El verdugo - Chris Carter - ebook

El verdugo ebook

Chris Carter

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Opis

Te matará de miedo En una iglesia de Los Ángeles, sobre los escalones del altar, yace el cuerpo ensangrentado de un cura. Poco después el equipo de la policía científica descubre, en el pecho de la víctima, el número 3 escrito con sangre. En un principio el detective Robert Hunter cree que se trata de un asesinato ritualista. Pero a medida que aparecen más cadáveres, se ve forzado a reconsiderar su hipótesis. Todas las víctimas murieron presas del peor de sus miedos. Sus peores pesadillas se hicieron literalmente realidad. ¿Pero cómo podía ser que el asesino conociera esas pesadillas? ¿Y qué es lo que une a estas víctimas que en apariencia no tienen nada en común? Hunter se ve envuelto en la búsqueda de un asesino sádico y huidizo, alguien que por lo que parece tiene la capacidad de leer la mente de sus víctimas. Alguien que puede percibir qué es lo que más asusta a sus víctimas. Alguien capaz de no detenerse ante nada que se interponga entre él y su retorcido objetivo. _________________ «Prepárate para un viaje al terror» - Heat  «No pude dejar el libro hasta terminarlo.» -  Crime Scuad   

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El verdugo

El verdugo

Título original: The Executioner

© 2010 Chris Carter. Reservados todos los derechos.

© 2021 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

Traducción Aldo Giacometti,

© Traducción, Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

ePub: Jentas A/S

ISBN 978-87-428-1173-3

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Dedicatoria

Para Samantha Johnson... siempre

Agradecimientos

Aunque escrita por un solo individuo, he descubierto que una novela nunca es el logro de uno solo.

Muchas personas contribuyeron con esta obra de maneras distintas y generosas y, aunque una simple página de agradecimientos no pueda expresar completamente mi gratitud, me gustaría que supieran que esta novela nunca hubiera sido posible sin ellos.

Tengo una deuda especial con Samantha Johnson por su amor, su paciencia imperecedera, su comprensión y por estar allí en cada paso del recorrido. Los agentes más extraordinarios que cualquier autor podría desear, Darley Anderson y Camilla Bolton. Son de hecho mis ángeles de la guarda literarios. Siguiendo con el tema de los ángeles, mi más sincero agradecimiento también va para toda la Agencia Literaria Darley Anderson −los extremadamente trabajadores Ángeles de Darley−. Gracias, también, al magnífico equipo de profesionales creativos y talentosos de Simon & Schuster UK por todo su trabajo incesante. A mi fantástica editora personal, Kate Lyall Grant, y a mis increíbles editores, Ian Chapman y Suzanne Baboneau, mi eterna gratitud.

También me gustaría agradecerles a todos los lectores y a todas las personas que me han apoyado de manera tan fantástica desde la publicación de mi primera novela.

Uno

−Es irónico que la única certeza en la vida sea la muerte, ¿no lo crees? −La voz del hombre era tranquila. Su postura, relajada.

−Por favor... no tienes por qué hacerlo. −Por el contrario, el hombre en el suelo estaba petrificado y exhausto. Su voz estrangulada por lágrimas y sangre. Estaba desnudo y temblando. Sus brazos estaban estirados por encima de su cabeza, encadenados por las muñecas a la pared de ladrillo a la vista.

La sala oscura del sótano había sido transformada en un calabozo de aspecto medieval, con las cuatro paredes provistas de grilletes de metal pesado. Un nauseabundo olor a orina flotaba en el aire y un incesante zumbido llegaba de una caja grande de madera en el rincón, colocada allí por el atacante. La sala estaba insonorizada y era a prueba de escape. Una vez encerrado adentro, no había manera de salir a no ser que alguien te dejara salir.

−No importa cómo has vivido tu vida −continuó el otro hombre, ignorando al hombre sangrante−. No importa cuán rico eres, las cosas que has logrado, a quiénes conoces o cuáles son tus deseos. Al final a todos nos pasará lo mismo... todos moriremos.

−No, Dios, por favor.

−Lo que importa es cómo morimos.

El hombre en el suelo tosió, escupiendo una fina rociada roja de sangre.

−Algunas personas mueren naturalmente, sin dolor, al llegar al final de un ciclo natural. −El hombre se rio con una risa extraña y gorjeante−. Algunas personas sufren durante años enfermedades incurables, luchando cada minuto para sumarles solo unos pocos segundos más a sus vidas.

−Yo... yo no soy rico. No es mucho lo que tengo, pero lo que sea que tengo te lo puedes quedar.

−Shhh. −El hombre se acercó un dedo a los labios antes de susurrar−: No necesito tu dinero.

Otra tos. Otra rociada de sangre.

Una sonrisa malvada separó los labios del agresor.

−Algunas personas mueren muy despacio −continuó. Su voz era fría−. El dolor de la muerte puede estirarse durante horas... días... semanas... Si sabes lo que estás haciendo, no hay límite, ¿lo sabías? −Hizo una pausa.

Hasta entonces, el hombre encadenado no había notado la pistola de clavos en la mano del atacante.

−Y yo sé muy bien lo que estoy haciendo. Permíteme demostrarte. −Pisó el hueso que sobresalía del tobillo fracturado de la víctima, se agachó y disparó velozmente tres clavos en la rodilla derecha del hombre. Un intenso dolor se lanzó hacia arriba por la pierna de la víctima y le succionó el aire de los pulmones, nublándole la vista por varios segundos. Los clavos eran de tan solo tres pulgadas de largo. No lo suficientemente largos como para hacer un agujero hasta el otro lado, pero lo suficientemente filosos como para destrozar hueso, cartílago y ligamentos.

El hombre encadenado respiró de manera rápida y poco profunda. Intentó hablar a través del dolor:

−Por... Por favor. Tengo una hija. Está enferma. Sufre una rara enfermedad y yo soy todo lo que ella tiene.

La extraña risa gorjeante llenó otra vez la sala.

−¿Crees que me importa? Déjame demostrarte cuánto me importa. −Tomó entre sus dedos la cabeza de uno de los clavos incrustados en la rodilla del hombre y, como usando un destornillador para abrir una lata de pintura, despacio lo forzó hacia un lado tanto como le fue posible. El sonido crujiente era el mismo que al pisar vidrio roto.

La víctima rugió al sentir cómo el metal molía el hueso. El atacante aplicó apenas la fuerza suficiente como para vencer la resistencia y astillar la rótula. Fragmentos de hueso perforaron nervio y músculo. Las náuseas recorrieron el cuerpo del hombre encadenado. Su asaltante le abofeteó el rostro varias veces para impedir que se desmayara.

−Quédate conmigo −susurró−. Quiero que disfrutes cada instante de esto. Hay más por venir.

−¿Por qué... por qué lo estás haciendo?

−¿Por qué? −El hombre se lamió los labios agrietados y sonrió−. Te mostraré por qué. −Sacó de su bolsillo una foto y la sostuvo a centímetros del rostro del hombre encadenado.

Los ojos del hombre se posaron confundidos sobre la foto durante varios segundos.

−No entiendo. ¿Qué...? −Se quedó helado cuando finalmente se dio cuenta de qué era lo que estaba mirando−. ¡Oh Dios mío!

Su torturador se aproximó, los labios casi tocando la oreja derecha del hombre sangrante.

−Adivina qué −susurró mientras miraba la caja de madera en el rincón−. Yo sé qué es lo que te mata de miedo.

Dos

Faltaba más o menos una semana para Navidad y Los Ángeles estaba acogiendo el espíritu festivo. En todas partes las calles y los escaparates estaban decorados con luces de colores, Papás Noel y nieve falsa. A las 5:30 a.m. el viaje en coche a través de Los Ángeles sur se sentía horriblemente tranquilo.

El frente blanco de la pequeña iglesia brillaba contra los nogales de California altos y desnudos a ambos lados de la puerta de madera abovedada. Escenario de tarjeta postal. Salvo por los agentes de policía que daban vueltas alrededor del edificio y la cinta amarilla de seguridad que mantenía a una distancia prudente a los espectadores curiosos.

Unas nubes oscuras se empezaron a amontonar en el momento en el que Robert Hunter se apeó del coche, estiró el cuerpo y se sopló en las manos antes de subirse el cierre de la chaqueta de cuero. Basándose en el vigorizante y frío viento del Pacífico y analizando el cielo, Hunter supo que la lluvia estaba a tan solo unos pocos minutos de distancia.

La Sección Especial de Homicidios de la División de Homicidios y Robos del Departamento de Policía de Los Ángeles es una rama especializada. Trata los casos de asesinos seriales y casos de homicidios notorios que requieren mucho tiempo y pericia. Hunter era su detective más consumado. Su joven compañero, Carlos Garcia, había trabajado duro para llegar a ser detective, y lo había conseguido más rápido que la mayoría. Asignado primero a la Oficina Central del Departamento de Policía de Los Ángeles, había pasado algunos años capturando miembros de pandillas, ladrones armados y vendedores de drogas en el noreste de Los Ángeles antes de que le ofrecieran un puesto en la Sección Especial de Homicidios.

Mientras prendía la placa al cinturón, Hunter vio a Garcia hablando con un agente joven. A pesar de que era muy temprano, Garcia tenía aspecto brillante y alerta. Su cabello largo y oscuro aún estaba húmedo de la ducha matutina.

−¿No se suponía que hoy tuviéramos el día libre? −dijo Garcia en voz baja cuando Hunter se les acercó−. Tenía planes.

Asintiendo con la cabeza Hunter saludó con un silencioso “buen día” al agente, que le devolvió el gesto.

−Somos la Especial de Homicidios, Carlos. −Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta−. Palabras como “día libre”, “aumento de sueldo”, “descansos” y “vacaciones” no se aplican para nosotros. Ya deberías saberlo.

−Estoy aprendiendo rápido.

−¿Ya has estado adentro? −preguntó Hunter al mismo tiempo que sus ojos azul pálido se enfocaban en la iglesia.

−Acabo de llegar.

Hunter encaró al joven agente:

−¿Tú?

Un metro noventa y constitución fuerte, se pasó nerviosamente la mano por el cabello corto y negro bajo la mirada atenta de Hunter.

−Yo tampoco he estado adentro, señor, pero aparentemente no es un espectáculo agradable. ¿Ve a esos dos que están allí? −Señaló a dos agentes de policía que tenían la cara pálida y estaban de pie a la izquierda de la iglesia−. Fueron los primeros en llegar. Oí que les llevó menos de veinte segundos salir de allí corriendo y vomitar por todos lados. −Miró mecánicamente su reloj−. Llegué aquí cinco minutos después que ellos.

Hunter se masajeó la parte de atrás del cuello, sintiendo la cicatriz áspera y rugosa en la nuca. Sus ojos recorrieron a la multitud que ya se empezaba a reunir detrás de la cinta amarilla.

−¿Tienes una cámara de fotos? −le preguntó al agente, que negó con la cabeza, frunciendo el ceño−. ¿Y una cámara de teléfono?

−Sí, mi teléfono móvil tiene cámara. ¿Por qué?

−Quiero que saques algunas fotos de la gente.

−¿La gente? −preguntó el agente, confundido.

−Sí, pero hazlo discretamente. Intenta que parezca que estás sacando fotos de la escena del crimen de la parte de afuera de la iglesia o algo así. Intenta abarcar a toda la multitud. Y desde distintos ángulos. ¿Crees que lo puedes hacer?

−Sí, pero...

−Confía en mí −dijo Hunter serenamente−. Luego te explicaré.

El agente asintió ansiosamente antes de ir hacia adentro del vehículo a buscar su teléfono móvil.

Tres

−Los buitres ya están aquí −observó Garcia mientras se acercaban a la cinta amarilla. Detrás de ellos, los reporteros se abrían paso hasta la primera fila de la multitud, los flashes de las cámaras explotaban cada pocos segundos−. Creo que les avisan antes que a nosotros.

−Así es −confirmó Hunter−, y además pagan muy bien por la información.

El policía que estaba de pie del otro lado de la cinta asintió mientras Hunter y Garcia pasaban por debajo.

−Detective Hunter −gritó un reportero bajo, redondo y pelado−. ¿Crees que es un asesinato religioso?

Hunter se giró para quedar de frente al escuadrón de reporteros. Comprendía su aprensión. Dentro de la iglesia a alguien le habían robado la vida, y todos ellos sabían que si le habían asignado el caso a Robert Hunter, el asesino había utilizado una violencia enorme.

−Acabamos de llegar, Tom −respondió Hunter de manera ecuánime−. Ni siquiera hemos entrado aún. En este momento probablemente ustedes saben más que nosotros.

−¿Podría ser obra de un asesino en serie? −preguntó una morena alta y atractiva. Vestía un abrigo grueso de invierno y tenía en la mano una pequeña grabadora. Hunter nunca la había visto.

−¿Tartamudeé? −murmuró, mirando a Garcia−. Esta vez lo diré más lento para aquellos de ustedes a los que les cuesta seguir el ritmo. −Miró fijo a la morena−. Acabamos-de-llegar. No-hemos-estado-dentro-aún. Y ustedes saben cómo funciona. Si quieren algún tipo de información, tendrán que esperar a la conferencia de prensa oficial de la policía. Si es que hay.

La morena le devolvió la mirada a Hunter antes de desaparecer hacia el fondo de la multitud.

Un agente del laboratorio de criminología esperaba en los gastados escalones de piedra de la entrada de la iglesia, listo para darles a Hunter y a García monos Tyvek blancos.

Cuando estaban entrando, los alcanzó el olor. Una combinación de transpiración, madera vieja y el hedor metálico y punzante de la sangre.

Dos largas hileras de bancos de roble rojo estaban separadas por un pasillo angosto que iba desde la entrada hasta los escalones del altar. Un día ajetreado, la Iglesia Católica de los Siete Santos podía recibir cerca de doscientos fieles.

Su pequeño interior estaba brillantemente iluminado por dos focos forenses grandes montados en pedestales de metal separados. Visto bajo ese resplandor antinatural todo era duro y clínico. Al final del pasillo tres agentes del laboratorio de criminología tomaban fotos y recogían el polvo de cada centímetro del altar y del confesionario que estaba a la derecha.

La puerta se cerró detrás de ellos. Hunter sintió la ansiedad que venía con los primeros pasos dentro de cada nueva escena de asesinato.

Al oír que se acercaban, los agentes del laboratorio de criminología hicieron una pausa y alzaron la vista de manera incómoda. Los dos detectives caminaron hacia ellos, deteniéndose ante los escalones del altar.

Había sangre por todos lados.

−¡Jesús! −murmuró García, cubriéndose la boca y la nariz con ambas manos−. ¿Qué demonios es eso?

Cuatro

El invierno en la Ciudad de los Ángeles es templado en comparación con la mayor parte de Estados Unidos. La temperatura raramente baja de los diez grados centígrados, pero para los residentes de Los Ángeles eso es con seguridad lo suficientemente frío. Para las 5:45 a.m. había empezado a caer una llovizna fría. El agente de policía Ian Hopkins limpió el teléfono móvil en la manga de la chaqueta del uniforme antes de disparar otra foto de los espectadores fuera de la iglesia.

−¿Qué demonios estás haciendo? −le preguntó Justin Norton, uno de los dos agentes que habían llegado primeros a la escena.

−Tomando fotos −respondió Hopkins de manera irónica.

−¿Por qué? ¿Tienes algún fetiche morboso por las escenas del crimen o algo así?

−La Especial de Homicidios me pidió que lo haga.

El agente Norton miró a Hopkins de manera sarcástica:

−Bueno, no sé si lo habrás notado, pero la escena del crimen está de aquel lado. −Pasó su pulgar sobre el hombro para señalar la iglesia detrás de él.

−El detective no quiere fotos de la iglesia. Quiere fotos de la gente.

−¿Te dijo por qué? −Esta vez con el ceño fruncido de manera preocupada.

Hopkins negó con la cabeza.

−¿Y por qué sostienes la cámara a la altura del pecho en vez de levantarla hasta tus ojos?

−No quiere que la gente sepa que le estoy sacando fotos. Solo intento ser discreto.

−Estos detectives de la Especial de Homicidios... −Norton golpeó el índice izquierdo contra el costado de su cabeza−. Están jodidos de la cabeza, ¿sabes a lo que me refiero?

Hopkins respondió al comentario encogiéndose de hombros:

−De todos modos creo que ya tengo suficientes. Además de que esta lluvia me va a estropear el teléfono si no tengo cuidado. Ey... −dijo cuando Norton se empezaba a alejar−. ¿Qué sucedió allí dentro?

Norton se giró despacio y clavó los ojos en los de Hopkins:

−Eres nuevo en la fuerza, ¿no es así?

−Esta semana se cumplirán tres meses.

Norton le sonrió de manera vulgar:

−Bueno, yo he sido policía por más de siete años −dijo serenamente, tirando de su gorra hacia abajo, por encima de los ojos−. Créeme, esta ciudad me ha echado bastante mierda en el camino, pero nada como lo que hay allí dentro. Hay algunas personas malvadas en esta ciudad. Por tu propio bien, toma las fotos y pasa a tu siguiente tarea. No quieres la imagen de lo que está allí dentro grabada en tu memoria justo al comienzo de tu carrera. Confía en mí.

Cinco

Hunter se quedó de pie perfectamente quieto. Absorbiendo la escena con los ojos a medida que la adrenalina inundaba sus sentidos. Sobre el piso de piedra justo fuera del confesionario, rodeado por un charco de sangre, yacía de espaldas el cuerpo decapitado de un hombre delgado y de estatura media ataviado con una sotana de cura. Había sido colocado así de manera intencional. Las piernas estaban extendidas. Los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Hunter tenía puesta su atención en la cabeza.

Una cabeza de perro.

La habían puesto en un palo de madera y luego la habían encajado en el muñón del cuello, haciendo que el cuerpo que estaba en el suelo pareciera una mutación grotesca humano/perro.

Los labios del perro eran púrpura oscuro. La lengua larga y flaca estaba manchada de negro con sangre y colgaba hacia la izquierda de su boca deforme. Los ojos estaban bien abiertos y eran de un blanco apagado y lechoso. El pelo corto estaba cubierto de un rojo oscuro. Hunter dio un paso adelante y se agachó junto al cuerpo. No era un experto en razas de perros, pero podía distinguir que la cabeza que habían usado era la de un perro callejero.

−Un cuadro impactante, ¿no? −preguntó Mike Brindle, el agente forense líder en la escena, al aproximarse a los dos detectives.

Hunter se puso de pie para quedar frente a él. Garcia mantuvo la vista en el cadáver.

−Hola, Mike −respondió Hunter.

Brindle tenía poco menos de cincuenta años, era delgado como un palo y alto como una puerta. Sin lugar a duda uno de los mejores agentes forenses que Los Ángeles tenía a disposición.

−¿Cómo va el insomnio? −preguntó Brindle.

−Igual que siempre −respondió Hunter encogiéndose de hombros.

El insomnio crónico de Hunter no era ningún secreto. Había comenzado moderadamente luego de la muerte de su madre cuando él tenía siete años. A medida que pasó el tiempo se intensificó. Hunter sabía que no era más que el mecanismo de defensa de su cerebro para no tener que lidiar con las horrorosas pesadillas. En vez de luchar contra el insomnio, simplemente aprendió a vivir con él. Podía sobrevivir con tres horas de sueño por noche, de ser necesario con dos.

−¿Qué tenemos? −preguntó Hunter con voz serena.

−Acabamos de comenzar. Llegamos hace quince minutos, por lo que por el momento sé lo mismo que vosotros, con una excepción. −Brindle señaló el cuerpo−. Parece que ese solía ser el padre Fabian.

−¿Parece? −Instintivamente Hunter le permitió a su mirada recorrer el área−. ¿Aún no han encontrado la cabeza?

−Aún no −respondió Brindle, lanzando una mirada inquisitiva hacia los otros dos agentes del laboratorio de criminología, que negaron con la cabeza.

−¿Quién encontró el cuerpo?

−El monaguillo, el hermano algo. Cuando llegó a la iglesia esta mañana le recibió esto que ves aquí.

−¿Dónde está?

−En la parte de atrás −respondió Brindle ladeando la cabeza−. Hay un agente con él, pero como es de esperar está un poco en shock.

−¿Hora aproximada de la muerte?

−El rigor mortis está avanzado. Diría que en algún momento entre hace ocho y doce horas. Definitivamente anoche. No esta mañana.

Hunter se arrodilló y examinó un poco más el cuerpo:

−¿Ninguna herida defensiva?

−No. −Brindle negó con la cabeza−. Parece que la víctima no tiene ninguna otra herida de ningún tipo. Fue asesinado velozmente.

Hunter llevó su atención hacia el rastro de sangre que comenzaba en el cuerpo y subía los escalones hacia el altar.

−No se pone para nada mejor una vez que subes allí −comentó Brindle al seguir la mirada de Hunter−. De hecho, diría que se pone más complicado para vosotros.

Seis

Garcia sacó los ojos de encima del cadáver y miró al agente:

−¿Eso qué significa?

Brindle se rascó la nariz y lo miró:

−Bueno, sois vosotros quienes tenéis que descubrir qué significa todo esto. El patrón de sangre se desparrama allí arriba... −Negó con la cabeza, reflexionando− no parece aleatorio.

−¿Sangre humana? −preguntó Hunter.

−¿En lugar de sangre de perro? −replicó Brindle, señalando la cabeza del perro.

−A-ha.

−Aún no lo puedo decir con seguridad. Difícil distinguir con solo mirar. Sus propiedades son bastante similares.

Hunter trepó los escalones del altar con un movimiento limpio. Garcia y Brindle fueron detrás. El lugar estaba cubierto de sangre, pero Brindle estaba en lo cierto, definitivamente había un patrón. Una especie de simetría. Sobre el suelo, una marca carmesí delgada y continua formaba un círculo alrededor del altar. En la pared que estaba directamente detrás, había una salpicadura diagonal larga e irregular, como si alguien hubiera hundido un pincel en la sangre y lo hubiese sacudido contra la pared. Cientos de salpicaduras más pequeñas mancillaban el en algún momento pulcro mantel blanco del altar.

−Por lo general cuando la distribución de sangre cubre un área tan expandida, se debe a uno de dos tipos de luchas −explicó Brindle−. Una pelea, en la cual las dos partes involucradas dan vueltas golpeándose el uno al otro y sangrando por todas partes, o una víctima herida esforzándose por escaparse de su atacante.

−Las salpicaduras no coinciden con una situación de lucha o una pelea por escapar −dijo Hunter, analizando el patrón−. La distancia entre las manchas, las formas, es todo demasiado simétrico, casi calculado. Este rastro de sangre lo creó intencionalmente el asesino, no la víctima −agregó tranquilo.

−Estoy de acuerdo −dijo Brindle, cruzándose de brazos−. No fue una pelea, y el padre Fabian no tuvo la oportunidad de escaparse de nada.

−Lo que no termino de entender es que si al cura lo mataron allí abajo... −Garcia señaló el cuerpo− ¿cómo llegó toda esta sangre hasta aquí arriba?

Brindle se encogió de hombros.

Hunter se aproximó al altar y caminó cuidadosamente alrededor, analizando el delgado rastro de sangre en el suelo. Se detuvo al terminar una vuelta completa.

−¿Cuánto mides, Mike?

−Uno noventa y tres, ¿por qué?

−¿Y tú, Carlos?

−Uno ochenta y ocho.

−Ven aquí. −Hunter le indicó a Garcia que se acercara−. Camina conmigo lentamente −le dijo a su compañero cuando estuvo junto a él−. Quédate más o menos a treinta centímetros de la huella. Y camina de manera natural. Empieza justo aquí. −Hunter indicó un punto en el suelo exactamente detrás del centro del altar.

Los otros dos agentes del laboratorio de criminología dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se le unieron a Mike Brindle junto a uno de los focos.

Garcia había dado tan solo cuatro pasos cuando Hunter le pidió que se detuviera. Agachándose, corroboró de manera rápida la posición del pie de Garcia en relación con la huella antes de permitirle continuar. Cuatro pasos después, Hunter detuvo a Garcia una vez más. Cuatro pasos después de eso, el círculo quedó completo.

−Doce pasos en total −dijo Garcia con una mirada intrigada.

Hunter le dijo a Brindle que se acercara y le pidió que hiciera lo mismo que acababa de hacer Garcia.

−Para mí once pasos −dijo Brindle cuando llegó al punto de partida luego de completar el círculo.

−Yo diría que el asesino tiene la misma altura que Garcia −concluyó Hunter−. Uno ochenta y ocho, un centímetro más un centímetro menos.

Siete

La mirada fija e inquisitiva de Brindle se detuvo durante un momento en el rastro de sangre antes de moverse hacia Hunter:

−¿Y cómo llegaste a esa conclusión? −preguntó.

−Por estas salpicaduras que se separan aquí. −Hunter señaló dos puntos distintos en el suelo alrededor del altar donde varias gotas de sangre creaban una línea de unos treinta centímetros de largo que se separaba hacia fuera del rastro circular.

Los otros dos agentes del laboratorio de criminología se unieron a Brindle.

−No sigo la idea −dijo uno de ellos.

−Si tuvieras que dibujar un círculo de sangre alrededor de este altar, pero no tuvieras un pincel, ¿qué harías? −preguntó Hunter.

−Con esta cantidad de sangre −propuso el agente del laboratorio, mirando el charco que rodeaba el cuerpo− podrías llenar una copa y verterla en el suelo.

−Demasiado complicado −discrepó Hunter−. No podrías controlar el vertido, a no ser que tuvieras un recipiente con un pico.

−Es un rastro de gotas, de todos modos −dijo Brindle con seguridad−. No vertieron la sangre en el suelo. Cayó goteando.

−También yo lo veo así −asintió Hunter.

−Vale. Igualmente, ¿cómo concluyes de eso la altura del sujeto? −insistió el agente del laboratorio.

−Imagínate a alguien caminando alrededor del altar con un pequeño objeto empapado de sangre −explicó Hunter, yendo hacia el frente del altar−. El excedente gotea hacia el suelo.

−¿Un objeto pequeño como una vela? −preguntó el agente de menor estatura, alzando del pabilo una vela del altar a medio derretir. La mitad inferior estaba manchada de rojo como si la hubieran hundido en un vaso con algo de sangre−. La encontré a la izquierda del altar. −La aproximó, permitiendo que ambos detectives y Brindle le echaran un vistazo.

−Es esto −convino Hunter.

−Ponla en una bolsa −ordenó Brindle.

−Por lo que el asesino sumerge la vela en un poco de sangre y la usa para crear el rastro circular −dijo el agente, colocando la vela dentro de una bolsa de celofán−. ¿Y qué hay con las salpicaduras que se separan hacia fuera?

−Una vela no es lo suficientemente absorbente −explicó Hunter−. Solo puede cargar una cantidad de sangre muy limitada antes de dejar de gotear.

−Por lo que el asesino tenía que volver a sumergirla −confirmó Garcia.

−Exacto.

Brindle lo pensó durante unos segundos:

−Por lo que llegaste a la conclusión de que el asesino conseguía hacer solo cuatro pasos antes de volver a sumergir la vela en la sangre.

Hunter asintió:

−Yo diría que sostenía cerca de su cuerpo el recipiente con sangre. Las líneas que se separan son los goteos que van del recipiente con sangre de vuelta al rastro.

−Y se dan exactamente cada cuatro pasos de Garcia −concluyó Brindle.

Hunter asintió una vez más:

−Tus pasos iban más allá y los míos quedaban más acá de la marca. Yo mido uno ochenta y tres.

−¿Pero por qué crear este círculo alrededor del altar? −preguntó Garcia−. ¿Alguna especie de ritual?

No hubo respuesta. Todos se quedaron en silencio durante un rato.

−Como he dicho... −Brindle rompió el silencio− vosotros sois quienes tendráis que descubrir qué significa todo esto. Las salpicaduras de sangre, la cabeza de perro incrustada en el cuello del cura... Parece como que el asesino está intentando dar un mensaje.

−Sí, y el mensaje es Soy un maldito psicópata −murmuró Garcia, volviéndose para mirar el cadáver allí abajo.

−¿Ya habéis visto algo como esto, Mike? −preguntó Hunter, ladeando la cabeza hacia el cuerpo−. Me refiero a una cabeza de perro incrustada en el cuello de alguien.

Brindle negó con la cabeza:

−He visto muchas cosas feas y raras, pero esto es la primera vez.

−Tiene que significar algo −dijo Garcia−. No hay manera de que el asesino lo haya hecho por el gusto de hacerlo.

−Supongo que si no han encontrado la cabeza, tampoco han encontrado un arma −dijo Hunter, examinando ahora las salpicaduras de sangre en la pared.

−No por el momento.

−¿Alguna idea de qué podría ser?

−Con suerte, la autopsia podrá responder esa pregunta, pero puedo decirte que el corte es preciso. No tiene rebordes. No hay señales de cortes bruscos. Definitivamente un instrumento muy filoso. Uno que pudiera realizar el corte con un solo movimiento limpio.

−¿Un hacha? −inquirió Garcia.

−Si el asesino es lo suficientemente diestro y fuerte, seguro.

Hunter frunció el ceño mientras volvía a examinar el altar. Además del mantel manchado de sangre, había un solo objeto encima. Un cáliz chapado en oro y adornado con crucifijos de plata. Estaba de costado, como si alguien lo hubiese volteado. La brillante superficie estaba rociada con sangre. Hunter se inclinó y giró el cuerpo como para ver dentro del cuenco sin tocarlo.

−Hay sangre dentro de este cáliz −dijo mientras sus ojos continuaban analizando la copa sagrada.

−¿Te sorprende? −preguntó Brindle soltando una risita.

−Mira a tu alrededor. Hay sangre por todas partes, Robert. Es como si aquí dentro hubiera explotado una bomba de sangre.

−Yo diría que eso es lo que utilizó el asesino como recipiente con sangre para sumergir la vela −enfatizó Garcia.

−Estoy de acuerdo, pero... −Con la mano izquierda Hunter le hizo un gesto indicándoles que se acercaran. García y Brindle se le unieron, ambos inclinándose hacia delante para tener los ojos a la altura del cáliz. Hunter señaló una marca apenas visible en el borde.

−No lo puedo creer. Parece la marca de una boca −dijo Brindle, sorprendido.

−Esperad un segundo −replicó Garcia abriendo los ojos−. ¿Pensáis que el asesino bebió la sangre del cura?

Ocho

La habitación era pequeña, estaba mal iluminada y también desprovista de cualquier lujo. Las paredes estaban empapeladas con un estampado opaco azul y blanco y tenían colgados varios dibujos religiosos enmarcados. Contra la pared que daba al este había una biblioteca alta de caoba con anticuados libros de tapa dura. A la derecha de la puerta de entrada, la habitación se extendía hacia una pequeña cocina. Un muchacho con aspecto aterrorizado estaba sentado sobre una cama de hierro de una plaza que ocupaba el espacio entre la cocina y la pared del fondo. Era bajo y muy delgado; alrededor de un metro setenta, con un mentón estrecho, ojos marrones muy pequeños y muy juntos y la nariz como pellizcada.

−Seguiremos nosotros a partir de aquí. Gracias −le dijo Hunter al agente que estaba de pie junto a la biblioteca mientras él y Garcia entraban a la habitación. El muchacho no pareció advertirlos. Tenía la mirada adherida en la taza de café intacta que tenía en las manos. Tenía los ojos inyectados de sangre e hinchados de llorar.

Hunter vio una tetera sobre un anafe con dos hornallas.

−¿Te sirvo otra taza de café? La que tienes parece haberse enfriado −preguntó, cuando se hubo ido el agente.

El muchacho finalmente alzó la vista con ojos aterrorizados:

−No, señor. Gracias. −Su voz era un susurro.

−¿Te molesta si me siento? −preguntó Hunter, acercándose un paso.

Una tímida sacudida de la cabeza.

Se sentó en la cama junto al muchacho. Garcia decidió quedarse de pie.

−Mi nombre es Robert Hunter. Soy detective de la División de Homicidios. Ese tipo alto y feo que está allí es mi compañero, el detective Carlos Garcia.

Un esbozo de sonrisa se asomó a los labios del muchacho mientras sus ojos le echaban un vistazo oblicuo a García. Se presentó como Hermano Cordobes.

−¿Preferirías que habláramos en español, muchacho? −preguntó Hunter, inclinándose hacia delante para imitar la postura de Hermano. Ambos codos apoyados en las rodillas.

−No, señor. Inglés está bien.

Hunter respiró, aliviado:

−Me alegra, porque muchacho es casi la única palabra que sé en español.

Con esto sí consiguió romper el hielo y el muchacho les entregó una sonrisa completa.

Durante los primeros minutos hablaron acerca de cómo Hermano había llegado a ser el monaguillo en la iglesia de los Siete Santos. El padre Fabian lo había encontrado mendigando en la calle cuando tenía siete años. Acababa de cumplir catorce hacía dos semanas. Explicó que había escapado de la casa y de un padre violento cuando tenía diez años.

La luz del amanecer había comenzado a entrar a la habitación a través de las viejas cortinas que cubrían la ventana justo detrás de la cama de Hermano cuando Hunter decidió que el muchacho estaba lo suficientemente relajado. Era momento de ponerse serios.

Nueve

−¿Puedes repasar para mí lo que pasó esta mañana? −preguntó Hunter con voz serena.

Hermano lo miró y su labio de abajo tembló:

−Me levanté a las cuatro y cuarto, me duché, recé y fui hacia la iglesia a las cinco menos cuarto. Siempre llego aquí temprano. Me tengo que asegurar de que todo esté correctamente preparado para la primera misa a las seis treinta.

Hunter sonrió amablemente, permitiéndole continuar a su propio ritmo.

−Tan pronto como entré a la iglesia supe que algo no andaba bien.

−¿Cómo es eso?

Hermano se llevó la mano derecha a la boca y mordió lo que quedaba de una uña:

−Unas pocas velas estaban aún encendidas. El padre Fabian siempre se asegura de que todas estén apagadas luego de cerrar la iglesia.

−¿El padre Fabian siempre cerraba él mismo la iglesia?

−Sí. −Empezó a morderse otra uña−. Era el único momento del día en el que tenía toda la iglesia solo para él. Le gustaba eso. −La voz de Hermano se apagó mientras le empezaban a rodar unas lágrimas por las mejillas.

Hunter buscó un pañuelo de papel en el bolsillo de la chaqueta.

−Gracias, señor. Lo lamento...

−No hay necesidad de lamentarlo −dijo Hunter comprensivamente−. Tómate tu tiempo. Sé lo difícil que es.

Hermano se secó las lágrimas del rostro y respiró hondo otra vez:

−Me di cuenta de que el altar estaba hecho un desorden. Los portavelas estaban en el suelo. El cáliz estaba echado de lado, y el mantel del altar parecía sucio. Manchado con algo.

−¿Viste si había alguien más en la iglesia?

−No, señor. No creo que haya habido alguien más. El lugar estaba tan tranquilo como siempre lo ha estado a esa hora. La puerta del frente estaba cerrada con llave.

−Vale, ¿qué hiciste después de eso? −preguntó Hunter, atendiendo con los ojos cada reacción de Hermano.

−Fui hasta el altar para ver qué estaba sucediendo. Pensé que quizá alguien había entrado a la iglesia y había rociado todo con pintura. Algo así como un grafiti. Este no es el mejor de los vecindarios. Algunas de las pandillas de aquí no respetan nada. Ni siquiera a Nuestro Señor Jesucristo.

−¿Habéis tenido antes aquí problemas con las pandillas? −preguntó Hunter mientras Garcia verificaba la cocina.

−Eso es lo curioso, señor. Nunca tuvimos ningún problema. Todos querían al padre Fabian.

−¿Alguna entrada forzada? Ya sea en la iglesia o aquí en los dormitorios.

−No, señor. Nunca. No tenemos nada de valor.

Hunter asintió:

−¿Qué sucedió a continuación?

−No sabía qué hacer. Sabía que no había modo de que pudiera tener la iglesia lista y limpia para la misa de las seis treinta. Cuando llegué al otro lado del altar lo vi, en el suelo junto al confesionario. Entré en pánico. Pensé que era el diablo.

−¿El diablo? −Hunter arqueó las cejas.

Hermano estaba llorando otra vez:

−El hombre con cabeza de perro todo cubierto en sangre. Parecía el diablo. Pero era el padre Fabian.

−¿Cómo lo reconociste? −preguntó García.

−El anillo.

−¿Qué anillo?

−El anillo grande de oro en la mano izquierda con la imagen de San Jorge matando al dragón −dijo Hunter, alzando la mano y separando el dedo anular.

Garcia se mordió el labio inferior, a medias molesto por no haber notado el anillo allá en la iglesia.

−Así es, señor −dijo Hermano, impresionado−. El padre Fabian nunca se lo quitaba. Un regalo de su abuela, me contó. Cuando vi el anillo supe que era él. Era el padre Fabian. −Hermano se puso a llorar, enterrando la cabeza entre las manos. Sus sollozos eran los suficientemente violentos como para hacer que el cuerpo se le sacudiera cada pocos segundos.

Diez

La pena y el silencio son compañeros perfectos. Hunter lo entendía muy bien. Había estado demasiadas veces junto a personas que estaban sufriendo el shock de encontrarse con un cuerpo muerto. Las palabras, por más tranquilizadoras que fueran, muy pocas veces hacían la diferencia. Le ofreció al monaguillo un nuevo pañuelo de papel y esperó a que se secara las lágrimas. Cuando giró para mirar a Hunter, tenía los ojos rojo cereza.

−No entiendo, señor. ¿Quién le haría algo así al padre Fabian? Nunca le hizo daño a nadie. Siempre estaba dispuesto a ayudar. Sin importar a quién. Sin importar cuándo. Si alguien lo necesitaba, él estaría allí.

Hunter mantuvo su voz serena y regular:

−Hermano, pareces un muchacho inteligente y no te mentiré. Ahora mismo no tenemos las respuestas, pero te prometo que haremos todo para encontrarlas. Si no tienes ningún problema, aún precisamos hacerte unas pocas preguntas más.

Hermano se sonó la nariz con el pañuelo de papel y asintió nerviosamente.

Hunter sacó un bolígrafo y una pequeña libreta negra del bolsillo de la chaqueta:

−¿Cuándo viste al padre Fabian por última vez?

−Anoche, señor, justo antes de que comenzaran las confesiones.

−¿Y a qué hora comenzaron?

−A las nueve menos cuarto.

−¿Tan tarde? −intervino Garcia.

−Por lo general las confesiones se realizan por las tardes, desde las cuatro hasta las cinco −explicó Hermano−. Pero en las semanas antes de Navidad vienen muchas más personas. Las sesiones vespertinas no son suficientes para toda la gente que viene. El padre Fabian hace una segunda sesión alrededor de una hora antes del cierre.

Hunter anotó algo en la libreta.

−Después de irme de la iglesia regresé a mi cuarto, recé y me acosté. Me levanté ayer a las cuatro y media.

−¿Oíste algo, lo que sea, luego de acostarte? −los ojos de Hunter recorrieron la habitación.

−No, señor, nada.

A Hunter no le sorprendió que Hermano no hubiera oído nada. Su cuarto estaba en un pequeño edificio aparte detrás de la iglesia. A través de puertas cerradas y paredes gruesas, a menos que el asesino hubiese transmitido el ataque con altavoces, no se habría oído nada.

−Asumo que el dormitorio del padre Fabian está al final del pasillo. ¿La puerta siguiente? −preguntó Hunter con un ligero movimiento de cabeza.

−Sí, señor. −Hermano masajeó sus párpados cerrados asintiendo despacio. Una nueva lágrima rodó hasta la punta de su nariz roja e hinchada.

Hunter le dio algunos segundos antes de proseguir:

−¿Notaste si el padre Fabian se comportó de manera distinta en los últimos días? Algo, ¿quizás más agitado o nervioso?

Hermano inspiró hondo por la nariz:

−No estaba durmiendo bien. A veces lo oía en su dormitorio en las primeras horas del día, rezando.

Hunter se recostó en la cama y utilizó su bolígrafo para alzar el borde inferior de la pesada cortina:

−Dijiste que tú limpias la iglesia, ¿correcto? ¿También limpias este edificio, incluyendo el dormitorio del padre Fabian?

−Su dormitorio no, señor. −Negó con la cabeza−. El padre Fabian era un hombre muy reservado. Su puerta estaba siempre cerrada con llave. Lo limpiaba él mismo.

A Hunter eso le pareció extraño:

−¿Sabes cómo podríamos acceder a su habitación?

Un tímido movimiento de cabeza:

−El padre Fabian era el único que tenía la llave.

Hunter cerró su libreta y la volvió a colocar en el bolsillo. Mientras se ponía de pie, sus ojos examinaron rápidamente los dibujos religiosos que colgaban en las paredes.

−¿Sabes cuál era su verdadero nombre? −preguntó mientras Hermano se encaminaba hacia la puerta.

Garcia le echó a Hunter una mirada inquisitiva.

Hermano giró para quedar de frente hacia los dos detectives:

−Su verdadero nombre era Brett.

Garcia frunció el ceño:

−¿Y de dónde venía el nombre Fabian?

−San Fabian −contestó Hunter, haciendo un gesto con la cabeza hacia uno de los dibujos religiosos: un hombre vestido todo de blanco con una paloma blanca sobre su hombro derecho.

−Exacto −comentó Hermano−. ¿Sabían que antes de convertirse en santo fue elegido papa y... −Se quedó inmóvil, dándose cuenta de algo de repente. Sus ojos se abrieron−. ¡Dios mío!

−¿Qué? −preguntó Garcia, sorprendido. Su mirada se movió de un lado a otro entre el muchacho y Hunter.

−San Fabian −dijo Hermano con un hilo de voz.

−¿Qué hay con él?

−Así fue como murió. Fue decapitado.

Once

Hunter regresó a la iglesia luego de dejar a Hermano. Brindle había encontrado la llave de la habitación del padre Fabian en el bolsillo derecho de la sotana. No era eso lo que buscaba el asesino.

La habitación del cura era más grande que la del monaguillo pero igual de sencilla. Otra biblioteca con libros de tapa dura, un viejo escritorio y una cama pequeña. En el rincón del fondo había un altar privado saturado de figuras religiosas. En el lado opuesto de la habitación había un armario pequeño. El lugar estaba inmaculadamente limpio, pero en el aire flotaba un viejo olor a humedad. La cama estaba perfectamente tendida. Nadie había dormido allí anoche.

En el clóset del padre Fabian encontraron ropa de trabajo, algunas camisas de manga larga, pantalones vaqueros, un traje a rayas azul oscuro y zapatos gastados.

−Esta habitación huele como la casa de mi abuelo allá en Brasil −comentó Garcia, revisando el escritorio mientras Hunter inspeccionaba despacio los libros de la biblioteca.

−Hermano estaba en lo cierto −dijo Garcia, alzando su mano derecha enfundada en un guante de látex para mostrar un pasaporte−. El verdadero nombre de nuestro cura era Brett Stewart Nichols. Nacido el 25 de abril de 1965 aquí en Los Ángeles. No me sorprende que se haya cambiado el nombre. Padre Brett no suena bien, ¿no es así?

−¿Algún sello en el pasaporte? −preguntó Hunter con interés.

Garcia hojeó las primeras páginas:

−Solo uno. Italia, hace tres años.

Hunter asintió:

−¿Alguna otra cosa en los cajones?

Garcia hurgó un poco más:

−Algunas notas, tarjetas de san Jorge, bolígrafos, lápices, una goma y... un recorte de diario.

−¿Sobre qué?

−Sobre el padre Fabian.

Hunter se le unió a García para echarle un vistazo al recorte. El artículo era de hacía once meses y lo habían extraído del LA Daily News. En lo alto había una fotografía de un cura de aspecto amable rodeado de niños sonrientes. El titular decía EL CURA DE COMPTON - EL VERDADERO PAPÁ NOEL. El resto del artículo explicaba que el padre Fabian había hecho uso de su propia paga para hacer sonreír a niños sin hogar de seis orfanatos distintos llevándoles regalos.

−Suena a que era un buen hombre −comentó Hunter, regresando a la biblioteca.

Garcia asintió con un pequeño gesto y devolvió el recorte de diario al cajón:

−Supongo que después de todo esta noche para nosotros no será una gran fiesta −dijo, observando ahora las estatuillas del pequeño altar.

La despedida del capitán Bolter estaba programada para las cinco de la tarde en el Redwood Bar & Grill.

−Supongo que no. −Poniéndose de cuclillas, Hunter retiró del estante más bajo un volumen encuadernado en cuero y hojeó unas páginas antes de devolverlo a la biblioteca y repetir el procedimiento con el siguiente libro.

Y con el siguiente.

Y con el siguiente.

Estaban todos escritos a mano.

−¿Qué has encontrado? −preguntó Garcia, percibiendo el interés de Hunter al verlo leer algunas páginas.

−Una gran cantidad de diarios, o algo así −respondió Hunter, poniéndose otra vez de pie. Pasó las páginas de vuelta hasta la primera y luego otra vez todas hasta la última−. Hay aquí exactamente doscientas páginas. −Hojeó un poco más−. Y están todas escritas de arriba abajo.

Garcia se le unió a Hunter junto a la biblioteca, girando su cuerpo para obtener una mejor perspectiva del estante más bajo:

−Hay más de treinta y cinco libros. Si cada página es la entrada de un día, ¿ha estado documentando su vida durante cuánto tiempo?

−Más de veinte años −dijo Hunter, abriendo el libro que tenía en la mano−. Sus días, sus pensamientos, sus dudas. Están todos aquí anotados. Escucha esto −dijo, girándose hacia Garcia:

Hoy recé con gran tristeza. Recé por una mujer: Rosa Perez. Había estado viniendo a esta iglesia durante los últimos cinco años. Había estado rezando por una sola cosa. Por ser capaz de dar a luz. Su vientre había sido severamente dañado luego de haber sido abusada sexualmente por cuatro hombres hace casi ocho años. Sucedió a solo una manzana de aquí. Entonces tenía dieciséis años. Rosa se casó tres años después del abuso. Ella y su marido, Antonio, han estado buscando un bebé desde entonces, y el año pasado sus plegarias fueron finalmente atendidas. Quedó embarazada. Nunca he visto a nadie tan feliz en toda mi vida. Hace dos meses dio a luz a un bebé varón, Miguel Perez, pero hubo complicaciones. El bebé no nació saludable. Luchó valientemente durante diez días, pero sus pulmones y su corazón eran demasiado débiles. Murió diez días después del nacimiento.

Rosa regresó a esta iglesia solo una vez luego de dejar el hospital. Trajo consigo una sola pregunta: ¿POR QUÉ?

Lo vi en sus ojos. Ya no creía. Su fe había muerto con su hijo.

Hoy −sola− se quitó la vida en un pequeño apartamento en la calle East Hatchway. Temo ahora por la salud mental de Antonio. Y aunque mi fe es indiscutible, anhelo conocer la respuesta a la pregunta de Rosa. ¿POR QUÉ, Señor? ¿Por qué das solo para quitar?

Hunter miró a Garcia.

−¿Cuándo fue eso?

−No hay fechas −confirmó Hunter.

Garcia negó con la cabeza al mismo tiempo que se pellizcaba la nariz:

−Es una historia triste. Parece que incluso los curas cuestionan su fe de vez en cuando.

Hunter cerró el diario y lo colocó otra vez en la biblioteca:

−Si el padre Fabian temía por su vida, o si algo le estaba molestando últimamente, estará en uno de estos libros.

García exhaló con fuerza:

−Necesitaremos personal extra para leerlos todos.

−Quizás −dijo Hunter, recuperando el primer diario del lado derecho−. Espero que el padre Fabian fuera un hombre organizado. Si es así, los diarios deberían estar en orden. Si algo le estaba molestando “últimamente”, estará en el más reciente.

Doce

Para el momento en que Hunter llegó, la fiesta estaba en su apogeo. Todos estaban allí. Desde el jefe de policía hasta el recadero de la División de Robos y Homicidios. Se esperaba que incluso apareciera el alcalde. No era nada sorprendente dado que William Bolter había sido el capitán de la División de Robos y Homicidios durante los últimos dieciocho años. La mayor parte de los detectives de la división nunca habían estado bajo las órdenes de otro capitán. Todos le debían uno o dos favores al capitán Bolter; todos, incluido Robert Hunter.

El Redwood Bar & Grill estaba atestado de personal de las fuerzas de seguridad. Los que estaban de servicio tenían sus beepers firmemente prendidos a sus cinturones. Los que no estaban de servicio tenían botellas de cerveza y whiskys en las manos.

Hunter y Garcia habían pasado todo el día en la iglesia católica de los Siete Santos y en ese vecindario. Pero del puerta a puerta no había surgido nada más que personas asustadas y angustiadas. La mente de Hunter estaba rebalsada de preguntas, y sabía que las respuestas llevarían tiempo.

−Créase o no, detrás de la barra tienen una botella de Macallan diez años −dijo Garcia, acercándose a Hunter con dos vasos de whisky llenos por la mitad.

El whisky escocés puro de malta era la mayor pasión de Hunter. Pero al contrario de la mayoría de las personas, sabía apreciarlo en vez de solo usarlo para embriagarse.

−A la salud del capitán Bolter. −Alzó el vaso. Garcia hizo otro tanto−. ¿Dónde está Anna? −preguntó Hunter, mirando alrededor.

Anna Preston había sido la novia de Garcia durante el colegio secundario y se habían casado apenas después de graduarse.

−Está en la barra conversando con algunas de las otras esposas. −Garcia hizo un gesto gracioso con el rostro−. No nos quedaremos mucho.

−Yo tampoco −coincidió Hunter.

−¿Vas a regresar a la iglesia?

−Roberrrrrt −interrumpió el detective Kyle Byrne, tomando a Hunter del brazo y alzando la botella de Bud que tenía en la mano−. Un brrrindis por el capitán Bolterrr.

Hunter sonrió e hizo chocar su vaso contra la botella de Kyle.

−¿Adónde vas? −preguntó Kyle cuando Hunter comenzó a dirigirse hacia la barra−. Bebe un trrraggo con nossotros −masculló, señalando una mesa en la que había un puñado de detectives bebiendo. Todos parecían estropeados.

Hunter les hizo un gesto con la cabeza a todos los que estaban en la mesa:

−Regresaré en un minuto, Kyle. Simplemente tengo que saludar a un par de personas, pero Carlos se puede quedar con vosotros por un rato. −Palmeó a Garcia en la espalda, que le echó una mirada como diciendo “no acabas de hacerme eso a mí, ¿no?”.

−Carlosss. Ven y tómate un trrrago. −Kyle arrastró a Garcia hacia la mesa.

Una mano firme tomó a Hunter del hombro antes de que llegara a la barra. Se volvió dispuesto para brindar otra vez.

−Así que finalmente has decidido aparecer.

El capitán Bolter era un hombre de aspecto imponente. Alto y con la contextura de un rinoceronte. A pesar de estar cerca de los setenta años, aún tenía la cabeza toda cubierta de cabello plateado. Su abundante bigote había sido su marca registrada durante los últimos veinte años. Su figura amenazadora exigía respeto.

−Capitán −contestó Hunter con una sonrisa alegre−. ¿Realmente pensó que no vendría?

El capitán Bolter colocó su brazo derecho alrededor de los hombros de Hunter:

−Vayamos a afuera, ¿te parece? No puedo soportar brindar otra vez por mí.

Trece

El cielo despejado hacía que la noche se sintiera aún más fría. Hunter subió el cierre de su chaqueta de cuero mientras el capitán Bolter sacaba un cigarro Felipe Power del bolsillo de su chaqueta.

−¿Quieres uno? −le ofreció.

−No, gracias.

−Vamos, es mi despedida. Deberías probar uno.

−Me quedo con el escocés. −Hunter alzó el vaso−. Esas cosas me marean.

−Suenas como una niñita.

Hunter rio:

−Una niña que te dio una paliza en el campo de tiro.

El capitán Bolter se volvió para reírse:

−Sabes que el viernes te dejé vencer, ¿no?

−Por supuesto que fue así.

−Acepto uno de esos.

Hunter y el capitán se voltearon para mirar al hombre que estaba detrás de ellos. Apenas pasados los sesenta años, el doctor Jonathan Winston, el jefe de Medicina Forense de Los Ángeles, estaba vestido con un traje italiano oscuro de aspecto caro con una camisa blanca y una corbata azul conservadora.

−¡Jonathan! −dijo el capitán Bolter, sacando ya otro cigarro y alcanzándoselo al doctor.

−Parece como si recién vinieras de la iglesia, doc −dijo Hunter con una sonrisa.

El doctor Winston encendió el cigarro, le dio una larga calada y sopló lento el humo:

−Por lo que he oído, tú también.

La sonrisa de Hunter se desvaneció deprisa.

−He oído lo de esta mañana −dijo el capitán en un tono más sombrío−. Por la expresión de tu rostro, veo que no crees que haya sido un asesinato al azar, ¿no es así?

Robert negó con la cabeza.

−¿Odio religioso?

−Aún no lo sabemos, capitán. Hay algunas pistas que apuntan a motivos religiosos, o a un psicópata religioso, pero es demasiado pronto para saber.

−¿Qué es lo que tienen?

−A esta altura lo único que sabemos con seguridad es que el asesino fue extremadamente despiadado, probablemente ritualista.

En la milésima de segundo que Hunter dudó el capitán Bolter tomó la posta:

−Vamos, Robert, te conozco. Hay algo más que te está molestando.

Hunter bebió un sorbo de whisky y tomó aire rápidamente:

−Hablaron.

−¿Quiénes hablaron? ¿El cura y el asesino?

Hunter asintió.

−¿Cómo lo sabes? −preguntó el doctor.

−El cadáver fue hallado a pocos metros del confesionario. Ambas puertas estaban abiertas y también la pequeña ventana de la división que separa los dos pequeños cubículos. −Hizo una pequeña pausa−. En la iglesia católica cuando la persona que se confiesa termina de confesar sus pecados y se le da su penitencia, el cura siempre cierra la ventana de la división. Algo que es como un símbolo de que la puerta se ha cerrado para esos pecados y la persona ha sido perdonada.

−¿Eres católico? −preguntó el doctor Winston.

−No, simplemente leo mucho.

El capitán Bolter pasó el cigarro a la comisura derecha de su boca:

−Por lo que tú crees que el asesino se confesó antes de... −Negó con la cabeza, dándole a Hunter la posibilidad de completar la frase.

−Arrastrar al cura fuera del cubículo y decapitarlo.

El capitán cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y dejó salir un suspiro lento y sentido:

−Perdóname, padre, porque te arrancaré la cabeza.

−Algo así.

−Todos sabemos lo que eso significa −dijo el doctor, dándole otra calada al cigarro.

−Que esto es solo el comienzo −dijo el capitán Bolter−. Y si no capturamos pronto a este asesino, se cobrará otra víctima.

Catorce

El viento había arreciado, y el doctor Winston tiró de las solapas del blazer azul para ajustarlo más alrededor del cuello antes de alzarle una ceja inquisidora al capitán:

−¿Nosotros?

−Tiene razón, capitán. −Hunter sonrió−. A partir de esta medianoche, eres un hombre jubilado. Ya no tienes que preocuparte más.

−Tu trabajo aquí ya terminó, hijo mío −dijo el doctor Winston con un tono de voz grave, semejante al de Darth Vader.

−Se debe sentir bien, ¿no es así?

El capitán le sonrió a Hunter de manera poco convincente:

−La costumbre, supongo. Le he entregado cincuenta años de mi vida a las agencias de las fuerzas de seguridad en esta ciudad. No es algo de lo que me pueda deshacer de la noche a la mañana. Pero lo conseguiré.

Hunter vio a través del rostro valiente del capitán. Se sentía triste por estar retirándose.

−¿Qué vas a hacer con tu vida ahora que ya no te tienes que preocupar por apresar criminales? −preguntó el doctor Winston.

−Beth se quiere mudar.

−¿De veras? ¿Adónde?

−Algún lugar lejos de aquí. Ya ha tenido bastante de esta ciudad y no la culpo. Los Ángeles se ha vuelto muy violenta.

−Puedo dar fe de eso −coincidió el doctor Winston−. A medida que pasan los años, lo que vemos en la morgue se vuelve cada vez más espantoso y sádico. Es como si ya no hubiera ningún respeto por la vida. Y los números van en aumento. Apenas si podemos mantenernos al día con el trabajo diario.

Hunter vio rápidamente la necesidad de cambiar de tema:

−Quizá no extrañe Los Ángeles. −Se volteó hacia el capitán Bolter−. Pero yo sé que nos va a extrañar a nosotros.

−Eso es lo último que voy a extrañar −contestó, dándole una calada al cigarro.

Se rieron los tres.

−Al menos el nuevo capitán es mucho más apuesto que yo.

−Eso no sería difícil −bromeó Hunter−. Entonces, ¿vas a terminar finalmente con todo este maldito misterio acerca de quién es el nuevo capitán?

−¿Aún no lo saben? −preguntó el doctor Winston, mordiéndose el labio superior.

−¿Tú sí? −preguntó Hunter, sorprendido.

−Ajá.

Hunter le clavó al capitán Bolter una mirada penetrante como la de un halcón.

−No me mires con esa mirada de ama de casa cabreada −dijo burlonamente el capitán Bolter−. Tengo suficiente de eso en casa, además de que quería que fuera una sorpresa. −Su sonrisa hizo que Hunter entrecerrara los ojos con una nueva preocupación.

−Oh, ella los va a sorprender sin ninguna duda −dijo riendo el doctor Winston.

−¿Ella? −Hunter miró de un hombre al otro.

El capitán Bolter mantuvo el suspenso antes de admitir:

−Se llama Barbara Blake.

−Es una broma, ¿no? −Hunter se reclinó contra la pared.

−¿Por qué? ¿Porque es una mujer? −preguntó el capitán frunciendo el ceño.

−No, porque se llama Barbara. ¿Me estás diciendo que de aquí en adelante la División de Robos y Homicidios tendrá a la capitana Barbie?

−Ooh, nunca le digas Barbie. −El doctor Winston negó con la cabeza.

−Definitivamente no lo hagas −agregó el capitán Bolter−. A no ser que estés cansado de tus pelotas. No dejes que te engañe el hecho de que sea mujer, Robert. Es una gran capitana y una perra despiadada cuando le toca serlo. Lo ha demostrado muchas veces. Fuimos compañeros durante dos años antes de que ella pidiera ser transferida a Sacramento.

Hunter detectó una tristeza en la voz del capitán:

−¿Solo compañeros laborales? −preguntó mientras le daba el último sorbo a su whisky puro de malta.

−Ni se te ocurra psicoanalizarme, Robert. Ya no. −El capitán Bolter negó con la cabeza y señaló a Hunter con el cigarro.

−Jamás lo haría.

−Aquí estás, capitán. −El teniente Sheldon apareció en la puerta−. Te están llamando. Llegó el momento del discurso. Y todos queremos saber quién quedará a cargo. Se acabó el suspenso.

−Supongo que no.

Hunter no entró con ellos al bar.

Quince

El edificio principal del Departamento Forense del Condado de Los Ángeles está ubicado en el 1104 de North Mission Road. El edificio es una espectacular obra arquitectónica con toques renacentistas. Postes de luz de estilo antiguo flanquean la extravagante escalinata de entrada. Ladrillos terracota y dinteles gris claro conforman la fachada del amplio hospital convertido en morgue. Por su aspecto todo el edificio podría haber formado parte de una prestigiosa facultad de Oxford.

A los estudiantes de criminalística Nelson Fenton y Jamaal Jackson aún les quedaba una hora antes de terminar su turno de noche. A pesar de que su trabajo era de media jornada y relativamente simple, requería un estómago muy fuerte. Como técnicos forenses del Departamento Forense del Condado de Los Ángeles, se esperaba de ellos que transportaran, desvistieran, fotografiaran, limpiaran y prepararan cadáveres para las autopsias.

−¿Cuántos cadáveres más tenemos en la lista? −preguntó Jamaal, retirándose de la boca la mascarilla quirúrgica y dejándola colgar suelta alrededor del cuello. Recién terminaban de preparar el cadáver de un hombre de sesenta y cinco años que había sido apuñalado cincuenta y dos veces por su propio hijo.

−Dos. −Nelson señaló las dos bolsas de polietileno negras para transportar cadáveres sobre las mesas de acero al fondo de la sala.

−Pongámonos manos a la obra con eso, pues.

Primero tenían que desvestir los cadáveres antes de limpiarlos con la manguera como preparación para la autopsia. Mientras Jamaal ajustaba la correa de su mascarilla quirúrgica, Nelson se aproximó a la más grande de las dos bolsas para transportar cadáveres y le descorrió el cierre.

−¡Mierda! −dijo Nelson, llevándose ambas manos a la boca y dando un paso hacia atrás.

−¿Qué sucede?

−Mira esto.

Jamaal miró la bolsa abierta:

−Qué carajo. −Puso en el rostro una expresión como si hubiera probado algo amargo−. No tiene cabeza.

Nelson asintió:

−Pero mira cómo está vestido.

Solo entonces Jamaal notó la sotana de cura.

−Hombre, eso es malo. ¿Quién demonios le haría esto a un cura?

−Alguien muy enojado −dijo Nelson, acercándose una vez más.

−Yo no soy católico ni nada, pero esto es simplemente... −Jamaal negó con la cabeza sin terminar la frase−. Esta ciudad está arruinada. Violencia por todos lados.

−El mundo entero está arruinado, tío. Terminemos con esto y vayámonos de aquí. Ya he tenido demasiado por hoy.

−Ya lo creo.

Desabotonaron la sotana, la abrieron y se quedaron inmóviles.

−¡Hostias! −susurró Nelson.

−Mejor llamemos al doctor Winston. Ahora mismo.

Dieciséis

El insomnio es un trastorno impredecible y afecta a las personas de maneras distintas. Puede comenzar antes de que te vayas a acostar o puede torturarte, permitiéndote dormirte durante más o menos una hora antes de aproximarse muy despacio y mantenerte despierto por el resto de la noche. En Estados Unidos, una de cada cinco personas sufre de insomnio.

Después de haber pasado la mayor parte de la noche haciendo búsquedas en internet, Hunter consiguió dormir tan solo un par de horas antes de que su cerebro volviera a estar del todo despierto. Las imágenes de la iglesia y del padre Fabian se proyectaban sobre el fondo de su mente como una película atascada en un bucle atormentador. Para desconectarse, Hunter llegó al gimnasio a las 4:00 a.m.

A las 6:00 a.m., después de un entrenamiento duro y una ducha caliente, Hunter miraba por la ventana de su pequeño monoambiente en Los Ángeles sur. Estaba intentando organizar sus pensamientos cuando sonó su teléfono.

−Detective Hunter.

−Robert, habla Jonathan Winston.

Hunter miró su reloj:

−¿Qué sucede, doc? ¿No puedes dormir?

−A mi edad raramente duermo después de las cinco de la mañana, de todos modos, pero no estoy llamando para conversar sobre mis hábitos de sueño.

El tono sombrío en la voz del doctor Winston borró la sonrisa que Hunter tenía en el rostro:

−¿Qué ocurre?

−Bueno, más vale que busques a tu compañero y vengáis para aquí. Necesito que veáis algo antes de comenzar con la autopsia del cura decapitado.

−¿Antes de que empecéis con el examen? −inquirió Hunter de manera escéptica.

−Exacto.

−¿Estás en el Departamento Forense?

−Sí.

−Llamaré a Carlos. Estaremos allí en media hora, doc.