Cansasuelos - Ander Izagirre - ebook

Cansasuelos ebook

Izagirre Ander

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Opis

Relato de viaje a través de Italia

Ander Izagirre cruzó los Apeninos a pie, desde Bolonia hasta Florencia. Luego escribió un libro en el que hay nazis, centauros, un hombre volador con alas de madera, doscientos mil bárbaros traicionados por un cuñado, dos señores que leen a Tito Livio y se ponen a excavar en el bosque durante dos años sin decir nada a nadie, una hostelera que esconde a Garibaldi, un hostalero que devora a sus huéspedes; hay una historia de amor, hay neurología, hay alquimia; hay una competición entre un pene de bronce y un pene de mármol. Izagirre consiguió escribir un libro en el que hay todo eso y en el que no ocurre nada. Bueno, sí: un perro llamado Rambo tropieza con una señora de 82 años llamada Anna y la tira al suelo.

SOBRE EL AUTOR

Ander Izagirre escribe con los veinte dedos. Ha publicado crónicas sobre sobre los porteadores de la cordillera del Karakórum, las niñas que trabajan en las minas de Bolivia, los campesinos que se rebelan contra la Mafia en Sicilia, las guaraníes que hicieron una revolución jugando al fútbol, los ciclistas que se dopaban con bacalao, también sobre mi vuelta a España en vespa y sobre señores que construyen calaveras gigantes, coleccionan penes de todas las especies o atraviesan Argentina empujando una carretilla de cien kilos. Recibió el Premio Europeo de Prensa 2015 por un reportaje sobre crímenes militares en Colombia.

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CANSASUELOS

Seis días a pie por los Apeninos

Ander Izagirre

PRIMERA EDICIÓN: octubre de 2015

Copyright: © Ander Izagirre

© Libros del K.O., S.L.L.,

Calle Sánchez Barcaiztegui, 20, escalera A, 5º izquierda

28007 - Madrid

 

ISBN: 978-84-16001-49-1

CÓDIGO BIC: dnj

ILUSTRACIÓN DE PORTADA: Marcos Morán

MAQUETACIÓN: María O’Shea Pardo

CORRECCIÓN: Tamara Torres

 

Neptuno tiene el pito muy pequeño. O eso parece, si miramos de frente al dios de bronce de la plaza mayor de Bolonia, si lo miramos por un costado, si lo miramos por el otro. En lo alto de una fuente, Neptuno se alza como el dios de los esteroides anabolizantes: qué brazos musculosos, tensos, venosos; qué hombros, qué pectorales, qué abdominales, qué muslos de esprínter de velódromo, qué dos nalgas como dos globos terráqueos. Los boloñeses lo llaman al zigant, el gigante. Con su pose amanerada, parece que está interrumpiendo una exhibición culturista para girar el rostro barbudo, observarte un momento y atravesarte con el tridente. Pero Neptuno, tan tenso, tan poderoso, tan tan, tiene un pene cacahuetesco. O eso parece.

De Bolonia a Florencia, donde hay otro Neptuno, el tren de mucha velocidad nos llevaría en treinta y siete minutos. La distancia entre Bolonia y Florencia es muy pequeña. O eso parece.

S. me va a aclarar algunas apariencias. En la plaza de Bolonia, me lleva hasta un punto desde el que todo se ve distinto. Me dice que me coloque en una losa negra que destaca entre las losas grises del pavimento. Y que mire desde allí a Neptuno, que me da la espalda, un poco en diagonal. Entonces veo que entre las piernas del dios de bronce sobresale un gran pene erecto, un pene vigoroso, un pene que apunta a la catedral. ¡Neptuno!

En realidad, eso que sobresale entre las piernas del dios es el pulgar de su mano izquierda, extendido, largo, firme; un pulgar que, visto desde la losa negra, parece otra cosa. Dice la leyenda, dice, que en 1563 las autoridades eclesiásticas impidieron que el escultor Giambologna le plantara a su Neptuno un pene tan colosal como el resto de su cuerpo. Y que Giambologna redujo el pito pero dejó ese pulgar, para quien supiera verlo, convertido en pene por la trampa óptica. Me cuesta creerme la censura, porque en la base de la fuente hay cuatro ninfas mucho más porno, cuatro mujeres desnudas, encabalgadas sobre cuatro delfines, un poco recostadas hacia atrás, como ofreciéndose, con las piernas abiertas y los muslos prometedores, cuatro mujeres que se estrujan las tetas con las manos y lanzan agua por los pezones. Hay que fijarse en la maravilla de esos dedos de bronce hundiéndose en las tetas de bronce: metal hecho carne. Bien, quizá hubo censura y mengua del pito de Neptuno, quizá la censura era genital, porque las cuatro ninfas tienen una concha tapándoles la concha.

Basta: solo quería decir que todo depende del punto de vista.

Mi conclusión sobre el gran pene tramposo de Neptuno —¿fue casual, fue premeditado?— cuajará cuando lleguemos a Florencia y veamos otras obras de Giambologna. Este hombre perdió el concurso para esculpir el Neptuno de Florencia, que era el que de verdad importaba, porque el cogollo cultural de la época estaba en aquella corte, con los Medici, y debió de mosquearse bastante. El encargo de un Neptuno para Bolonia, tres años más tarde, fue un premio de consolación. Algo debió de tramar.

En el mapa del tren italiano de mucha velocidad, Bolonia es un punto y Florencia es el siguiente punto, solo hay un trazo recto y muy breve entre ambos. En un hostal de Bolonia, S. despliega un mapa de escala 1:25.000 que ocupa toda la cama y vemos cómo repta por el papel un trazo rojo serpenteante, un sendero que une Bolonia con Florencia, por montañas, valles, algún pueblo de vez en cuando. Vista desde aquí, la distancia entre Bolonia y Florencia crece y crece, el sendero rojo repta de un extremo a otro del mapa, incluso pasa al reverso, donde también atraviesa el mapa entero. Según cómo se mire, de Bolonia a Florencia hay treinta y siete minutos de tren, o de Bolonia a Florencia hay cinco días de caminata (eso creemos: acabarán siendo seis).

 

A ese camino lo llaman la Vía de los Dioses, oh, ah, porque hay ciertos nombres desperdigados en el mapa, monte Adonis, monte Venus, monte Luario, poco más. Son fósiles de dioses, ya muy pulverizados, que no sirven para darle un sentido a esta ruta. Ni falta que hace: es una ruta de huellas muy humanas, de piedras alineadas y lentas, de caminos que se fueron superponiendo durante tres mil años y que ahora están casi olvidados en los bosques y las montañas de los Apeninos. Los pastores abrieron las primeras sendas en la espesura, y uno de ellos, antes de que se inventaran las letras, ideó el primer mapa cuando le dijo a otro: vete hasta la roca grande y baja por el otro lado; otro pastor imaginó la primera explicación mágica del origen de la roca grande; y a partir de ahí, a través de la espesura avanzaron los caminos y las ideas, tomaron formas cada vez más complejas, hasta que un señor esculpió un dios Neptuno con músculos minuciosos de bronce, un dios en el que ya nadie creía, un dios que aún sirve. Nada tan humano como lo divino.

Primer día. Bolonia-Badolo (24 km)

Salir a pie de una ciudad, decidir dónde se acaba, cuándo es y cuándo ya no. A veces las ciudades terminan de repente, justo detrás del bloque de viviendas recién construido, en un barrio aún a medio urbanizar, en una acera de baldosas nuevas y un poco manchadas con restos de tierra de la parcela anexa. Das un paso en las baldosas y el siguiente en la tierra. Ya está. Otras veces se disuelven poco a poco, en las avenidas exteriores se les va colando un poco de industria, unos talleres, unos almacenes, unos pabellones, algún bar todavía, algún restaurante de batalla, alguna casa vieja que quedó engullida en el polígono y aún sigue habitada, esas zonas que son un sí pero no. O se les cuela un poco de campo, urbanizaciones de chalés que son un no pero sí, o las villas con jardines, con verjas, con muros, o por fin unas huertas. Al salir andando de una ciudad, intento fijarme en cuál es el último quiosco de prensa, la última farmacia, el último semáforo.

Bolonia es una de las ciudades más extrañas para dejarla a pie. La ciudad de los pórticos: las casas del casco antiguo se apoyan en galerías de columnas y bóvedas, caminamos siempre por ellas, a cubierto. Y cuando salimos por la Puerta de Zaragoza, se acaba la ciudad pero no se acaban las galerías. Otro pórtico, de 3,796 kilómetros, trepa hasta la colina de la Guardia. Allá arriba está el santuario de la Virgen de San Luca, un enorme templo ovalado, rematado por una cúpula con linterna, flanqueado por torres, que desde lejos tiene un aire como de central nuclear barroca, pintada de color salmón. Los fieles boloñeses peregrinan al santuario para agradecerle a la Virgen un milagro bien modesto: dicen que gracias a ella el 5 de julio de 1433 dejó de llover. Pues vaya. Que llovía mucho, insisten, y que se iban a perder las cosechas y que la imagen de la Virgen se escapó una noche de la catedral, donde estaba encerrada con llave, y apareció en lo alto de la colina. Eso ya es otra cosa. Entonces construyeron el santuario en la colina, y luego, para proteger a los peregrinos del sol o de la lluvia, porque en Bolonia algún día volvió a llover, construyeron este pórtico de 3,796 kilómetros. Así lo cuentan, con tres decimales, con el metro exacto en el que empieza y en el que acaba. Con esa misma precisión afirman que el pórtico tiene 666 arcos. Intento contarlos, me rindo. 666: la galería es la representación del diablo, el dragón que se retuerce monte arriba hasta morir a los pies del santuario mariano. La Virgen pisando la cabeza a la serpiente: un motivo clásico.

Es mayo, un día soleado y tibio, de esos en los que echas a andar y se te hace extraña la idea de que en algún momento, dentro de unas horas, sentirás cansancio. Subimos ya una pequeña montaña, la primera de los Apeninos para nosotros, pero todavía caminamos bajo una galería de bóveda nervada, sostenida por columnas, adornada con estatuas de vírgenes y santos, quince capillas, placas con nombres de benefactores, caridad con trompeta. Esta galería es un tentáculo de la ciudad que se extiende montaña arriba para mantenernos bajo su protección o su dominio, y por la galería vamos adonde quisieron que fuéramos aquellos urbanistas píos de hace tres siglos: al santuario.

Este viaje es idea de S. Ella es parmesana, yo soy guipuzcoano, nos conocimos hace un año en un punto intermedio: Navarra. Yo había salido a caminar un par de días por Tierra Estella. S. había salido a pasear ochocientos kilómetros. Nos encontramos en la plaza de un pueblo minúsculo, con el calor de primera hora de la tarde. El agua de la fuente no era potable, ella no tenía agua, yo sí tenía agua.

Luego ella se hizo una cierta idea de mí y me propuso que diéramos un paseo de ciento cuarenta kilómetros por los Apeninos. Y yo, bueno, yo no quise corregir el malentendido.

El icono tiene un aire bizantino. Está oculto por una placa plateada con joyas en la que solo asoman por dos huecos los rostros de la Virgen y el Niño, como en esas siluetas de cartón en las que los turistas meten la cabeza para sacarse una foto. Pero vemos el icono completo en una estampita. Es una Virgen de gesto serio, con la mirada perdida y diagonal, con un ojo extrañamente más grande que el otro, nariz fina y alargada, y con una mano de dedos como palillos que señalan al Niño: él es la Verdad. El Niño tiene cara de viejito malhumorado. Imparte la bendición con dos dedos extendidos —el índice y el corazón— y los otros tres dedos plegados.

—La mano benedicente —dice S.

S. es fisioterapeuta especializada en cirugía y rehabilitación de manos. Da gusto escucharla emitiendo diagnósticos delante de los cuadros de arte sagrado. No olvido la tarde en que fuimos a ver «La última cena» de Da Vinci en Milán y ella pasó consulta a los trece comensales; en las veintiséis manos leyó sorpresas, crispaciones, culpas, miedos, amenazas, agresividades, emociones que moldean las manos en el momento preciso en el que Jesús anuncia: uno de vosotros me traicionará.

La mano que bendice, me explica ahora, puede ser el resultado de una lesión nerviosa. La parálisis de ciertos nervios bloquea la primera falange de los dedos meñique y anular, al tiempo que se doblan la segunda y tercera falange; así que estos dos dedos se van cerrando hacia la palma y se agarrotan en esa posición. Los otros tres dedos quedan extendidos y libres, y ya tenemos el gesto de la bendición.

Hay otra posibilidad: las fibras que están en la base de los dedos se encogen, así que los dedos se retraen y se cierran sobre la mano. Esta contracción de los dedos afecta sobre todo a los hombres, sobre todo a los del centro y norte de Europa, sobre todo a partir de los cuarenta años, y quizá era frecuente entre los predicadores medievales, de ahí, requizá, la generalización del gesto en el arte sagrado y en los ritos. Al mismo tiempo que en la mano, las fibras también pueden encogerse en la planta del pie y en el pene. Pienso entonces en la mano extendida del Neptuno de Bolonia, esos dedos tan llamativamente estirados en el gesto de calmar los océanos; pienso en la etimología de empalmarse (tener una erección: que crezca hasta un palmo), y me parece que esa palma tan abierta da una buena pista sobre el pene de Neptuno que Giambologna planeaba de verdad.

Después del santuario pisamos, por fin, un sendero en el bosque. Bajamos por el otro lado de la montaña, hacia la vega del río Reno, y seguimos un vía crucis pero de arriba abajo, de la última estación a la primera. El efecto es curioso: empezamos viendo la resurrección de Cristo, luego sepultan su cuerpo, más adelante muere crucificado, después camina bajo el peso de la cruz, lo flagelan, lo coronan con espinas, lo condenan a la muerte por crucifixión y al final queda libre en el huerto de los olivos.