Opis

¡Aprenda a vivir! Con «la escuela de la vida para dominar la vida» tendrá una guía práctica con la que podrá dar forma a su vida. Gabriele, la profeta y enviada de Dios para nuestro tiempo, en innumerables horas de enseñanza espirituales y en conversaciones nos dio muchas indicaciones y ayudas para que los pasos en nuestro camino a la Consciencia cósmica.

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La escuela de la vidapara dominar la vida

El camino haciala Consciencia cósmica

Tomo 1

El libro que acompaña la serie de televisiónProgramas 1 – 5

Gabriele

El Espíritu universal es la enseñanza del amor a Dios y al prójimo, a los seres humanos, a la naturaleza y a los animales

1ª edición: 2017Spanisch

Editado por© Gabriele-Verlag Das Wort GmbHMax-Braun-Str. 2, 97828 Marktheidenfeld, Alemaniawww.gabriele-verlag.dewww.editorialgabriele.com

Traducido del alemán.

Traducción del alemán autorizada porla editorial Gabriele-Verlag Das Wort GmbH.En todas las cuestiones relativas al sentido, la edición original en alemán tiene validez última.

Título del original en alemán:»Lebensschule zur Lebensbemeisterung – Der Weg zum kosmischen Bewusstsein 1«

Todos los derechos reservados

Nº de pedido: B392esISBN: 978-3-89201-293-1 (edición impresa en alemán)ISBN 978-3-89201-915-2 (epub en español)ISBN 978-3-89201-916-9 (mobi en español)

Prólogo

Lo que es la Consciencia cósmica solo lo podemos aprender de una persona que vive en esa consciencia. Es Gabriele, la profeta y enviada de Dios para nuestro tiempo. En innumerables horas de enseñanza y en conversaciones espirituales ella nos ha dado conocimientos espirituales básicos desde la corriente de la Sabiduría divina, y además de ello una gran variedad de indicaciones y ayudas para los pasos en nuestro camino hacia la Consciencia cósmica. Estas enseñanzas divino-espirituales se han emitido en todo el mundo como serie televisiva.

Las exposiciones de Gabriele se ofrecen ahora como libro y tienen un beneficio y un valor incalculable para toda persona, especialmente para aquella que en su existencia desee alcanzar un nivel de vida más alto.

En la Escuela de la vida para dominar la vida se incluyen muy a conciencia las repeticiones, para así poder ejercitarse y profundizar en ellas. Por tanto no se sorprenda de que los hechos y los procesos se expliquen varias veces, en determinadas circunstancias tal vez desde una perspectiva diferente. ¡Lo que queremos es cambiar de forma de pensar! Debe surgir una nueva forma de ver las circunstancias, y en la mayoría de los casos eso no se produce en base a un único reconocimiento del momento, a una única experiencia reveladora. Primero debemos familiarizarnos con la nueva forma de pensar y de comprender, de forma que la vayamos asimilando poco a poco.

Agosto de 2009

Volver a desarrollar la Consciencia cósmica,nuestra herencia divina;el camino hacia allí ya está asentado en nuestro interior

En vista del título, quizás más de un lector diga: «¡Dominar la vida! ¡Sí, eso quisiera! ¿Pero qué significa eso de la Consciencia cósmica? Bajo este concepto todavía no me puedo imaginar nada».

Muchas personas son conscientes de que no solo pertenecen a este mundo. Muchos saben que después de la muerte física el alma del que fue un ser humano sigue su camino hacia la casa del Padre, al Reino de Dios, a uno de los ámbitos de purificación, o va a una próxima encarnación.

La Consciencia cósmica es Dios. Ante la pregunta: «¿Qué tenemos que ver nosotros con la Consciencia cósmica?», algunos se encogen de hombros y dicen: «Poco o nada». Sin embargo, eso no es así, muy por el contrario: tenemos mucho que ver, pues Dios, que es nuestro Padre eterno, visualizó y creó al ser puro en lo más profundo de nuestra alma como a Su hijo espiritual o Su hija espiritual, cada uno en su mentalidad divina. Cada uno de nosotros posee en su alma todas las fuerzas luminosas divinas de la Existencia eterna. Nosotros, cada uno de nosotros, somos según nuestro origen seres cósmicos en la Consciencia cósmica universal, participantes de la Fuerza universal divina y por ello herederos del infinito.

La expresión «Consciencia cósmica» nos indica que somos herederos del Reino de Dios.

Tengamos presente una vez más que ahora somos seres encarnados, que nos denominamos seres humanos. Sin embargo, en el fondo de nuestra alma somos Consciencia cósmica, somos seres en la presencia de Dios y por ello somos divinos. No somos Dios, pero somos seres puros, y según el origen de nuestro verdadero SER eterno somos divinos, es decir tal y como Dios, el Eterno, nos visualizó y creó como seres puros.

La meta de nuestra vida como seres humanos se describe en la frase: «Estamos en la Tierra para volver a ser divinos».

Muchas personas creen que esta es una meta utópica. Sin embargo, a quien se le haga presente con frecuencia que se trata de volver a encontrar su SER más interno y verdadero, a la consciencia de que somos hijos e hijas de Dios, se le irá quizás revelando paulatinamente lo que significan las dos palabras «Consciencia cósmica». Pues en el fondo cada cual añora su verdadera identidad eterna e imperecedera y desearía volver a alcanzarla.

Jesús nos enseñó: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre en los Cielos». Y también: «El Reino de Dios está dentro de vosotros».

En primer lugar se trata de obtener al menos una noción de en qué consiste lo divino, la Consciencia cósmica. Lo que sigue a continuación tiene la intención de ayudarnos a que nos familiaricemos más y más con ello.

Partamos del hecho fundamental de que nuestro ser verdadero e inmortal en lo más profundo de nuestro interior es una realidad.

La Consciencia cósmica consta de las siete fuerzas básicas de la Existencia divina. Son el Orden divino, la Voluntad divina, la Sabiduría divina, la Seriedad, Su Paciencia –igual a Bondad–, el Amor y la Misericordia –igual a Mansedumbre–. Nuestro cuerpo espiritual en el fondo de nuestra alma contiene por tanto las siete fuerzas básicas de Dios; en base a ellas se formó nuestro cuerpo espiritual.

Dios es Espíritu. En el fondo de nuestra Existencia eterna los seres humanos somos seres espirituales, porque Dios nos visualizó y creó como seres provenientes de Él, precisamente en base a esas mencionadas siete fuerzas básicas del Universo –seres espirituales en el Espíritu del Padre eterno, seres espirituales cuyo Hogar eterno es el Reino de Dios. El ser espiritual que se encuentra en nuestra alma forma parte de Dios, la Vida eterna e indestructible.

Jesús de Nazaret se expresó en el siguiente sentido: «El Reino de Dios está dentro de vosotros». Dado que el Reino de Dios consta de las siete fuerzas básicas, cada forma de vida de la naturaleza divina, los seres espirituales y todos los astros del eterno SER, la Existencia eterna, están formados en base a esas siete fuerzas básicas de la Existencia divina. Las cuatro primeras fuerzas son las fuerzas creadoras, las tres restantes son las fuerzas de filiación.

Considerémoslo ahora una vez más desde otro punto de vista: las siete energías básicas son consciencia cósmica universal, de forma que en lo más interno, en nuestra alma, está el Reino de Dios como consciencia. Esta está establecida como esencia en el ser espiritual. Dado que nuestro cuerpo espiritual es la esencia de las siete fuerzas básicas, nosotros, como seres espirituales, somos herederos del Reino de Dios.

Durante nuestro peregrinaje por la Tierra siendo seres humanos debemos volver a convertirnos en seres divinos. Por tanto, se nos encomienda volver a dar los pasos hacia nuestro manantial de vida espiritual divina: el Orden, la Voluntad, la Sabiduría, la Seriedad, la Paciencia, igual a Bondad, el Amor y la Mansedumbre, igual a Misericordia. A ello deberíamos aspirar día tras día en muchas circunstancias y procesos de nuestra existencia terrenal. Las situaciones del día nos reflejan día tras día las tareas que en ese sentido tenemos en nuestra vida.

Para aprovechar los días tenemos que aprender a sondear en nosotros mismos para avanzar en dirección a lo divino espiritual, es decir, para desarrollarnos hacia un nivel superior. ¿Cómo? Aprendiendo a cuestionarnos a nosotros mismos, preguntándonos: ¿Obramos en toda ocasión en el sentido de lo que late en el fondo de nuestra alma? ¿Actuamos según lo que somos en el fondo de nuestra alma: seres espirituales provenientes de Su Espíritu? O bien: ¿qué es lo que tal vez podríamos reconocer y cambiar en nosotros mismos para acercarnos a ello?

Por tanto, lo que vale es aprender de todo aquello con lo que nos encontramos –especialmente de las adversidades–. La base de nuestro proceso de aprendizaje es siempre el autorreconocimiento.

Si superamos las tareas para la vida que resultan de ello, avanzamos en el dominio de nuestra vida. A esto es lo que alude el título del libro: «La Escuela de la vida para dominar la vida».

Hagámonos conscientes una vez más: con las palabras de Jesús, el Cristo de «El Reino de Dios está dentro de vosotros», Él se refirió a nuestra Consciencia cósmica, nuestra verdadera existencia. Esto significa que estamos en la Tierra, en la escuela de la vida, para aprender, lo que significa tomar posesión de nuestra herencia divina. Nuestra verdadera existencia es el Reino de Dios. Nuestro verdadero origen es la cuna en el corazón de nuestro Padre eterno.

Dado que nuestra maravillosa herencia está en nosotros, el camino hacia allí es también el Camino Interno. El camino hacia la Consciencia cósmica es por tanto el Camino Interno hacia el Reino de Dios en nosotros.

El Camino Interno es un camino del autorreconocimiento. El dar pasos en el Camino Interno lo presupone, cual es el que primero hayamos aprendido a reconocernos a nosotros mismos. Cada cual ha de experimentar lo que significa el auto cuestionarse e investigar así si sus palabras corresponden a sus pensamientos, si sus pensamientos corresponden a sus sentimientos, sus deseos, sus sensaciones.

Si hemos descubierto nuestras contradicciones, se debe juzgar de forma crítica: ¿es esto bueno, o no lo es? Solo cuando seamos capaces de mirar a los ojos lo que mantenemos oculto, nuestras propias faltas, carencias y puntos débiles, nuestras motivaciones impuras, y si comparamos todo esto con los Diez Mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús, el Cristo en Su Sermón de la Montaña, sabremos en detalle lo que tenemos que aprender en el camino hacia nuestro verdadero Ser individual. Porque precisamente se trata, con la ayuda de la fuerza del Cristo de Dios, de obtener el dominio sobre lo que nosotros ocultamos ante nosotros mismos y ante otros, lo que no es divino y se esconde detrás de nuestras palabras, detrás de nuestros pensamientos.

¿Cómo se realiza esto? Por medio del arrepentimiento, de purificar, pidiendo perdón y perdonando y no volviendo a hacer lo que no es bueno.

Todo, absolutamente todo lo que se nos presenta en el día, lo que vemos, lo que escuchamos, con quién hablamos, así como lo que olemos, lo que degustamos, lo que palpamos, lo que nos conmueve, lo que produce en nosotros una reacción en pensamientos o palabras, y que no es bueno, nos quiere decir algo. A partir ello se manifiesta lo que hasta ahora no habíamos reconocido en nosotros y que ahora podemos reconocer, para acercarnos de nuevo a nuestro origen, es decir, para volver a ser divinos.

Si vamos por ese camino del autorreconocimiento y del autodominio, nos encontraremos con nuestros semejantes con los sentidos más despiertos.

De esta manera también conseguiremos entrar en comunicación de forma creciente con lo más interno de nuestro prójimo, con los aspectos puros de su alma, porque seremos cada vez más conscientes de que en el interior de cada ser humano, de cada alma, está el ser espiritual que es nuestro hermano, nuestra hermana, que provienen del Hogar eterno. Y con el tiempo también despertará en nosotros el deseo de no despreciar más a ninguno de nuestro semejantes. Si a pesar de ello incurrimos en ese error, lo podremos reconocer cada vez más rápidamente en base a lo positivo que hemos introducido en nuestro interior, y nos dolerá haber pensado y sentido de esa manera. Así nos sucederá también con asomos de desprecio frente a uno de nuestros semejantes.

De ello resulta que ya no hablaremos más tan frecuentemente en sentido negativo o que inculparemos injustamente a otra persona. En suma estaremos más atentos frente a nuestro propio comportamiento. En base a los Mandamientos de Dios y a las enseñanzas de Jesús, el Cristo, deduciremos lo que es bueno y correcto, y según estos mediremos de forma cada vez más consecuente los contenidos de nuestra forma de pensar y de obrar.