Zinedine Zidane - Santiago Siguero - ebook

Zinedine Zidane ebook

Siguero Santiago

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Opis

¿Es Zidane el quinto grande de la historia del fútbol?

La pregunta es compleja, y más en este momento, el de la doble eclosión de dos futbolistas, Cristiano Ronaldo y Leo Messi, llamados a entrar de lleno en todas las listas de los más grandes de todos los tiempos.
Pero Zidane cuenta con una ventaja con respecto a ambos: su carrera como futbolista ya terminó, lo que permite apreciar su grandeza con la perspectiva adecuada. Y “Zizou” también logró algo que no estuvo al alcance ni de Di Stéfano, ni de Pelé, ni de Cruyff ni de Maradona: reunir en su palmarés la Copa del Mundo y la Copa de Europa. En ambos casos, siendo protagonista en los partidos decisivos. Y siempre haciendo de la elegancia de un estilo único su bandera.

Partidos y títulos hubo muchos en la carrera de Zidane. En estas páginas se hace un repaso de todos ellos, aderezados con testimonios de algunos de sus entrenadores y compañeros, como Deschamps, Lippi, Blanc, Del Bosque y Roberto Carlos. Pasen y lean. Y decidan por ustedes mismos si Zidane es, como muchos creen, el quinto grande

EXTRACTO

Los genios se reconocen entre ellos. A Alfredo Di Sté­­fano le bastó verle un simple control para saber que estaba ante uno de su estirpe. Uno de esos futbolistas capaces de reescribir la historia, de justificar el precio de una entrada, de un abono, hasta de un cambio de equipo. Cuentan que, durante los cinco años que Zidane jugó en el Real Madrid, Di Stéfano iba siempre al campo con la curiosidad casi infantil de ver con qué le sorprendía cada día el mago de Marsella. “¡Vamos, maestro!”, se le oía musitar entre dientes, sentado en su lugar preferente en el palco como presidente de honor, cada vez que Zidane agarraba un balón y se disponía a armar la jugada de ataque para su equipo.

SOBRE EL AUTOR

Santiago Siguero llegó a Marca en 1993. Entre 2001 y 2007, ejerció como jefe de contenidos de la página web oficial del Real Madrid.Después, se integró en la edición digital de Marca, donde es cronista habitual de los partidos del Real Madrid y de la selección española. En Marca, pasó por diversas secciones (fútbol, Atlético, Madrid, baloncesto) y ha cubierto varias finales de Champions y distintos torneos internacionales de fútbol y baloncesto. Es coautor, junto a José Luis Martínez, de España pasa por el aro, una historia de la selección de basket en los JJOO. Colabora con Quality Sport. Publicó Cristiano Ronaldo. La estrella tenaz, Gareth Bale. El ciclón de Gales y Zinedine Zidane. Magia Blanca para esta misma colección.

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ZINEDINE ZIDANE

Magia Blanca

ZINEDINE ZIDANE

Magia Blanca

Santiago Siguero

Zinedine Zidane. Magia Blanca

© Santiago Siguero, 2015

© Diseño de cubierta: Adrián López Viamonte

© Fotografías: Cordon Press y agencias

© Al Poste, 2015

Fuencarral, 70

28004 Madrid (España)

Tel.: 91 532 05 04

www.alposte.es

Primera edición: enero de 2015

IBIC: WSJA

ISBN: 978-84-15726-41-8

Depósito legal: M-326-2015

E-ISBN: 978-84-15726-62-3

Impreso en España -Printed in Spain

Reservados todos los derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización escrita de los titulares delcopyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento

de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 - 93 272 04 47).

A Santiago Siguero Fernández.

Descansa en paz, papá.

Gracias a Vicente del Bosque y a Roberto Carlos

por compartir su visión de Zidane con el autor de este libro.

INTRODUCCIÓN

El hombre que ponía en pie a Di Stéfano

Los genios se reconocen entre ellos. A Alfredo Di Sté­­fano le bastó verle un simple control para saber que estaba ante uno de su estirpe. Uno de esos futbolistas capaces de reescribir la historia, de justificar el precio de una entrada, de un abono, hasta de un cambio de equipo. Cuentan que, durante los cinco años que Zidane jugó en el Real Madrid, Di Stéfano iba siempre al campo con la curiosidad casi infantil de ver con qué le sorprendía cada día el mago de Marsella. “¡Vamos, maestro!”, se le oía musitar entre dientes, sentado en su lugar preferente en el palco como presidente de honor, cada vez que Zidane agarraba un balón y se disponía a armar la jugada de ataque para su equipo. Di Stéfano sabía que cada balón que pasaba por él mejoraba, aclaraba el panorama, colocaba a su equipo en situación de ventaja sobre el rival. Y generaba miedo en el adversario. Para Di Stéfano era fácil reconocer ese olor. Él mismo lo había sembrado durante diez años en ese mismo estadio, que Santiago Bernabéu hubo de ampliar a 125.000 localidades porque miles de aficionados sentían ese mismo gusanillo cada vez que “la Saeta” tocaba el balón. “¡Vamos, maestro!”. De Di Stéfano a Zidane, muchos fueron los jugadores que pasaron por ese mismo tapete, pero pocos los que dejaron una huella tan profunda. La huella de los genios. De esos elegidos que se reconocen entre ellos con una simple mirada. Otro genio, Sir Alex Ferguson, le resumió con retranca escocesa: “Dadme a Zidane y a diez troncos de madera y ganaré la Champions League”. Sir Alex no tuvo esa suerte.

La llegada de Zidane a la cima del fútbol mundial no fue sencilla, pero él despachó el proceso con la misma naturalidad con la que empleaba cualquier parte de su anatomía para domar un balón que le llegaba envenenado de efectos. Comienzo en el Cannes, confirmación en el Girondins, explosión en la Juve y madurez en el Madrid. A lo largo de 16 años de carrera profesional en la élite, atesoró en sus vitrinas todos los títulos con los que un futbolista puede soñar, incluida la distinción individual del Balón de Oro cuando este galardón se regía por criterios mucho más transparentes de los que priman en la actualidad. Además, y a diferencia de Di Stéfano, rubricó una carrera de ensueño con su selección, con la que conquistó un Mundial y una Eurocopa. A punto estuvo de sumar una segunda Copa del Mundo, pero su gen guerrero, ese mismo que le costó alguna que otra sanción por motivos disciplinarios a lo largo de su carrera, le jugó una última mala pasada en el último partido de su vida. Con todo, esa acción con Marco Materazzi no ensombrece la trayectoria de un jugador legendario, para muchos el quinto grande en la historia del balompié mundial, que repasaremos en las próximas páginas. El autor no puede esperar que los lectores disfruten de ellas tanto como el aficionado —incluido el que esto escribe— disfrutó del juego de Zidane. Se conformaría con que estos folios sirvan para evocar el recuerdo de un jugador simplemente inigualable. Para Diego Armando Maradona, junto al que muchos le sitúan como “quinto grande” de todos los tiempos, “el mejor futbolista de la Historia”. Si lo dice el Diego...

El sucesor de Platini

A principios de la década de los noventa, el fútbol francés andaba huérfano de ídolos. Michel Platini, considerado el mejor jugador de la historia del país, había colgado las botas en 1987, dando paso a un vacío de grandes estrellas que tiraran del balompié galo, que se vio desplazado en las preferencias del gran público en favor delrugby.

Zidane apareció para llenar ese hueco. No solo eso, la trascendencia de su figura traspasó los límites marcados por Platini. El actual presidente de la UEFA solo había podido dirigir a “Les Bleus” a la conquista de una Eurocopa, mientras que Zidane añadiría un título mundial, el primero de la historia de Francia, al continental.

Pero vayamos por partes. El ascenso de Zidane al Olimpo del fútbol francés y mundial no fue flor de un día. El futbolista nacido en Marsella hubo de recorrer un duro y largo camino, que empezó, en su vertiente profesional, en las filas del Cannes. Pero su ascenso hacia la cima se inició mucho antes, en el modesto barrio marsellés de La Castellane, un suburbio situado al norte de la ciudad y poblado desde los años cincuenta y sesenta por inmigrantes de origen argelino y marroquí. Un entorno hostil, de calles desnudas y altos edificios de viviendas humildes, desprovistas de todo lujo, en el que Zidane pasó los primeros 13 años de su vida.

En realidad, se puede decir que Zidane nació en Marsella por casualidad. Sus padres, Smail y Malika, procedentes de la localidad argelina de Taguemount, en la región de la Cabilia, eligieron como primer destino en la metrópolis francesa la ciudad de París. En concreto, curiosamente, el barrio de Saint-Denis, ubicado en las afueras de la capital y sede, varias décadas después, del Stade de France, en el que Zidane se convertiría en héroe nacional del país tras sus dos goles a Brasil en la final del Mundial de 1998.

Pero Saint-Denis, y París, eran un entorno demasiado hostil para la familia Zidane. Tampoco sobraba el trabajo ni el dinero, de manera que Smail y Malika decidieron mudarse a Marsella, el destino mayoritariamente elegido por los emigrantes argelinos de la época.

Esa decisión marcó la infancia de Zidane, y hasta su carrera deportiva. Porque en Marsella Zidane encontró a su gran referente futbolístico, Enzo Fran­­cescoli, ídolo en el Olympique a finales de la década de los noventa (temporada 1989/1990). Pese a supaso efímero por el Stade del Velodrome, la figura deFrancescoli, un mediapunta elegante, técnico y con mucho gol, impactó en el joven Zidane, que le tuvo siempre como gran referente. “De Francescoli lo admiraba todo: su forma de jugar y tocar el balón, de regatear, lo elegante que era. Simplemente daba gusto verlo. Y yo quería producir el mismo efecto. Bueno, quizá no que diera gusto verme, pero sí hacer siempre un juego bonito. Sí, quería parecerme a él porque era un placer verlo jugar”, comenta el francés en el documental “Zidane, como su sueño”. La admiración de Zizou hacia el futbolista uruguayo es tal que su primogénito lleva el mismo nombre de su ídolo: Enzo, mediapunta (como su padre) del Real Madrid C, que ya ha llegado a debutar a las órdenes de su padre con la camiseta del Castilla.

Los Zidane se mudan a Marsella a mediados de la década de los sesenta. Eligen como barrio el de La Castellane, donde la numerosa presencia de inmigrantes argelinos les hace sentir más cerca de casa que en los fríos suburbios del norte de París. Smail, el padre del clan Zidane, trabaja como almacenista, en duros turnos de noche, pero nunca pierde de vista a la prole, de la que se ocupa Malika. La componen cinco vástagos: Djamel, Farid, Nourredine, Lila y Zinedine.

Zidane nace el 23 de junio de 1972, en el seno de una familia humilde, pero unida y feliz. Sus recuerdos de esos primeros años en La Castellane son dichosos. No sobraba nada, pero ”Yazid”, como era conocido por sus familiares y amigos, crece sano y alegre. El ejemplo de sus padres, abnegados y entregados a la tarea de sacar adelante a la familia, le marcaría para siempre: “Mis padres influyeron mucho en mi futuro. Ellos solo querían que sus hijos hiciesen algo en la vida, y nos inculcaron sobre todo tres cosas: respeto a los demás, amor por el trabajo y seriedad. Y creo que, en la vida, con esas tres cosas, se puede conseguir todo”.

Zidane pasa los primeros 13 años de su vida en La Castellane. Hay que estudiar, pero para “Yazid” el epicentro del barrio no está en la escuela, sino en la Place de la Tartane, una plaza situada en el centro del barrio, convertida por los niños de la época (y aún hoy) en el campo de fútbol oficioso de este modesto barrio marsellés. Allí Zidane empieza pronto a despuntar. Aunque practicó otros deportes, como el judo, es el fútbol el que mejor le permite expresar su talento. “Nunca me separaba del balón. Y era muy feliz porque en la calle no hay obligaciones. Haces lo que quieres y yo era feliz con el balón. Tan fácil como eso”. Y luego, el trabajo. Zidane, como otras tantas leyendas del fútbol, recuerda a rivales infantiles que simplemente eran mejores que él, pero que eligieron otro camino. “Yo no era el mejor de los que jugábamos en el barrio. Lo que ocurrió fue que, en un momento dado, decidí que no quería hacer otra cosa. Otros chicos pensaban en quedar con amigos para salir o ir al cine, pero yo no. A mí no me apetecía hacer eso. Lo que me apetecía de verdad era estar dando patadas al balón, jugar al fútbol”. Por lo tanto, ese punto en cierto modo insociable, esa timidez proverbial de Zidane, también ayudó a construir al enorme futbolista que explotaría tan solo unos años después.

Pronto, las exhibiciones de Zidane en la Place de la Tartane llaman la atención de los pequeños clubes de la zona, los primeros que tratan de aprovechar ya, en un ordenamiento táctico más o menos ortodoxo, el talento que el chico expresaba de forma libre en las calles de La Castellane. Su primer equipo fue el AS Forresta, pero, por aquellos años (finales de los setenta) a Zidane le preocupaba algo más que su juego. “El uniforme era amarillo, verde y rojo, me acuerdo de todo. Y por entonces yo tenía las orejas bastante despegadas y mucho pelo. Mi madre dejaba que me creciera mucho para que tapara esos alerones. Era el capitán y en las fotos sacaba mucho pecho para que se notara. De pequeño uno presume mucho en el barrio porque es el primer club, la primera licencia, el primer chándal…“.

Al año siguiente, Zidane pasa al Saint-Henri. “Era el equipo del barrio de al lado, y suponía subir un peldaño más, cambiar de compañeros, jugar en un torneo más exigente y así vas creciendo, así funciona esto. La camiseta era amarilla y roja”.

Luego pasó al Septeme Les Vallons, donde encontró al primer entrenador realmente importante en su carrera: Robert Centenero. “Fue una persona muy importante paramí. Hizo cosas por mí y por varios de mis compañeros que probablemente no habrían podido hacer ni siquiera nuestros propios padres. Él las hizo. Nos llevaba a entrenar ensu coche, un Peugeot 104, nos daba dinero los domingos para que comprásemos comida. Fue como unpadre”. Zidane nunca olvidó lo que Centenero hizo por él, y la afirmación va más allá de la frase hecha. En el año 2000, justo después de conquistar la Eurocopa en Rotterdam ante Italia, Zidane pasa unos días en Marsella para visitar a sus padres. Allí tiene noticia de que Centenero está gravemente enfermo. Zidane, asediado también por los medios de comunicación, roba tiempo a sus obligaciones familiares para hacer una última visita a su antiguo entrenador.

El Septeme fue el último equipo en el que Zidane se pudo permitir disfrutar del fútbol como lo que era, un niño. A los 13 años, atraído por su talento, un ojeador del AS Cannes va a verle en un partido ante el Saint Raphael. Su nombre es Jean Verraud, otra de las figuras clave en la evolución de Zidane. “Recuerdo que fue un partido en el que no me lucí mucho. Me pusieron de central, pero yo intentaba hacer las cosas propias de mi posición, la de número ‘10’. Recuerdo que intenté hacer un sombrero en mi propia área. Verraud pensó: ‘¡Esta loco!’ No, aquel día no estuve bien, pero Verraud insistió en volver a verme”.

Zidane fue invitado una semana al centro de entrenamiento del Cannes, a 181 kilómetros de su casa. Era un largo viaje, pero eso no asustaba al pequeño Zidane, en el que ya había prendido la fiebre del fútbol. “En esa semana todo fue muy bien. Se puede decir que ahí empezó realmente mi carrera”.

Así, a los 13 años, Zidane daba el paso clave para iniciarse en el mundo del futbolista profesional. Permaneció en las categorías inferiores del club de la Costa Azul dos años, protagonizando un ascenso meteórico por los distintos escalafones de la institución. Su primer entrenador fue Guy Lacombe, pero el papel de tutor lo ejerció Jean Verraud, un hombre clave en la etapa formativa de Zidane.

Sin embargo, no fue fácil convencer a la familia Zidane de que su hijo, con solo 13 años, dejara el nido y se mudara a Cannes: “La condición era que estuviera alojado con una familia al menos el primer año, que no viviera solo en el centro de Cannes. Verraud encontró a la familia Elineau, que me recibió con los brazos abiertos y que también fue muy importante para mí”. Con todo, no resultó fácil para Zidane alejarse de su núcleo familiar e iniciar una nueva vida lejos de su casa. En ocasiones lloraba de nostalgia, como le sucedería años después a Cristiano Ronaldo, según se relata en el libroCristiano Ronaldo, la estrella tenaz,publicado en esta misma colección, cuando abandonó su Madeira natal para mudarse a Lisboa. La moraleja es clara: sin dolor no hay gloria.

Zidane vivió con los Elineau en Pégomas, a ocho kilómetros de Cannes. En 2007, inauguró en el pueblo una plaza con su nombre. Nicole y Jean-Claude Elineau recordaban: “Hemos acogido a muchos chicos del Cannes, pero Zizou es el único que ha triunfado. Y el único que, a pesar del paso del tiempo, ha mantenido el contacto con nosotros”. Zidane siempre se mostró agradecido a su familia adoptiva: “Creo que he tenido mucha suerte en la vida. Puedes tener todas las virtudes que quieras, todo el talento, puedes estar seguro de que lo tienes todo para llegar a ser profesional, pero llega un momento justo en el que hay que tener gente que te ayude, gente buena a tualrededor. Y yo he tenido la suerte de encontrar a esa gente”.

Con lo extradeportivo bien ordenado, Zidane no solo fue creciendo en lo futbolístico. Como todos los grandes talentos, iba rompiendo los moldes que parecían reservados a los jugadores de su edad. Jean Fernández, técnico del primer equipo del Cannes, de ascendencia española, recuerda así cómo descubrió a Zidane: “Un día, de repente, aparece Jean Verraud en mi despacho y me pide que vaya a ver a un chico en el entrenamiento de los jóvenes, que se hacía en un campo junto al del primer equipo. Yo estaba cansado y le dije: ‘Verraud, ya le veré mañana, o la semana que viene, hay tiempo’. Estaba cansado y tenía ganas de irme a casa. Pero Verraud insistió tanto, me presionó tanto, que acabé yendo a ver a ‘Yazid’. Es­­taba jugando un amistoso con el equipo del centro de formación. Recuerdo que era el más joven del equipo. Y, en efecto, vi que Verraud tenía razón. En el primer balón que tocó ya quedó claro que su técnica era especial”.

Zidane aplicó a rajatabla en aquellos primeros años de formación una de las máximas de su padre Smail: trabajo, trabajo y trabajo. “Me entrenaba en el centro de formación de Cannes y veía a los jugadores profesionales entrenar, los veía entrar en el vestuario, los saludaba y pensaba para mí: ‘Vamos a ver, ¿por qué no yo? Fue allí donde tomé conciencia de que podía llegar a ser profesional”.

Jean Fernández evoca a su vez la determinación del joven Yazid: “En las tardes libres sus compañeros se iban al cine o de compras. Pero él no. Llegaba solo al centro de formación, pedía un balón y se iba al campo a entrenar, a ensayar gestos técnicos, a hacer filigranas, fintas, regates... Le pusimos un muro para que trabajara el disparo con el interior del pie, con la izquierda, los controles… Fue un chico que trabajó mucho, sobre todo al principio, y creo que esas sesiones de trabajo extra fueron las que marcaron la diferencia con los demás, que él trabajó más que los demás para intentar ser mejor cada día. Aparte de su enorme talento innato, si triunfó no fue solo por casualidad”.

Tanto fue así que, solo cuatro años después de su llegada a Cannes, con tan solo 17, debutaba en la Ligue 1 (Primera División francesa) en un partido ante el Nantes. Jean Fernández, que siguió siempre muy de cerca sus pasos desde que le vio en aquel amistoso con solo 15 años, fue el encargado de darle la alternativa. Jugó solo doce minutos, pero fue su primer contacto con el fútbol de élite, a todos los niveles. En ese partido, Zidane se enfrentó a dos futbolistas que luego serían sus compañeros de selección, Marcel Desailly y Didier Deschamps. Su equipo empató (1-1) y Zidane, como sus compañeros, recibió 5.000 euros de prima; su sueldo por aquel entonces era de unos 700 euros mensuales.

“Era cinco o seis veces mi sueldo. Pensé en comprarme unos vaqueros, unos Levi’s 501. Por una vez voy a comprarme algo bueno, pensé. Y también pude mandar algo de dinero a mis padres”.

El debut de Zidane se produjo el 20 de mayo de 1989, en el tramo final de la temporada 1988/1989. Pero la siguiente se la pasó en blanco, de principio a fin. Jean Fernández le tenía fe, pero prefería ir despacio con la perla de la cantera del Cannes. Además, por aquel entonces el equipo necesitaba de jugadores máscurtidos, ya que se encontraba inmerso en la siempre complicada lucha por la permanencia en la máxima categoría del fútbol francés.

Sin embargo, todo cambió en la campaña 1990/ 1991. “Me volvieron a meter en el equipo ante el Nan­­tes, y creo que empatamos o ganamos. Tiré un balón al poste e hice un partido realmente bueno. Y ya nunca volví a salir del equipo titular”.

Con el “9” a la espalda, Zidane logra asentarse en el once tipo de Jean Fernández y es protagonista de una memorable campaña para el Cannes, que se clasifica por primera vez en su historia para la Copa de la UEFA. Zidane, además, logra su primer gol como profesional, y es, cómo no, un gol de clase: una vaselina que supera elegantemente al meta del Nantes. De nuevo el Nantes, el equipo que marcó los inicios de Zizou. “Es un equipo que me trajo suerte. Y después del gol recuerdo que hice un baile bastante curioso”. El gol le proporcionó su primera prima en especie, un Renault Clio rojo regalo del presidente del club, Alain Pedretti. Fue el único tanto de Zizou en esa temporada, pero su bagaje como profesional creció de forma exponencial, ya que acabaría jugando más de una treintena de partidos oficiales.

Pero la temporada siguiente (1991/1992) sería amarga. Zidane es llamado a filas por el ejército francés, lo que le impide entrenarse y jugar con su equipo durante seis meses, de junio a diciembre de 1991. En ese tiempo, sin embargo, no dejó el fútbol. Participó en la Copa del Mundo militar, en la que Francia acabó en la cuarta plaza.

Por añadidura, a nivel de club, las cosas no fueron bien. La ilusionante aventura europea acabó en dieciseisavos de final de la UEFA ante el Dinamo de Moscú, y en la Ligue 1, pese a los cinco goles de Zidane en 31 partidos, el Cannes, solo un año después de saborear la gloria europea, acabó perdiendo la categoría.

El descenso de su equipo, sin embargo, no desvía la atención sobre Zidane, objeto de deseo ya de los grandes del fútbol francés. Sus pasos parecían encaminarle de vuelta a casa, al Olympique de Marsella del multimillonario Bernard Tapie, pero su técnico, Raymond Goethals, lo descartó por considerarlo “demasiado lento”. Circunstancia que fue aprovechada por dos directivos del Girondins —uno de ellos, AlainAfflelou, el famoso empresario óptico— para fichar aZidane por unos 500.000 euros. Curiosamente, Zizou no era el primer objetivo de los directivos del Girondins en su viaje a Cannes. Pero, casi sin querer, dieron con el premio gordo.

girondins de burdeos: la confirmación

En el verano de 1992, Zidane llegaba al Girondins, un histórico del fútbol francés, como proyecto de gran futbolista. Era una apuesta arriesgada del club, como tantas otras que se hacen en el fútbol, pero se puede decir que el melón estaba todavía sin abrir. Sería en Burdeos donde se comprobaría que el fruto estaba no solo maduro, sino que era de una calidad única. “Al Marsella —recuerda Rolland Courbis, entrenador del Girondins entre 1992 y 1994— le pareció que Zidane era lento, pero para nosotros estaba claro que no lo era tanto. El señor y la señora Zidane construyeron un hijo que, morfológicamente, tenía una mecánica un tanto particular, seguramente por causas naturales: esos pies un poco torcidos hacia adentro, esas rodillas en “X” y a una constitución que le hacía parecer un poco frágil”.

Para Zidane, “el Girondins era justamente el club que necesitaba en aquellos momentos, tanto desde el punto de vista deportivo como vital. Allí, de alguna manera, me hice hombre”. Y es que Zizou, efectivamente, explota de forma definitiva en Burdeos. En su nuevo equipo coincide con otros dos futbolistas con los que luego compartiría selección, y que tambiénpasaron por el fútbol español, Christophe Dugarry yBixente Lizarazu. Su conexión con el primero, un delantero de corte poco técnico pero con gran sentido de la oportunidad, resulta especialmente letal para los contrarios. “Cuando llegué a Burdeos no era amigo de Christophe. Nos conocíamos de las categorías inferiores de la selección, pero fue en el Girondins donde empezamos a conocernos de verdad. Me hacía reír muchísimo y seguimos siendo buenos amigos”. Dugarry llegó a jugar en el Barcelona (y Lizarazu en el Athletic), pero antes de que Zidane llegara al Madrid. Ambos habrían disfrutado de manera muy especial del gran clásico del fútbol español, pero ese partido nunca se jugó.

Durante su etapa en el Girondins, como haría años más tarde en España, Zidane juega principalmente en el costado izquierdo, como un falso mediapunta. Courbis le consideraba titular, pero le retiraba del campo hacia la hora de juego. A Zidane no le importaba porque se trataba de una decisión consensuada con el técnico. “Me sustituía a menudo para reservarme y eso estaba muy bien. Jugaba más o menos una hora, lo hacía bien y marcaba goles. La temporada en la que menos jugué, la primera, fue en la que anoté más goles”. Concretamente, 11 en 39 partidos.

En Burdeos, empieza a paladear el sabor de la gloria. En esa primera temporada de la que habla Zidane, la de 1992/1993, marca diez goles en liga, firma un buen puñado de asistencias —muchas de ellas con Dugarry como gran beneficiario— y el Girondins acaba cuarto, permitiendo de nuevo a Zidane lucir su clase en Europa vía Copa de la UEFA. A la temporada siguiente, el equipo repite posición en la Ligue 1, aunque sus aventuras continentales son cortas: eliminado por el Karlsruher alemán en octavos (1993/1994) y por el Katowice polaco en dieciseisavos (1994/1995).En esa temporada, el equipo pierde un puesto en la clasificación final de la liga francesa. Una mala noticia que acaba convirtiéndose en buena, porque permite a Zidane sumar su primer título como futbolista profesional: la Copa Intertoto.

Era la primera edición de la nueva competición organizada por la UEFA, entre los meses de junio y agosto de 1995, como vía de acceso complementario a la Copa de la UEFA. El Girondins ganó su grupo con comodidad y después superó tres rondas eliminatorias, ante Eintracht de Frankfurt, Heerenveen y Karlsruher. El torneo, que por la otra parte del cuadro se llevó otro equipo francés, el Estrasburgo, permitió a Zidane estrenar su palmarés —si bien con un título menor— y, lo más importante, regresar a la Copa de la UEFA por tercera temporada consecutiva.

Seguramente, muchos aficionados españoles conocieron a Zidane gracias a esa Copa de la UEFA 1995/1996. En octavos de final, en el Benito Villamarín, el genio de La Castellane anotó un gol inolvidable desde unos 40 metros: saque del portero francés, toque en el centro del campo de un jugador bético y volea con la izquierda de Zizou, sin control previo, casi sin mirar, para superar a un adelantado Pedro Luis Jaro. “Un gol como ese jamás se olvida. Fue bonito, sí, muy bonito. Uno de los tres o cuatro mejores goles de mi carrera”, recordaría años después Zidane. “El balón me llega, me cae justo delante, y bota solo una vez. Tengo la impresión de que el portero está saliendo y de que tengo mucho tiempo, aunque es una jugada muy rápida. El balón bota y lo golpeo con la izquierda, algo nada habitual porque soy diestro, y le hago una vaselina al portero. Debía estar a 30 o 40 metros”.

Nota curiosa: como el gol de la “Novena”, en Glasgow, Zidane, un diestro, la reventó con la zurda. La calidad no entiende de hemisferios cerebrales. Seguramente tuvieron mucho más que ver en la perfección de sus gestos técnicos las interminables horas muertas invertidas por Zidane frente al muro de cemento del centro de formación del AS Cannes.