convento de La Habana y un Benny Moré de gran tamaño que ilustra por qué al bolerista lo conocían como El Bárbaro del Ritmo.

Pero, sin duda, la más emblemática después de Lennon es un Ernest Hemingway con la camisa semiabierta y las mangas remangadas que apoya uno de sus brazos en la barra del Floridita, un bar legendario de la ciudad que funciona desde 1817 y que ha sido refugio de actores, modelos, políticos, toreros, boxeadores, músicos, poetas y trasnochadores.

«Mi mojito en La Bodeguita y mi daiquiri en el Floridita», solía decir el escritor y periodista antes de emborracharse en alguno de los dos locales como un marine en día franco. Como premio a su fidelidad, en el Floridita no tardaron mucho en inventar una copa en su homenaje: el «Papá Doble» o «Hemingway Especial», una variante del daiquiri original con doble cantidad de ron y nada de azúcar en la que el norteamericano ahogaba más a menudo de lo aconsejable sus depresiones. «Y hoy —sonríe Villa con malicia—, se ha vuelto una costumbre entre los extranjeros pedir que le sirvan un trago-homenaje a la escultura del Floridita». Incluso entre los que jamás han leído una sola página de los libros del narrador.

* * *

Un par de días después de mi visita a Villa, pegado como una lapa al Lennon de bronce, Juan González reconoce que él no tiene una especial devoción ni por el versátil autor estadounidense ni por la música de los Beatles. Dice que prefiere tonadillas más propias de la isla —como el son o el «Chan Chan» de Compay Segundo, que silba de vez en cuando para pasar el rato durante sus turnos de doce horas, algunas veces de día, otras de noche—; que se cansa más ahora, haciéndose cargo de la estatua, que cuando trabajaba en un archivo hace veinticinco años, y que para por aquí con gusto, que nadie le obliga a velar por la escultura.

«Tras el primer robo de lentes, nos juntamos espontáneamente varios amigos jubilados para que algo así no se repitiera», recuerda acto seguido. Al principio, llevaban una silla de autobús sin patas que apoyaban contra un árbol del parque para que se mantuviera erguida. Luego consiguieron una de plástico, otra plegable de aluminio y las pequeñas acreditaciones en las que se les identifica como custodios oficiales de la estatua; y desde entonces, como si se tratara de un gran héroe de la Cuba comunista, intentan no separarse de la imagen de John. Son desde hace mucho su más fiel compañía. Y están ahí, según González, por amor a la bandera, sin recibir ningún tipo de compensación económica por parte de la Revolución.

«Los turistas, eso sí, a veces nos regalan un par de dólares o unos pesitos convertibles», interrumpe Asunción Estrella, que hoy hace dupla con González y acaba de entrar en escena haciéndose notar, con sus inconfundibles andares de rumba y un termo con agua caliente que sostiene con la mano izquierda a la altura del corazón. Y luego señala que ese dinero es mejor que nada. Porque un dólar aquí, mal que bien, alcanza para muchas cosas.

A Asunción algunos la conocen en el barrio como Asunción Lennon. Porque ha hecho de la vigilancia un arte. Porque es paciente. Porque se identifica con las ideas pacifistas del intérprete británico. Y porque se le ocurren siempre bromas a costa de la estatua. La última, mientras Juan fumaba uno de sus interminables puros, se la hizo hace solo unos minutos a un fan despistado, a un muchacho pelilargo, con pinta de hippie, que no dejaba de dar vueltas y al que le dio por manosear repetidamente una de las piernas del cantante. «Si no se porta bien, en lugar de multarle le voy a poner a bailar el reggaeton», le comentó. A continuación rieron todos: Juan, ella y el chico. Pero Asunción, a medias, para no desconcentrarse, para que la estatua quedara dentro de su campo de visión. Luego, como si tuviera un tic, no paró de torcer los ojos compulsivamente para comprobar que las gafas de repuesto, las de quita y pon, seguían en su sitio. Jamás se perdonaría que algún extraño le birlara los lentes a su amado John delante de sus narices. Y seguramente, a pesar de que se trataba de las monturas de emergencia, José Villa tampoco se lo perdonaría: después de tanto robo debe de pensar ya que Lennon no nació para ser estatua.

LOS MERCADERES DEL CHE

Susana Osinaga Robles, la enfermera que lavó el cadáver del Che, es una mujer menuda, de setenta y cuatro años, pelo ondulado y piernas hinchadas que entró a formar parte de la historia el 9 de octubre de 1967, en Vallegrande, un pueblito perdido del este de Bolivia. Aquellos eran tiempos de Guerra Fría y los países comunistas se enfrentaban a los capitalistas. Ernesto Guevara, el Che, embajador de la lucha armada, había viajado de Cuba a Sudamérica para convertirla en un escenario más de la revolución, pensando quizás que sus ideas se extenderían como un reguero de pólvora. Pero las autoridades bolivianas lo derrotaron y exhibieron su cuerpo acicalado como un trofeo de batalla.

Osinaga trabajaba por aquel entonces en el hospital Nuestro Señor de Malta, donde se encuentra la lavandería en la que los militares mostraron a un Guevara ya difunto. Y dice que se jubiló a fines de los 80.

Hoy, cuatro décadas después de la caída del guerrillero, rodeada de algunos de sus nietos, atiende en el corazón de Vallegrande un sencillo comercio de ultramarinos en el que las cosas se amontonan sin orden en los estantes.

Ahora estoy frente a su tienda con la intención de conversar con ella, y el calor aprieta. Para estos días Osinaga ha preparado decenas de calendarios con la foto del revolucionario, y espera que los peregrinos que están siguiendo la Ruta del Che se acerquen aquí para escucharla, como ha ocurrido siempre en las fechas de aniversario.

La Ruta del Che es un destino turístico promovido en los últimos años por el gobierno de Evo Morales. Pero sin éxito. A pesar de la publicidad, a lo largo de los ochocientos kilómetros de trayecto —desde Camiri, en el sur del país, hasta La Higuera, más al norte—, casi no hay infraestructuras para los visitantes. El camino sigue siendo un caracoleo tortuoso solo apto para los aventureros, sobre todo en época lluviosa, y en la oficina de turismo de Vallegrande aseguran que los viajeros llegan aún con cuentagotas.

Que el alcalde de este pueblo haya pertenecido a un partido de derechas durante varias décadas es solo una señal más de que el mensaje revolucionario no caló en esta localidad de casi veinte mil personas, en la que son pocos ya los que recuerdan que quien denunció al Che fue un campesino de la zona. Tampoco se siente una devoción intensa hacia su figura: los vecinos parecen pendientes únicamente de sus terrenos de cultivo; caminan como ausentes por las calles de edificios chatos y apenas abren las puertas de sus casas cuando quieren buscar un poquito de aire fresco. Sin embargo, algunos son conscientes de que el Che es un producto que vende: «Yo conversé un rato con él», dice uno en la plaza. «Yo le invité un cigarrillo», dice otro. «Yo le corté un mechón de cabello», dice el de más allá. Todos esos recuerdos se venden.

Las camisetas con el rostro del Che deben de ser el detalle más vulgar entre lo que se puede encontrar en el lugar. Hay quienes despachan botes con tierra de la fosa común donde permaneció enterrado treinta años. «Con su sangre», garantizan los vendedores. Una galería de arte ofrece cerámicas y enormes cuadros con altorrelieves donde el Che es protagonista: cada obra cuesta cuatrocientos dólares. En un establecimiento cercano se distribuyen documentos, afiches, pines, instantáneas y libros fotocopiados con datos biográficos del argentino. Y al lado de un mercado se ha estacionado un camión repleto de ron El Che: en su reclamo publicitario, una modelo en bikini sostiene entre sus muslos una botella de la bebida; mientras que en la etiqueta resalta el rostro del guerrillero.

En la tienda de Osinaga, los calendarios con la fotografía del Che se venden como pan caliente mientras sigo esperando algún ademán cordial para romper el hielo. Según el protocolo establecido en la familia, antes de poder hablar con ella su hijo, un hombre de unos cuarenta años con barba y la camisa por fuera del pantalón, debe hacer me algunas preguntas de rutina: quiere saber quién soy y a qué medio represento.

Mientras me interroga observo de reojo cómo Osinaga se levanta y desaparece lentamente por la puerta trasera del local. Luego su hijo deja de tomar apuntes y me lleva hasta una sala pequeña de paredes azules donde ya está ella acomodada en un sofá cubierto con tela de sábana. Su postura es la de un médico antes de iniciar una consulta. Sobre su cabeza descansa, como si siempre hubiera estado ahí, una imagen de Guevara.

«¿Qué es lo que quiere conocer?», pregunta con voz áspera.

Debe de ser así como se dirige a quienes la escuchan desde hace dos décadas, el tiempo que lleva dedicada a contar a otros sus recuerdos.

Osinaga tenía treinta y cuatro años cuando un oficial del Ejército la buscó para que aseara el cadáver del Che. «Por aquel entonces, no sabíamos quién era él —dice ahora como si repitiera de memoria una lección de la escuela—. Lo desvestimos por completo. Tenía sus botas hasta media canilla, dos pantalones y tres pares de calcetines encima. Me impresionaron mucho sus ojos porque parecía que nos miraban fijamente».

El hijo de Osinaga sigue la conversación en un estado casi catártico. Pero solo unos minutos; después se sienta, se levanta, se tumba en otro sillón largo que hay al lado de su madre. Se vuelve a incorporar. Agita sus manos con nervios, como si estuviera meneando una coctelera. Mientras, ella, ajena a esa marea de movimientos, continúa hablando: «Le pusimos un pijama, pero los militares se lo bajaron para mostrar las balas: en el costado, la pierna y el corazón. Estaba seco. Casi todo el pueblo vino a husmear, pasaron por aquí cientos de personas».

El Che, que debía de ser un extraño para la mayoría de los vecinos de Vallegrande, se convirtió de la noche a la mañana en un rostro conocido, desde el mismo instante en que, por motivos logísticos, los militares decidieron trasladar su cuerpo hasta aquí desde La Higuera.

«Ahora la gente organiza misas en memoria del guerrillero y hasta le rezan —dice Osinaga, y aclara después que a ella todavía no le ha concedido ningún milagro—. Pero ahorita mismo le voy a pedir uno y ya le contaré en otro momento», bromea y se pone de pie, lo que significa que da por finalizada la entrevista.

«Son cincuenta bolivianos —reclama a medio metro de mi cara antes de irse, extendiendo la palma de su mano sin elegancia—. Ya sabe, una está enferma y la jubilación no alcanza».

Es una tarifa fija que equivale a lo que cuesta un souvenir en cualquier destino turístico del mundo, y que ella solicita con la frialdad de un empresario.

* * *

El Che ha tomado el país. Es octubre de 2007 y los homenajes por los cuarenta años de su muerte —mesas redondas, presentaciones de libros, conciertos, discursos encendidos y un largo etcétera— se multiplican en Bolivia. En Vallegrande los alojamientos exhiben carteles que indican que «no hay espacio». Los peregrinos —apenas mil de los más de diez mil que se calculaba— se resguardan en carpas baratas. Hay uruguayos, argentinos, colombianos, brasileños y, en menor cantidad, europeos y estadounidenses. La mayor parte pertenece a partidos comunistas y a organizaciones de izquierda más moderadas.

Muchos viajaron en caravanas organizadas y algunos en autobuses particulares. Uno los identifica por sus atuendos repletos de frases revolucionarias y sus boinas con una estrella al medio. Casi todos repiten el mismo recorrido: primero, la mítica lavandería donde se expuso al público durante un día y medio el cuerpo del guerrillero, y luego el cenotafio construido en la pista de aterrizaje en la que se hallaron sus restos en 1997.

Mientras caminan de un sector a otro, los vallegrandinos los contemplan como si fueran bichos raros, y ven a veces cómo algunos de ellos paran un ratito en una manzana poco transitada donde se alza la casa de Julia Cortez, profesora jubilada que daba clase a los niños en la precaria escuelita de La Higuera en la que el Che estuvo prisionero.

De ella se dicen muchas cosas: que fue la última civil que habló con el Che, que le sirvió un café, que describe al guerrillero como un ser maloliente y demacrado pero a la vez terriblemente apuesto, que el día que lo tuvo enfrente recibió su dura reprimenda por un error gramatical en la pizarra. ¿Se animará a darme esos detalles cuando la vea?

Antes de encontrar su casa, un vecino me asegura que Julia no es generosa con sus palabras: a los extranjeros les suele reclamar entre cien y trescientos dólares por recordar un puñado de anécdotas que debe de haber repetido cientos de veces; y a los bolivianos, según Zacarías García, un fotógrafo español que la visitó recientemente, «un poco menos». Para ellos la tarifa fluctúa entre los quince y los cien dólares. Y uno se pregunta si no le cobraría algo al Che Guevara por la taza de café hace ya cuarenta años.

La construcción que habita ahora Cortez es de dos plantas y color crema. Acabo de llamar y parece que alguien se aproxima lentamente al portón metálico que hace de frontera y espanta a los turistas. Es ella: Julia. Quizás sea la hora de recibir respuestas.

—¿Qué desea? —dice con una voz pausada después de abrirme. Mide alrededor del metro con sesenta. Su pelo es grasoso y ensortijado. Lleva puesto un delantal salpicado por algunas manchas de comida. Me analiza de arriba abajo y acerca su rostro tanto al mío que incluso puedo distinguir algunos pelitos armando un bigote sin gracia.

Echándome hacia atrás ligeramente le digo a Julia que quiero conversar con ella.

—Ahorita no, más tarde —contesta ella, y luego cierra el portón con gesto altivo. Volví varias veces después de aquel fugaz encuentro, pero nunca me recibieron.

* * *

En la plaza de Vallegrande hay un museo dedicado al guerrillero: es pequeño, austero, con apenas unas cuantas fotografías y algunos textos sobre el Che que ni siquiera son inéditos. Por eso, para saber más acerca de él recomiendan realizar otra clase de visitas.

Es interesante ir, por ejemplo, hasta una ferretería próxima que lleva el nombre del pueblo, un negocio familiar con poca luz, un gran mostrador y estanterías atiborradas de cables, candados y engranajes de todo tipo. Lo regenta la hija de René Cadima, un fotógrafo local que capturó varias instantáneas del cadáver del Che que dieron la vuelta al mundo.

Cadima bordea los noventa años y suele pasar las tardes echando la siesta. Pero es de noche ya y lo sorprendo tomando un té caliente con galletas. Luce unas canas poderosas y unos gruesos anteojos que ocultan algunos surcos de su cara. Sus piernas fueron amputadas a causa de la diabetes y se desplaza en una silla de ruedas. Está ciego y apenas oye, pero cuando reclamo su atención no tarda mucho en pedir ayuda. Entonces, uno de sus nietos, en edad escolar, lo aproxima a la grabadora, frente a la que el viejo Cadima, como si un acto reflejo lo impulsara, empieza a hablar sin detenerse.

«Cuando trajeron al Che a Vallegrande corrí a la lavandería. Entonces yo tenía las dos piernas y cuarenta y ocho años. Lo encontré desnudo. Y mi error fue que le saqué una foto con flash —relata casi recitando, como si estuviera leyendo un poema en este instante—. “¿Quién fue?”, gritó después uno de los soldados. No querían exhibirlo desnudo por completo. Y antes de que me dijeran nada me delaté. Les entregué mi negativo. Luego, en la tarde, tuve la oportunidad de ingresar con más libertad. Incluso hice que sacaran el cuerpo a una explanada con más luz y lo fotografié junto a un grupo de militares».

Entre todas las imágenes, hay una en la que dicen que Guevara tiene un cierto parecido a Cristo. Es la más famosa: se publicó en periódicos de varios países.

Cadima me la enseña y continúa con su relato: «A los dos o tres días el cuerpo desapareció misteriosamente. Hubo muchísimas habladurías, que si lo habían enterrado en algún punto alejado de la selva, que si lo habían quemado; y luego la gente se quejó porque en 1997 Bolivia dejó que se llevaran sus restos, recién descubiertos, para Cuba».

Ahora Cadima sujeta otra de sus fotografías. El Che aparece ahí acostado sobre una camilla apostada justo encima de la pileta de la lavandería, y un guerrillero con la cara desfigurada yace en el suelo. Cadima me la enseña con orgullo, como si su vida se hubiera paralizado en aquel instante en que inmortalizó al mítico guerrillero argentino.

Cuando la entrevista ha terminado y estoy a punto de levantarme, el anciano me jala con cierta tibieza del antebrazo.

«Siempre me reconocen unos billetitos», me dice.

No respondo directamente a su pedido, pero a cambio le compro dos copias de sus fotografías. Son cinco dólares. Cadima me indica que se los entregue a su hija, que está tras el mostrador de la ferretería. Y su nieto empuja lejos de mí la silla de ruedas.

* * *

En la ruta turística de la pasión y muerte de Guevara, La Higuera, a sesenta y tres kilómetros de Vallegrande, es una de las estaciones más importantes. El 8 de octubre de 1967 el Che fue capturado en el terreno casi selvático que rodea el pueblo, y algunos de sus camaradas, masacrados por el ejército. Cuando uno escucha hablar de este lugar imagina quizás un paraje inmenso, afín a su leyenda, pero en realidad es una aldea de apenas veinte casas pobres en la que casi todos vieron en alguna ocasión al guerrillero.

La única calle de La Higuera, más o menos ancha y prolongada, hoy está llena de gente debido al aniversario. El resto del año, sin embargo, luce vacía, y entonces el turismo, más que una actividad, es tan solo una fecha simbólica que es incluso más esperada que la Navidad. A la vera del camino se halla la Casa del Telegrafista, donde el contingente militar que persiguió al Che y a sus rebeldes recibió el mensaje en clave que ordenaba ajusticiarlo —«di buen día a papá»—. Pero de la antigua edificación queda muy poco: ahora es un albergue ecológico que ofrece al visitante algunas camas.

En La Higuera no existe la luz eléctrica, a pesar de que todos los años el Estado promete que pronto habrá1. Las paredes de muchas de sus casas tienen dibujos con el Che como protagonista, y en la escuela donde estuvo preso se ha improvisado un museo con algunos libros y unas cuantas fotos que narran la acción guerrillera por estos lares.