La figura en el tapiz - Henry James - ebook
Kategoria: Humanistyka Język: hiszpański Rok wydania: 1896

La figura en el tapiz darmowy ebook

Henry James

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Opinie o ebooku La figura en el tapiz - Henry James

Fragment ebooka La figura en el tapiz - Henry James

Acerca
1.

Acerca James:

Henry James, son of theologian Henry James Sr. and brother of the philosopher and psychologist William James and diarist Alice James, was an American-born author and literary critic of the late 19th and early 20th centuries. He spent much of his life in Europe and became a British subject shortly before his death. He is primarily known for novels, novellas and short stories based on themes of consciousness and morality. James significantly contributed to the criticism of fiction, particularly in his insistence that writers be allowed the greatest freedom possible in presenting their view of the world. His imaginative use of point of view, interior monologue and possibly unreliable narrators in his own novels and tales brought a new depth and interest to narrative fiction. An extraordinarily productive writer, he published substantive books of travel writing, biography, autobiography and visual arts criticism. Source: Wikipedia

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1.

He hecho unas pocas cosas y ganado un poco de dinero. Quizás incluso haya tenido tiempo para empezar a pensar que soy mejor de lo que podrían sugerir los beneficios que recibo, pero cuando estimo el alcance de mi pequena carrera (un hábito apresurado, pues de ninguna manera ha terminado) sitúo mi verdadero punto de partida en la noche en que George Corvick, sin aliento y afligido, vino a pedirme un favor. El había hecho más cosas que yo, y ganado más dinero, aunque había oportunidades para la inteligencia que, según mi opinión, a veces desaprovechaba.

No obstante, esa noche sólo pude decirle que nunca perdía una oportunidad de mostrar su bondad. Casi entré en estado de éxtasis al proponerle que preparase para The Middle, el órgano de nuestras lucubraciones, llamado así por la ubicación en la semana de su día de aparición, un artículo por el cual se había hecho responsable y cuyo material, atado con un grueso hilo, dejó sobre mi mesa. Me abalancé sobre mi oportunidad; es decir, sobre el primer volumen de ella, prestando escasa atención a las explicaciones de mi amigo sobre su pedido. ?Qué explicación podía ser más adecuada que mi obvia idoneidad para la tarea? Había escrito sobre Hugh Vereker, pero ni una palabra en The Middle, donde sobre todo me ocupaba de las damas y los poetas menores. Esta era la nueva novela de Hugh Vereker, las pruebas de página de un ejemplar que todavía no había salido, y significara eso mucho o poco para la reputación de su autor, inmediatamente me resultó claro cuánto significaría para la mía. Además, si siempre había leído todo lo que había podido conseguir de Vereker, ahora tenía una razón particular para desear hacerlo: acababa de aceptar una invitación a Bridges para el domingo siguiente, y en la nota de lady Jame se mencionaba que el senor Vereker iba a estar allí. Era lo bastante joven como para sentirme inquieto ante perspectiva de encontrarme con un personaje de su renombre, y lo bastante ingenuo como para creer que la ocasión me exigiría manifestar familiaridad con su "última",

Corvick, que había prometido hacer una resena del libro, ni siquiera había tenido tiempo de leerlo. Estaba desesperado a consecuencia de los hechos que -según me dijo en

una reflexión precipitada- le exigían viajar esa misma noche a París. Había recibido un telegrama de Gwendolen Erme en respuesta a la carta en la que le ofrecía volar en su ayuda. Yo sabía algo acerca de Gwendolen Erme; nunca la había visto, pero tenía mis ideas, las que me decían en primer lugar que Corvick se casaría con Gwendolen apenas se muriera la madre de ésta. Esta dama parecía encontrarse en una buena situación para darle el gusto a Corvick; tras algún terrible error respecto de un clima o una "cura" de pronto había tenido una caída mientras volvía del exterior. Su hija, sin apoyo y alarmada, deseando precipitarse a Inglaterra, pero vacilando también, había aceptado la ayuda de nuestro amigo. Mi secreta creencia era que, al verlo, la senora Erme se recobraría. A su propia creencia difícilmente podría llamársela secreta. En cualquier caso, difería claramente de la mía. Me había mostrado la fotografía de Gwendolen observando que no era bella, pero sí sumamente interesante; a los diecinueve anos había publicado una novela en tres volúmenes, "Profundamente", respecto de la cual, en The Middle, Corvick se había mostrado realmente espléndido. El apreciaba mi interés de ese momento, y se había ocupado de que el periódico no hiciera menos. Finalmente, con la mano sobre la puerta, me dijo:

-Por supuesto, estarás muy bien, ya sabes.- Y viendo que yo me mostraba un poco vago, agregó: -Quiero decir que no serás tonto.

-!Tonto… acerca de Vereker! ?Acaso alguna vez no lo encontré sumamente inteligente?

-Bueno, ?qué es eso sino tonto? ?Qué significa en la tierra "terriblemente inteligente"? Por Dios, trata de dar en él. No me perjudiques por nuestro arreglo. Habla de él, ya sabes, si puedes, como yo hubiera hablado.

Quedé sorprendido por un instante.

-?Quieres decir "con mucho el mejor de todos"… , esa clase de cosas?

Corvick casi gimió.

-Oh, bien sabes que no los pongo espalda contra espalda de esa manera; !esa es la infancia del arte! Pero Vereker me da un placer tan extrano; el sentimiento de… -meditó un momento- alguna cosa.

Me había desconcertado una vez más.

-?El sentimiento de qué?

-!Querido, eso es precisamente lo que quiero que tú digas!

Aún antes de que hubiera cerrado la puerta, yo había empezado, libro en mano, a prepararme para decirlo. Permanecí sentado con Vereker la mitad de la noche; Corvick no podría haber hecho más que eso. El era terriblemente inteligente… me aferré a eso, pero no era, en absoluto, el más grande de todos. No aludí a todos, de cualquier modo; me elogié diciéndome que, en este caso, salía de la infancia del arte.

-Está muy bien -declararon entusiastamente en la redacción, y cuando apareció el número sentí que el artículo era una buena base para encontrarme con el gran hombre. Ello me dio confianza por un día o dos… , luego la confianza desapareció. Lo había imaginado leyendo el artículo con deleite, pero ?si Corvick no estaba satisfecho, cómo podía estarlo el propio Vereker? Por supuesto reflexioné que el entusiasmo del admirador era a veces aún más grosero que el apetito del escriba. De cualquier manera, Corvick me escribió desde París algo malhumorado. La senora Erme mejoraba, y yo no había expresado para nada el sentimiento que Vereker despertaba en él.