David Copperfield - Charles Dickens - ebook
Kategoria: Dla dzieci i młodzieży Język: hiszpański Rok wydania: 1850

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Charles Dickens

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Opis ebooka David Copperfield - Charles Dickens

David Copperfield es una novela escrita por Charles Dickens y publicada por primera vez en 1850. Al igual que el resto de sus obras (a excepción de cinco de ellas), esta novela fue publicada en capítulos mensuales. Muchos elementos de la novela hacen referencia a la propia vida de Dickens, siendo probablemente la más autobiográfica de todas sus obras. Así también, el mismo Dickens senaló en un prólogo de la novela "de todos mis libros, éste es el que más me gusta", y luego "como muchos padres, tengo un hijo preferido, un hijo que es mi debilidad; este hijo se llama David Copperfield".

Opinie o ebooku David Copperfield - Charles Dickens

Fragment ebooka David Copperfield - Charles Dickens

Acerca
Prefacio
Parte 1
Capítulo 1 - Nazco
Capítulo 2 - Observo
Capítulo 3 - Un cambio
Capítulo 4 - Caigo en desgracia
Capítulo 5 - Me alejan del hogar

Acerca Dickens:

Charles John Huffam Dickens pen-name "Boz", was the foremost English novelist of the Victorian era, as well as a vigorous social campaigner. Considered one of the English language's greatest writers, he was acclaimed for his rich storytelling and memorable characters, and achieved massive worldwide popularity in his lifetime. Later critics, beginning with George Gissing and G. K. Chesterton, championed his mastery of prose, his endless invention of memorable characters and his powerful social sensibilities. Yet he has also received criticism from writers such as George Henry Lewes, Henry James, and Virginia Woolf, who list sentimentality, implausible occurrence and grotesque characters as faults in his oeuvre. The popularity of Dickens' novels and short stories has meant that none have ever gone out of print. Dickens wrote serialised novels, which was the usual format for fiction at the time, and each new part of his stories would be eagerly anticipated by the reading public. Source: Wikipedia

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Prefacio

Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere. Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de tantos companeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con confidencias personales y emociones íntimas.

Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he tratado de decirlo en ella.

Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza con que se abandona la pluma al terminar una labor creadora de dos anos, ni la emoción que siente el autor al enviar a ese mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se separan de él para siempre.

A pesar de todo, no tengo nada más que decir aquí, a menos de confesar (lo que sería todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie, al leer esta historia, podrá parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escribirla.

Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al porvenir. No puedo cerrar estos volúmenes de un modo más agradable para mí que lanzando una mirada llena de esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales, y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas páginas de DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.



Capítulo 1 Nazco

Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para dar comienzo a mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí varios meses antes de que pudiéramos conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo nino (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos, al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que pagar. Diez anos más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una senora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como sorprendente, que la senora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los noventa y dos anos de edad.

Tengo entendido que dicha senora, mientras tomaba el té, que era su ocupación favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza de su razonamiento:

-No, no; nada de vagabundear.

Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.

Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un nino póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extrano para mí el hecho de que nunca me llegara a ver; y todavía más extrano es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer encuentro, siendo un nino, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.

Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante, era el magnate de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo que ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella y muy elegante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se sospechaba que pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a propósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una separación amistosa. Él se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio montado en un elefante y acompanado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez anos después, desde la India llegó a su casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera y, comprando una casita muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una solterona, viviendo siempre recluida en un aislamiento inflexible.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muneca», pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte anos. Miss Betsey no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando se casaron, y era de constitución delicada. Un ano después de su boda, y, como ya he dicho, seis meses antes de mi nacimiento, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable (puede excusárseme el llamarlo así) a importante viernes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella época lo que estoy contando, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la evidencia de mis propios sentidos) de lo que sigue.

Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito a quien sólo esperaba un mundo no muy contento de su llegada y algunos proféticos paquetes de alfileres preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso. Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo, muy triste y deprimida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba, cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una senora desconocida que entraba en el jardín.

La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella senora era miss Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.

Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los mortales; y, en efecto, aquella senora, en lugar de dirigirse a la puerta y llamar a la campanilla, se detuvo delante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento completamente blanca y aplastada.

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una silla. Miss Betsey recorrió lentamente la habitación con su mirada, de un modo inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo senas para que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.

-?La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de luto riguroso y en aquel estado.

-Sí, senora -respondió débilmente mi madre.

-Miss Trotwood -dijo la visitante. ?Supongo que habrá oído usted hablar de ella?

Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.

-Pues aquí la tiene usted —dijo miss Betsey.

Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a encender fuego en la sala.

Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos para contenerse, prorrumpió en llanto.

-!Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; !venga!, !venga!

Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.

-Vamos, nina, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.

Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose alrededor de su rostro.

-Pero !Dios mío! —exclamó miss Betsey-. !Si es usted una nina!

Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad temía era ser demasiado nina para verse ya viuda y madre, si es que vivía.

Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pareció sentir que miss Betsey acariciaba sus cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco remangada, los pies en el guardafuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.

-En nombre de Dios —dijo de pronto mi tía-, ?por qué llamarla Rookery?

-?Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.

-?Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si cualquiera de los dos hubierais tenido un poco de sentido práctico la habríais llamado Cookery.

-Es el nombre que eligió míster Copperfield -respondió mi madre-. Cuando compró la casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.

En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que mirar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer inclinados unos segundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos, como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado para siempre el reposo.

Algunos nidos bastante viejos de cuervos se bamboleaban destrozados por la intemperie en sus ramas más altas, como náufragos en un mar tormentoso.

-?Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Betsey.

-?Los que … ?

Mi madre estaba pensando en otra cosa.

-Los cuervos. ?Qué ha sido de ellos? -preguntó mi tía.

-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno -dijo mi madre-. Pensábamos… Míster Copperfield creía… que esto era una gran rookery; pero los nidos son ya muy antiguos y deben de estar abandonados hace mucho tiempo.

-!Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss Betsey-. !David Copperfield de la cabeza a los pies! Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuervo en los alrededores, y cree que ha de haber forzosamente pájaros porque ve nidos.

-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi madre-, y si se atreve usted a hablarme mal de él…

Sospecho que mi pobre madre tuvo por un momento la intención de arrojarse sobre mi tía; pero ni aun estando en mejor estado de salud y con suficiente entrenamiento hubiera podido hacer frente a semejante adversario; así es que después de levantarse se volvió a sentar humildemente y cayó desvanecida.

Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey la hizo volver en sí, encontró a mi tía de pie ante la ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a no ser por el resplandor del fuego no hubieran podido distinguirse una a otra.

-!Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar, como si sólo hubiera estado mirando por casualidad el paisaje-. ?Y cuándo espera usted… ?

-Estoy temblando- balbució mi madre-. No sé qué me pasa; pero estoy segura de que me muero.

-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un poco de té.

-!Oh Dios mío, Dios mío! ?Pero cree usted que eso me aliviará algo? -exclamó mi madre desesperadamente.

-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervioso… Pero ?cómo llama usted a la chica?

-Todavía no sé si será nina -dijo mi madre con inocencia.

-!Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ignorando que repetía la segunda frase inscrita con alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándosela a mi madre en lugar de a mí-. No se trataba de eso. Me refería a su criada.

-Peggotty -dijo mi madre.

-!Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-. ?Querrá usted hacerme creer que un ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?

-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster Copperfield la llamaba así porque como tiene el mismo nombre de pila que yo…

-!Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la puerta- Traiga usted té; su senora no se encuentra bien; conque !a no perder tiempo!

Habiendo dado esta orden con tanta energía como si su autoridad estuviese reconocida en la casa desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse, no sin antes haberse cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al sonido de aquella voz extrana.

-?Decía usted que quizá será nina? -dijo cuando estuvo de nuevo con los pies sobre el guardafuego, la falda un poco remangada y las manos cruzadas encima de las rodillas-. No hay duda, será una nina; tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora bien, hija mía: desde el momento en que nazca esa nina…

-Quizá sea un nino -se tomó la libertad de interrumpir mi madre.

-!Cuando le digo que tengo el presentimiento de que será nina! -insistió miss Betsey-. No me contradiga. Desde el momento en que nazca esa nina quiero ser su amiga. Cuento con ser su madrina y le ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood Copperfield. Y en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Pondremos todos los medios para que nadie se burle de los afectos de la pobre nina. La educaremos muy bien, evitando cuidadosamente que deposite su ingenua confianza en quien no lo merezca. Yo cuidaré de ello.

Al final de cada frase mi tía bajaba la cabeza, como si los recuerdos la persiguieran y el no explayarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al menos así le pareció a mi madre, que la observaba al débil resplandor del fuego, aunque en realidad estaba demasiado asustada, demasiado intimidada y confusa para poder observar nada con claridad ni saber qué decir.

-Y David, ?era bueno con usted, hija mía? -preguntó miss Betsey después de un rato de silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron gradualmente-. ?Erais felices?

-Éramos muy dichosos -dijo mi madre. Era tan bueno conmigo míster Copperfield.

-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss Betsey.

-Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo que sí -sollozó mi madre.

-!Bien! Pero no llore más —dijo mi tía-. No estabais compensados, hija mía. ?Habrá alguna pareja que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era huérfana, ?no es así?

-Sí.

-?Y era institutriz?

-Estaba al cuidado de los ninos en una familia que míster Copperfield visitaba. Y era muy bueno conmigo míster Copperfield: se preocupaba mucho de mí y me demostraba un gran interés. Por último, me pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos -dijo mi madre con sencillez.

-!Pobre nina! -murmuró miss Betsey, que continuaba mirando fijamente el fuego-. ?Y sabe usted hacer algo?

-No sé … . senora -balbució mi madre.

-?Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss Betsey.

-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mucho menos de lo que desearía. Pero míster Copperfield me estaba ensenando…

-!Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un paréntesis.

-Y estoy segura de que hubiera adelantado mucho, pues estaba ansiosa de aprender, y él era un maestro tan paciente… Sin la gran desgracia de su muerte…

Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no pudo seguir.

-Bien, bien -dijo miss Betsey.

-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las noches hacíamos el balance juntos… -continuó mi madre, sollozando desesperadamente.

-Bien, bien -exclamó mi tía-. No llore usted más.

-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto cuando le parecía que mis treses y mis cincos se confundían o que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves -terminó mi madre en una nueva explosión de llanto.

-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo que no será muy beneficioso para usted ni para mi ahijada. !Vamos, no vuelva a empezar!

Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar era creciente. Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas exclamaciones sordas de mi tía, que continuaba calentándose los pies en el guardafuegos.

-David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé -dijo poco a poco, Al morir ?ha hecho algo por usted?

-Míster Copperfield -constestó mi madre titubeando fue tan carinoso y tan bueno conmigo que aseguró parte de esa renta a mi nombre.

-?Cuánto? -preguntó miss Betsey.

-Ciento cincuenta libras al ano -dijo mi madre.

-!Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.

La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba cada vez peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las velas, se dio cuenta de ello al instante (como se hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y la condujo apresuradamente a su habitación del piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham Peggotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días para utilizarle como mensajero especial en caso de urgencia- a buscar al médico y a la comadrona.

Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron sobremanera cuando a su llegada (pocos minutos después uno de otro) se encontraron con una senora desconocida y de aspecto imponente, sentada ante el fuego, con la toca colgando del brazo izquierdo y taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre tampoco decía nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y, cosa curiosa, el hecho de estar sacando aquella cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en los oídos no hacía disminuir en nada lo imponente de su aspecto.

El doctor, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda que había grandes probabilidades de que aquella senora y él tuvieran que permanecer sentados frente a frente durante varias horas, se propuso estar amable y carinoso con ella. Este hombre era el ser más afable de su sexo, el más pequeno y dulce. Se deslizaba de medio lado por las habitaciones para ocupar el menor sitio posible, y andaba con tanta suavidad como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio. Llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de su humildad y en parte por el deseo de agradar a todos. No necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabioso. Todo lo más le murmuraría dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la misma suavidad que andaba y no sabía ser rígido ni impaciente.

Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente a mi tía, con la cabeza siempre inclinada y haciéndole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y tocándose la oreja izquierda:

-?Alguna molestia, senora?

-?Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del oído como si fuera un corcho.

A míster Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad (según contó después a mi madre), tanto que fue milagroso que conservara su presencia de ánimo. Insistió dulcemente.

-?Alguna molestia, senora?

-!Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a taponar el oído.

Después de esto, míster Chillip nada podía hacer y se sentó, y estuvo contemplando tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarle al dormitorio de mi madre. Después de un cuarto de hora de ausencia volvió.

-?Y bien? -dijo mi tía, sacándose el algodón del lado más cercano a míster Chillip.

-Muy bien, senora -respondió el doctor-. Vamos… . vamos… avanzando… despacito, senora.

-!Bah!, !bah!, !bah! -dijo mi tía, interrumpiéndole con desprecio.

Y volvió a taponarse el oído.

Verdaderamente (según contaba después míster Chillip) era para indignarse, y él estaba casi indignado; claro que sólo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba casi indignado. Sin embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando cerca de dos horas, mientras ella continuaba contemplando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo. Cuando después de esta ausencia apareció:

-?Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del mismo lado.

-Muy bien, senora -respondió míster Chillip-. Vamos… , vamos avanzando despacito, senora.

-!Bah!, !bah!, !bah! -interrumpió mi tía con tal desprecio hacia el pobre míster Chillip, que este ya no pudo soportarlo.

Aquello era para hacerle perder la cabeza, según dijo después, y prefirió ir a sentarse solo en la oscuridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire hasta que le llamasen de nuevo.

Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues iba a la escuela nacional y era una verdadera fiera para el catecismo, contó al día siguiente que, habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de aquello, miss Betsey, que recorría la habitación agitadísima, le descubrió al momento y se lanzó sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo el algodón que había metido en sus oídos no debía de estar aislada por completo de los ruidos, pues cuando los pasos y las voces aumentaban en el piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el exceso de su intranquilidad. Le tenía agarrado por el cuello y le obligaba a andar constantemente de arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera tomado algún narcótico), enmaranándole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole con algodón los oídos, confundiéndolos, sin duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda clase de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte confirmado por su tía, que lo vio a las doce y media, cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan rojo como yo en aquel mismo momento.

El apacible míster Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en aquellas circunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un momento libre se deslizó al gabinete y le dijo a mi tía con su amable sonrisa:

-Y bien, senora; soy muy feliz al poder darle la enhorabuena.

-?Por qué? -dijo secamente mi tía.

Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.

-!Dios santo! Pero ?qué le pasa a este hombre? -gritó mi tía con impaciencia-. ?Es que no puede hablar?

-Tranquilícese usted, mí querida senora -dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el menor motivo de inquietud, tranquilícese usted.

Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una manera que le estremeció.

-Pues bien, senora -resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor-. Estoy contento de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, senora, todo ha terminado.

Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar esta frase, mi tía lo contemplaba con curiosidad.

-Y ella ?cómo está? -dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de uno de ellos.

-Bien, senora, y espero que pronto estará completamente restablecida -respondió míster Chillip-. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea, senora; puede que le haga bien.

-Pero ?y ella? ?Cómo está ella? -dijo bruscamente mi tía.

Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo asustado.

-?La nina, que cómo está? -insistió miss Betsey.

-Senora -respondió míster Chillip-, creía que lo sabía usted: es un nino.

Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cintas la lanzó a la cabeza de míster Chillip; después se la encasquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre. Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la superstición popular aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.

No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Betsey Trotwood Copperfield había vuelto para siempre a la región de suenos y sombras, a la terrible región de donde yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera existido.


Capítulo 2 Observo

Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recordar la lejanía de mi primera infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los prefirieran a las manzanas.

Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo, mientras yo voy con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuerdo en mi mente, que se mezcla con los recuerdos actuales, del contacto del dedo que Peggotty me tendía para ayudarme a andar: un dedo acribillado por la aguja y áspero como un rallador.

Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo que la memoria de la mayor parte de los hombres puede conservar una impresión de la infancia más amplia de lo que generalmente se supone; también creo que la capacidad de observación está exageradamente desarrollada en muchos ninos y además es muy exacta. Esto me hace pensar que los hombres que destacan por dicha facultad es, con toda seguridad, porque no la han perdido más que porque la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por lo general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de agradar, que también es herencia procedente de la infancia.

Podrá tachárseme de divagador por detenerme a decir estas cosas, pero ello me obliga a hacer constar que todas estas conclusiones las saco en parte de mi propia experiencia. Así, si alguien piensa que en esta narración me presento como un nino de observación aguda, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, puede estar seguro de que tengo derecho a ambas características.

Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de mis anos infantiles, lo primero que recuerdo, emergiendo por sí mismo de la confusión de las cosas, es a mi madre y a Peggotty. ?,Qué más recuerdo? Veamos.

También sale de la bruma nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En el piso bajo, la cocina de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay un palomar vacío y en un rincón una gran caseta de perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad de pollos, que a mí me parecen gigantescos y que corretean por allí de una manera feroz y amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que cuando yo le observo desde la ventana de la cocina parece mirarme con tanta atención que me hace estremecer: !es tan arrogante! Hay también unas ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cuellos por la reja cuando me acerco. Por la noche sueno con ellas, como podría sonar un hombre que, rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.

Un largo pasillo (!qué enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de Peggotty hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese es un sitio por el que de noche hay que pasar corriendo, porque ?quién sabe lo que puede suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y sólo un quinqué lo alumbra débilmente, dejando salir por la puerta entreabierta olor a jabón, a velas y a café, todo mezclado? Después hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde pasamos todas las tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está siempre con nosotros cuando no hay visita y ha terminado sus quehaceres), y la sala, donde únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se está en ella tan a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza, pues Peggotty me contó (no sé cuándo, pero me parece que hace siglos) que allí habían sido los funerales de mi padre, rodeado de los parientes y amigos, cubiertos todos con mantos negros. Además, un domingo por la noche mi madre nos leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después, cuando ya estaba acostado, tuvieron que sacarme de la cama y ensenarme desde la ventana de mi alcoba el cementerio, completamente tranquilo, con sus muertos durmiendo en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la luna.

No hay nada tan verde en ninguna parte como el musgo de aquel cementerio, nada tan frondoso como sus árboles, nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando por la manana temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja reflejándose en el reloj de sol, pienso: «!Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla que también hoy siga marcando el tiempo.

Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su alto respaldo al lado de una ventana, por la que podemos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento: se conoce que le gusta cerciorarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en ella. Pero aunque los ojos de Peggotty vagabundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo hago lo mismo, y me hace senas de que me esté quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo no puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene puesta esa cosa blanca sí es muy amigo mío, pero allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso que a lo mejor interrumpirá el oficio para preguntarme la causa de ello ?Qué haré, Dios mío?

Bostezar es muy feo, pero ?qué voy a hacer? Miro a mi madre y noto que hace como que no me ve. Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a hacerme muecas. Miro un rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también veo una oveja extraviada (y no quiero decir un pecador, sino un cordero) que está a punto de colarse en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se marche, y ?qué sería de mí entonces? Miro las monumentales inscripciones de las tumbas y trato de pensar en el difunto míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la pena que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte de su marido, después de una larga enfermedad, para la cual la ciencia de los médicos ha sido ineficaz, y me pregunto si habrán consultado también a míster Chillip en vano; y en ese caso, ?cómo podrá venir y estarlo recordando una vez por semana? Miro a míster Chillip, que está con su corbata de domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le arrojaríamos el almohadón de terciopelo, con sus borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cierran los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el momento en que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me saca de la iglesia más muerto que vivo.

Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las ventanas de los dormitorios abiertas, por las que penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de cuervos que se balancean todavía en lo alto de las ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de atrás, delante del patio donde está el palomar y la caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra con una cadena: allí los frutos maduran en los árboles más ricos y abundantes que en ninguna otra parte; y mientras mi madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grosellas, haciendo como que no me muevo. Se levanta un gran viento y el verano huye de nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando mi madre está cansada se sienta en su butaca, se enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla su talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le gusta mirarse y lo contenta que está de ser tan bella.

Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa y la sensación de que los dos (mi madre y yo) teníamos un poco de miedo de Peggotty, y nos sometíamos en casi todo a sus órdenes; de aquí dimanaban siempre las primeras opiniones (si se pueden llamar así), a lo que yo veía.

Una noche estábamos Peggotty y yo solos sentados junto al fuego. Yo había estado leyéndole a Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí de leer muy mal o a la pobre mujer le interesaba muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga impresión que le quedó de mi lectura fue que se trataba de una especie de legumbres. Me había cansado de leer y me caía de sueno; pero como tenía permiso (como una gran cosa) para permanecer levantado hasta que volviera mi madre (que pasaba la velada en casa de unos vecinos) como es natural, hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama.

Había llegado a ese estado de sueno en que me parecía que Peggotty se inflaba y crecía de un modo gigantesco. Me sostenía con los dedos los párpados para que no se me cerrasen y la miraba con insistencia, mientras ella seguía trabajando; también miraba el pedacito de cera que tenía para el hilo (!qué viejo estaba y qué arrugado por todos lados! y la casita donde vivía el metro, y la caja de labor, con su tapa de corredera que tenía pintada una vista de la catedral de Saint Paúl, con la cúpula color de rosa, y el dedal de cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encantadora.

Tenía tanto sueno que estaba convencido de que en el momento en que perdiera de vista cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.

-Peggotty -dije de repente- ?Has estado casada alguna vez?

-!Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ?,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?

Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y dejando de coser me miró con la aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.

-Pero ?tú no has estado nunca casada, Peggotty? -le dije- Tú eres una mujer muy guapa, ?no?

La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de belleza, me parecía un ejemplar perfecto.

Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de menos.

-?Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por Dios, querido. Pero ?quién te ha metido en la cabeza esas cosas?

-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una persona a la vez, ?verdad, Peggotty?

-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.

-Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ?entonces sí puede uno casarse con otra? Di, Peggotty.

-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos —dijo Peggotty.

-Pero ?cuál es tu opinión, Peggotty?

Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me observaba con una curiosidad enorme.

-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un momento de vacilación -que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es todo lo que sé sobre el asunto.

-Pero no te habrás enfadado conmigo, ?verdad, Peggotty? —dije después de un minuto de silencio.

De verdad creía que se había enfadado, me había contestado tan lacónicamente; pero me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza. Estoy seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.

-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» -me dijo Peggotty, que todavía no había conseguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he enterado ni de la mitad.

Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo interés por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas, que ellos, a causa de su extrana forma, no podían seguir. Después los perseguíamos en el agua como los indígenas, y les introducíamos largos pinchos por las fauces. En resumen, que llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo menos yo. De Peggotty no respondo, pues estaba tan distraída, que no hacía más que pincharse con la aguja en la cara y en los brazos.

Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íbamos a empezar con sus semejantes, cuando sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi madre. Me pareció que estaba más bonita que nunca, y con ella llegaba un caballero de hermosas patillas y cabello negros, a quien ya conocía por habernos acompanado a casa desde la iglesia el domingo anterior.

Cuando mi madre se detuvo en la puerta para cogerme en sus brazos y besarme, el caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey (o algo parecido) pues me temo que mis reflexiones ulteriores me ayuden en esto.

-?Qué quiere decir? -pregunté por encima del hombro de mi madre.

El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por qué no me gustaban ni él ni su voz profunda, y tenía como celos de que su mano tocara la de mi madre mientras me acariciaba. Le rechacé lo más fuerte que pude.

-!Oh Davy! -me reprochó mi madre.

-!Querido nino! -dijo el caballero, !No me sorprende su adoración!

Nunca había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre.

Me reganó dulcemente por mi brusquedad, y estrechándome entre sus brazos, daba las gracias al caballero por haberse molestado en acompanarla. Mientras hablaba le tendió la mano, y mientras se la estrechaba me miraba.

-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caballero, después de inclinarse (!yo lo vi!) a besar la mano de mi madre.

-!Buenas noches! —dije.

-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo -insistió riendo-; dame la mano.

Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha y yo le tendí la otra.

-!Cómo! Ésta es la mano izquierda, Davy -dijo él riendo.

Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela, y no se la di. Le alargué la otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que era un buen chico, se marchó.

Un momento después le vi volverse en la puerta del jardín y lanzarnos una última mirada (antes de que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de mal agüero.

Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, cerró instantáneamente los cerrojos, y entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de sentarse en la butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación canturreando para sí.

-Espero que haya pasado usted una velada agradable -dijo Peggotty, tiesa como un palo en el centro de la habitación y con un palmatoria en la mano.

-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi madre con voz alegre-. He pasado una velada muy agradable.

-Una persona nueva es siempre un cambio muy agradable -insistió Peggotty.

-Naturalmente, es un cambio muy agradable -contestó mi madre.

Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo me dormí, aunque no con un sueno profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin entender lo que decían. Cuando me desperté de aquella desagradable modorra, me encontré a Peggotty y a mamá hablando y llorando.

-No es una persona así la que le hubiera gustado a mister Copperfield -decía Peggotty-; se lo repito y se lo juro.

-!Dios mío! -exclamó mi madre-. ?Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie ser tratado con tanta crueldad por sus criados. Además, hago una injusticia si me considero una nina. ?No he estado casada, Peggotty?

-Dios sabe que sí, senora -respondió Peggotty.

-?Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-, cómo tienes corazón para hacerme tan desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie que me consuele?

-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser. De ninguna manera debe usted hacerlo. !No!

Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.

-?Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? -gritó mi madre llorando más que antes-. ?Por qué te empenas en considerarlo como cosa decidida, Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente cortesía? Hablas de admiración. ?Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la siente, ?tengo yo la culpa? ?Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me afeitase la cabeza y me ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con una quemadura, un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de que te daría una gran alegría.

Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la reprimenda.

-Y mi nino, mi hijito querido -continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo estaba tendido y acariciándome-, !mi pequeno Davy! !Pretender que no quiero a mi mayor tesoro! El mejor companero que haya existido jamás.

-Nadie ha insinuado semejante cosa —dijo Peggotty.

-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente por él no me he comprado el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde está completamente destrozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, !no puedes negarlo!

Y volviéndose carinosamente hacia mí, apretando su mejilla contra la mía:

-?Soy una mala madre para ti, Davy? ?Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el carino de Peggotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ?verdad?

Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero estoy seguro de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba verdaderamente destrozado, y temo que en los primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a Peggotty bestia. Aquella excelente criatura estaba en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y estoy casi seguro de que en aquella ocasión su vestido debió de quedarse sin un solo botón, pues saltaron por los aires cuando después de reconciliarse con mi madre se arrodilló al lado del sillón para reconciliarse conmigo.

Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me desvelaron durante mucho tiempo; y cuando un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la cama, me encontré a mi madre sentada a los pies a inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí profundamente.

No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a ver al caballero aquel, o si pasó más tiempo antes de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no pretendo determinar fechas; pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompanó a casa. Además, entró para ver un hermoso geranio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que se fijaba mucho en el geranio; pero antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi madre le dijo que cortara él mismo la que más le gustase; pero él se negó, no comprendí por qué, y entonces mi madre, arrancando una florecita, se la dio. Él dijo que nunca, nunca, se separaría de ella; y yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía que al día siguiente estaría marchita.

Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi madre la trataba con mucha deferencia (más que de costumbre me parecía a mí), y los tres estábamos muy amigos, pero había algo distinto que nos hacía sentir violentos cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi madre luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a menudo a casa de la misma vecina; pero no lograba comprender por qué.

Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más razón para ello que una instintiva antipatía de nino y un vago sentimiento de que Peggotty y yo debíamos bastar a mi madre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de haber sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni siquiera nada semejante. Podía observar pequenas cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo que estaba por encima de mis fuerzas.

Una manana de otono estaba yo con mi madre en el jardín, cuando míster Murdstone (entonces ya sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo un momento a saludar a mi madre, y dijo que iba a Lowestolf, donde tenía unos amigos, duenos de un yate, y me propuso muy alegremente llevarme con él montado en la silla si me gustaba el paseo.

Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mientras piafaba y relinchaba a la puerta del jardín, parecía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí grandes deseos de acompanarlos.

Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre tanto, míster Murdstone desmontó, y con las bridas del caballo debajo del brazo se puso a pasear lentamente por el otro lado del seto, mientras mi madre le acompanaba, paseando también lentamente, por dentro del jardín. Me reuní con Peggotty y los dos nos pusimos a mirar desde la ventana de mi cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar el seto que había entre ellos mientras andaban; y también que Peggotty, que estaba de muy buen humor, pasó en un momento a todo lo contrario, y comenzó a peinarme de un modo violento.

Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto por el lado del camino. Me sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no podía estarme tan quieto como de costumbre, y no dejaba de pensar a cada momento en volver la cabeza para mirarle. Míster Murdstone tenía una clase de ojos negros «vacíos». No encuentro otra palabra para definir esos ojos que no son profundos, en los que no se puede sumergir la mirada y que cuando se abstraen parece, por una peculiaridad de luz, que se desfiguran por un momento como una máscara. Varias de las veces que le miré le encontré con aquella expresión, y me preguntaba a mí mismo, con una especie de terror, en qué estaría pensando tan abstraído.

Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me parecieron más negros y más abundantes;.nunca hubiera creído que fueran así. La parte inferior de su rostro era cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente todos los días, me recordaba una figura de cera que habían recibido haría unos seis meses en nuestra vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el brillante colorido de su cutis (al diablo su cutis y al diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de mis sentimientos, que era un hombre muy guapo. No me extrana que mi pobre y querida madre pensara lo mismo.

Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en una habitación. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro sillas, y tenían puestas unas chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas para embarcarse y una bandera, todo empaquetado junto.

Cuando entramos, los dos se levantaron perezosamente y dijeron:

-!Hola, Murdstone! !Creíamos que te habías muerto!

-Todavía no —dijo Murdstone.

-?Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno de los caballeros.

-Es Davy —contestó Murdstone.

-Davy, ?qué? —dijo el caballero-. ?Jones?

-Copperfield -dijo Murdstone.

-!Ah, vamos! !El estorbo de la seductora mistress Copperfield, la viudita bonita! -exclamó el caballero.

-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado. Hay gente muy avispada.

-?Quién? -preguntó el otro, riéndose.

Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha curiosidad por saber de quién hablaban.

-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murdstone.

Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de Brooks de Shefield, porque en el primer momento había creído que hablaban de mí.

Debía de haber algo muy cómico en la fama de míster Brooks de Shefield, pues los otros dos caballeros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster Murdstone también pareció divertirle mucho. Después que hubieron reído un rato, el caballero a quien habían llamado Quinion dijo:

-?Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo que se refiere al asunto?

-No creo que Brooks entienda todavía mucho de ello -replicó míster Murdstone-; pero en general no me parece favorable.

De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo que iba a mandar traer una botella de sherry para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio también a mí un poco con un bizcocho, y antes de que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:

-!A la confusión de Brooks de Shefield!

El brindis fue recibido con aplausos y grandes risas, lo que me hizo reír a mí también. Entonces ellos rieron todavía más. En resumen, nos divertimos mucho.

Luego estuvimos paseando; después nos fuimos a sentar en la hierba, y más tarde lo estuvimos mirando todo a través de un telescopio. Yo no podía ver nada cuando lo ponían ante mis ojos, pero decía que veía muy bien. Después volvimos al hotel para almorzar. Todo el tiempo que estuvimos en la calle los amigos de míster Murdstone fumaron sin cesar, lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de estar haciendo desde que habían salido los trajes de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Allí ellos tres bajaron a una cabina donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía completamente entregados a su trabajo cuando se me ocurría mirar por la claraboya entreabierta. Durante aquel tiempo me dejaron con un hombre encantador, con abundantes cabellos rojos y un sombrero pequeno y barnizado encima. También llevaba una camisa o un jersey rayado, sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas Alondra. Yo pensé que sería su nombre, y que, como vivía en un barco y no tenía puerta donde ponerlo, se lo ponía encima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo que aquel no era su nombre, sino el del barco.

Durante todo el día pude observar que míster Murdstone estaba más serio y silencioso que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados, bromeando de continuo entre ellos, pero muy rara vez con él. También me pareció que era más inteligente y más frío y que lo miraban con algo del mismo sentimiento que yo experimentaba. Pude observar que una o dos veces, cuando míster Quinion hablaba, miraba de reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de que no le estaba desagradando; y en otra ocasión, cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba más entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le hizo senas con los ojos para que mirase a míster Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso. No recuerdo que míster Murdstone se riera en todo el día, excepto en el momento del brindis por Shefeld, y eso porque había sido cosa suya.

Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy hermosa, y mi madre y él se pasearon de nuevo a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando míster Murdstone se marchó, mi madre me estuvo preguntando qué había hecho durante el día y lo que habían dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo que eran unos impertinentes y que decían tonterías; pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía con la misma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a míster Brooks de Shefield; pero me contestó que no, y que suponía que se trataría de algún fabricante de cuchillos.

?Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha cambiado y que no existe) ha desaparecido para siempre, cuando todavía en este momento le estoy viendo ante mí tan claro como el de una persona a quien se reconocería en medio de la multitud? ?Cómo decir que su inocencia y de su belleza infantil, han desaparecido, cuando todavía siento su aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ?Es posible que haya cambiado, cuando mi imaginación me la trae todavía viva, y aquel verdadero carino que sentía y que sigo sintiendo, recuerda aún lo que más quería entonces?

Al referirme a ella la describo como era: cuando me fui aquella noche a la cama después de charlar y cuando después vino ella a mi lecho a besarme, se arrodilló alegremente al lado de mi camita y con la barbilla apoyada en sus manos y riendo me dijo:

-?Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo; !no lo puedo creer!

-La seductora… -empecé.

Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrumpirme.

-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber sido seductora, Davy. !Estoy segura de que no era eso!

-Sí era: «la seductora mistress Copperfield» -repetí con fuerza-. Y «la bonita» .

-No, no; tampoco era bonita; no era bonita -interrumpió mi madre, volviendo a poner sus dedos sobre mis labios.

-Sí era, sí: « la bonita viudita».

-!Qué locos! !Qué impertinentes! -exclamó mi madre riendo y cubriéndose el rostro con las manos. !Qué hombres tan ridículos! Davy querido…

-?Qué, mamá?

-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos. Yo también estoy muy enfadada; pero prefiero que Peggotty no lo sepa.

Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos todavía muchas veces, y pronto caí en un profundo sueno.

Ahora, desde la distancia, me parece como si hubiera sido al día siguiente cuando Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es muy probable que fuese dos meses después.

Una noche estábamos (como siempre cuando mi madre había salido) sentados, en companía del metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la catedral de Saint Paul en la tapa y del libro del cocodrilo, cuando Peggotty, después de mirarme varias veces y abrir la boca como si fuera a hablar, sin hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba; de no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo carinosamente:

-Davy, ?te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano, en Yarmouth? ?Te divertiría?

-?Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty? -pregunté con precaución.

-!Oh! !Ya lo creo que es un hombre simpático! -exclamó Peggotty levantando las manos-. Y además allí tendrás el mar, y los barcos, y los buques grandes, y los pescadores, y la playa, y a Ham para jugar.

Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo; pero hablaba de él como de una parte de la gramática inglesa.

Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté que ya lo creo que me divertiría; pero ?qué diría mi madre?

-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome intensamente- a que nos deja. Si quieres, se lo pregunto en cuanto vuelva. !Ahí mismo!

-Pero, ?qué hará ella mientras no estemos? -dije, apoyando mis codos pequenos en la mesa como para dar más fuerza a mi pregunta-. !No va a quedarse sola!

Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media era el roto que cosía, verdaderamente debía de ser tan pequeno que no merecía la pena de repasarlo.

-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podría vivir sola.

-!Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirándome de nuevo-. ?No lo sabes? Tu madre va a pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress Grayper va a tener en su casa mucha gente.

!Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto a ir. Esperé con la más viva impaciencia a que mi madre volviera de casa de mistress Grayper (pues estaba en casa de aquella misma vecina) para estar seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea. Sin ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida en ello; y todo quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que pagarían por mi alojamiento y manutención durante la visita.

El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían fijado tan cercano, que llegó pronto hasta para mí, que lo esperaba con febril impaciencia y que temía que un temblor de tierra, una erupción volcánica o cualquier otra gran convulsión de la naturaleza viniera a interponerse interrumpiendo la expedición. Debíamos ir en el coche de un carretero que partía por la manana después del desayuno. Hubiera dado dinero por haber podido vestirme la noche anterior y dormir ya con sombrero y botas.

!Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parezca que lo digo como algo sin importancia, la alegría con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar siquiera lo que dejaba para siempre!

Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a la puerta y mi madre me besaba, una gran ternura por ella y por el viejo lugar que nunca había abandonado me hizo llorar. Y me gusta saber que mi madre también lloraba y que yo sentía latir su corazón contra el mío.

Me gusta recordar que cuando el carro empezó a alejarse, mi madre corrió tras él por el camino, mandándole parar, para darme más besos, y me gusta saber la gravedad y el carino con que apretaba su cara contra la mía, y yo también.

Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya partimos, míster Murdstone apareció a su lado. Me pareció que le reprochaba el estar tan conmovida. Yo los miraba a través de los barrotes del carro, preocupado con la idea de por qué ese senor se metería en aquello.

Peggotty, que también estaba mirando, no parecía nada satisfecha; se lo noté en cuanto le miré a la cara.

Durante algún tiempo permanecí mirando a Peggotty y pensando que si ella quisiera abandonarme, como a los ninos en los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a encontrar el camino de casa guiándome sólo por los botones que, seguramente, se le irían cayendo.


Capítulo 3 Un cambio

Quiero suponer que el caballo del carretero era el más perezoso del mundo, pues caminaba muy despacio y con la cabeza baja, como si le gustase hacer esperar a la gente a quien llevaba los encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se reía para sí al pensar en ello. Sin embargo, el carretero me dijo que era tos porque había cogido un constipado.

También él tenía la costumbre de llevar la cabeza baja, como su caballo, y mientras conducía iba medio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y digo «conducía» aunque a mí me pareció que el carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente igual sin él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y en cuanto a dar conversación, no tenía ni idea; sólo silbaba.

Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa cesta de provisiones, que hubiera podido durarnos hasta Londres aunque hubiéramos continuado el viaje con el mismo medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla apoyada en el asa de la cesta, postura de la que ni por un momento se cansaba; y yo nunca hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis propios oídos, que una mujer tan débil roncase de aquel modo.

Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya cansadísimo, y me puse muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.

Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo largo del río me pareció que estaba todo muy esponjoso y empapado, y no acertaba a comprender cómo si el mundo es realmente redondo (según mi libro de geografía) una parte de él puede ser tan sumamente plana. Imaginando que Yarmouth podía estar situada en uno de los polos, ya era más explicable. Conforme nos acercábamos veíamos extenderse cada vez más el horizonte como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna colina, o cosa semejante, de vez en cuando, mejoraría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un poco más separada del mar y la ciudad menos sumergida en él, como un trozo de pan en el caldo, sería mucho más bonito. Pero Peggotty me contestó, con más énfasis que de costumbre, que había que tomar las cosas como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.

Cuando salimos a la calle (que era completamente extrana y nueva para mí); cuando sentí el olor del pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a los pescadores paseando y las carretas de un lado para otro, comprendí que había sido injusto con un pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó mis expresiones de entusiasmo con gran complacencia y me contestó que era cosa reconocida (supongo que por todos aquellos que habían tenido la suerte de nacer « arenques») que Yarmouth era, por encima de todo, el sitio más hermoso del universo.

-Allí veo a mi Ham. !Pero si está desconocido de lo que ha crecido -gritó Peggotty.

En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta de la posada, y me preguntó por mi salud como a un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de que no le conocía tanto como él a mí, pues el haber estado en casa la noche de mi nacimiento le daba, como es natural, gran ventaja. Sin embargo, empezamos a intimar desde el momento en que me cogió a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho grandón y fuerte, de seis pies de alto y bien proporcionado, con enormes espaldas redondas; pero con una cara de expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados que le daban todo el aspecto de un cordero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos pantalones tan tiesos, que se hubieran sostenido solos incluso sin piernas dentro. Sombrero, en realidad, no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con una especie de tejadillo algo embreado como un barco viejo.

Ham me llevaba a caballo encima de sus hombros, y con una de nuestras maletas debajo del brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por senderos cubiertos con montones de viruta y de montanitas de arena; después cerca de una fábrica de gas, por delante de cordelerías, arsenales de construcción y de demolición, arsenales de calafateo, de herrerías en movimiento y de muchos sitios análogos. Y por fin llegamos ante la vaga extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:

-Esta es nuestra casa, senorito Davy.

Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar en aquel desierto, por encima del mar y por la orilla; pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había una barcaza negra o algo parecido a una barca viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de hierro asomando como una chimenea, del que salía un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera parecer una casa.

-?No será eso? -dije- ?Eso que parece una barca?

-Precisamente eso, senorito Davy -replicó Ham.

Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas sus maravillas, creo que no me hubiera seducido más la romántica idea de vivir en él. Tenía una puerta bellísima, abierta en un lado, y tenía techo y ventanas pequenas; pero su mayor encanto consistía en que era un barco de verdad, que no cabía duda que había estado sobre las olas cientos de veces y que no había sido hecho para servir de morada en tierra firme. Eso era lo que más me cautivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera parecido pequena o incómoda o demasiado aislada; pero no habiendo sido destinada a ese uso, resultaba una morada perfecta.

Por dentro estaba limpia como los chorros del oro y lo más ordenada posible. Había una mesa y un reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda una bandeja de té, en la que había pintada una senora con una sombrilla paseándose con un nino de aspecto marcial que jugaba al aro. La bandeja estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se hubiese escurrido habría arrastrado en su caída gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que estaban agrupados su alrededor. En las paredes había algunas láminas con marcos y cristal: eran imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he podido verlas en manos de los vendedores ambulantes sin contemplar al mismo tiempo el interior completo de la casa del hermano de Peggotty. Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de leones, verdes, eran los más notables. Sobre la repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgubre Shara Jane, comprado en Sunderland, que tenía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de composición y de carpintería que yo consideraba como una de las cosas más deseables que podía ofrecer el mundo. En las vigas del techo había varios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces; algunos baúles y cajones servían de asiento, aumentando así el número de sillas.

Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de un primer vistazo, de acuerdo con mi teoría de observación infantil. Después, Peggotty, abriendo una puertecita, me ensenó mi habitación. Era la habitación más completa y deseable que he visto en mi vida. Estaba en la popa del barco y tenía una ventanita, que era el sitio por donde antes pasaban el timón; un espejito estaba colgado en la pared, precisamente a mi altura, con su marco de conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, encima de la mesilla, y una cainita con el sitio suficiente para meterse en ella. Las paredes eran blancas como la leche, y la colcha, hecha de retales, me cegaba con la brillantez de sus colores.

Una cosa que observé con interés en aquella deliciosa casita fue el olor a pescado; tan penetrante, que cuando sacaba el panuelo para sonarme olía como si hubiera servido para envolver una langosta. Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me dijo que su hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas, y, en efecto, después encontré gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No sabían estar un momento sin pinchar todo lo que encontraban en un pequeno pilón de madera que había fuera de la casa, y en el que también se metían los pucheros y cacerolas.

Fuimos recibidos por una mujer muy bien educada, que tenía un delantal blanco y a quien yo había visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo reverencias en la puerta cuando llegaba montado en Ham. A su lado estaba la nina más encantadora del mundo (así me lo pareció), con un collar de perlas azules alrededor del cuello, pero que no me dejó besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo. Después que hubimos comido de una manera opípara pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta para mí, un hombre de largos cabellos y cara de buena persona entró en la casa. Como llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en la mejilla, no tuve la menor duda de que era su hermano. En efecto, así me le presentaron: míster Peggotty, senor de la casa.

-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos encontrará usted muy rudos, senorito, pero siempre dispuestos a servirle.

Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de que sería feliz en un sitio tan delicioso.

-?Y cómo está su mamá? —dijo míster Peggotty-. ?La ha dejado usted en buena salud?

Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien que podía desearse, y anadí que me había dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.

-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo míster Peggotty-. Muy bien, senorito; si puede usted estarse quince días contento entre nosotros —dijo mirando a su hermana, a Ham y a la pequena Emily-, nosotros, muy orgullosos de su companía.

Después de hacerme los honores de su casa de la manera más hospitalaria, míster Peggotty fue a lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el agua fría no era suficiente para limpiarle». Pronto volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado que no pude por menos que pensar que su rostro era semejante a las langostas y cangrejos que vendía, que entraban en el agua caliente muy negros y salían rojos.

Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerrada y la habitación confortable (las noches eran frías y brumosas entonces), me pareció que aquel era el retiro más delicioso que la imaginación del hombre podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber que la niebla invadía poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y pensar que en los alrededores no había más casa que aquella y que, además, era un barco, me parecía cosa de encantamiento.

La pequena Emily ya había vencido su timidez y estaba sentada a mi lado en el más bajo de los cajones, que era precisamente del ancho suficiente para nosotros dos y parecía estar a propósito esperándonos en un rincón al lado del fuego.

Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía media al otro lado del hogar. Peggotty y su labor, con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encontraban tan completamente a sus anchas como si nunca hubieran conocido otra casa. Ham había estado dándome una primera lección a cuatro patas con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de recordar cómo se decía la buenaventura, a iba dejando impresa la marca de su pulgar en cada una de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la conversación y las confidencias:

-Mister Peggotty -dije.

-Senorito —dijo él.

-?Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de arca?

Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me contestó:

-Yo nunca le he puesto ningún nombre.

-?Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número dos del catecismo.

-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.

-!Yo creía que era usted su padre!

-Mi hermano Joe era su padre —dijo.

-?Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, después de una pausa respetuosa.

-Ahogado -dijo míster Peggotty.

Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé a temer si no estaría también equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Tenía tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir preguntando:

-Pero la pequena Emily -dije mirándola-, ?esa sí es su hija? ?No es así, míster Peggotty?

-No, senorito; mi cunado Tom era su padre.

No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio respetuoso:

-?Ha muerto, míster Peggotty?

-Ahogado —dijo mister Peggotty.

Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al fondo del asunto y dije:

-Entonces ?no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?

-No, senorito -me contestó con una risa corta—, soy soltero.

-!Soltero! -exclamé atónito- Entonces ?quién es esa, míster Peggotty? -dije apuntando a la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.

-Esa es mistress Gudmige —dijo míster Peggotty.

-?Gudmige, míster Peggotty?

Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa companía, hasta que llegó la hora de acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de un socio suyo que había muerto muy pobre.

-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo Peggotty-, pero tan bueno como el oro y fuerte como el acero.

Estos eran sus símiles.

Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su mano derecha un violento punetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor explicación gramatical sobre aquella terrible frase «tomar el portante», que todos ellos consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.

Pensaba con carino en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham colgando dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que había visto en el techo; y en el más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido. Conforme el sueno se apoderaba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y por la llanura con tal fiereza, que sentí un cobarde temor de la gran oscuridad creciente de la noche. Pero me convencí a mí mismo de que después de todo estábamos en un barco, y que un hombre como míster Peggotty no era grano de anís a bordo, en caso de que ocurriera algo.

Sin embargo, nada sucedió hasta que me desperté por la manana. En cuanto el sol se reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequena Emily a coger caracoles en la playa.

-?Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a Emily.

No es que supusiera nada; pero sentía que era un deber de galantería decirle algo; y viendo en aquel momento reflejarse la blancura deslumbrante de una vela en sus ojos claros, se me ocurrió aquello.

-No —dijo Emily, sacudiendo su cabecita—, me da mucho miedo el mar.

-!Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy fijo al océano inmenso- A mí no me da miedo.

-!Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le he visto ser muy cruel con algunos de nuestros hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra casa.

-Espero que no fuera el barco en que…

-?En el que mi padre murió ahogado? —dijo Emily. No, no era aquel. Yo no he visto nunca aquel barco.

-?Ni tampoco a él? -le pregunté.

Emily sacudió la cabecita.

-Que yo recuerde, no.

!Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a explicar cómo yo tampoco había visto nunca a mi padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre solos en el estado de mayor felicidad imaginable, y así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre. También le conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme muchas mananas para oír cantar a los pájaros. Sin embargo, parece ser que había algunas diferencias entre la orfandad de Emily y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba la tumba de este último, aunque era de suponer que estaba en cualquier sitio de las profundidades del mar.

-Y además —dijo Emily mientras buscaba conchas y piedras- tu padre era un caballero y tu madre una senora; y mi padre era pescador y mi madre hija de un pescador, y mi tío Dan también es pescador.

-?Dan es míster Peggotty? —dije yo.

-El tío Dan -contestó Emily, senalando el barco-casa.

-Sí, a él me refiero. ?,Debe de ser muy bueno, verdad?

-?Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera senora, le daría una chaqueta azul cielo con botones de diamantes, un pantalón con su espada, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.

Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.

La pequena Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había parado y miraba al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar guijarros y conchas.

-?Te gustaría ser una dama? -le dije.

Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.

-Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío, Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta. Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.

Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bastante probable, y expresé la alegría que me causaba pensar en ello. La pequena Emily tuvo entonces el valor de decirme, tímidamente:

-Y ahora ?no crees que te da miedo el mar?

En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hubiese huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin embargo, le contesté: «No», y anadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en aquel momento andaba por el borde de una especie de antiguo rompeolas de madera, por el que nos habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera a caer.

-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. !Mira!

Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor protección.

El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora tan claramente como si fuese aquel día: la pequena Emily corriendo hacia su muerte (como entonces me pareció), con una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo lejos, hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita temeridad de la nina y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía terminar ese mismo día. Hubo un tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pensaba que si la vida que esperaba a la nina me hubiera sido revelada en un momento, y de tal modo que mi inteligencia infantil hubiera podido comprendería por completo, y si su conservación hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ?debería haberío hecho? Y durante cierto tiempo (no digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurrido) he llegado a preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubiesen cerrado sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he contestado: «Sí; más habría valido». Pero esto es quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin embargo, no importa: dicho está.

Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas que nos parecían muy curiosas, y volvimos a poner cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo en aquel tiempo no conocía lo bastante la especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y por fin emprendimos el camino a la morada de míster Peggotty. Nos detuvimos un momento debajo del pilón de las langostas para cambiar un inocente beso y entramos a desayunar resplandecientes de salud y de alegría.

-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.

No hay que decir que estaba enamorado de la pequena Emily. Estoy seguro de que la amaba con mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del que pueda haber en el mejor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantasía creaba alrededor de aquella nina de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero ángel; tanto es así, que si en una manana radiante la hubiera visto desplegar sus alas y desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido extrano ni imposible.

Acostumbrábamos a pasear carinosamente horas y horas por la monótona llanura de Yarmouth. Y los días discurrían por nosotros como si el tiempo tampoco pasara y, convertido en nino, estuviera siempre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a Emily que la adoraba, y que si ella no confesaba adorarme también me vería obligado a atravesarme con una espada. Y ella me respondía que sí con carino, y estoy seguro de que era así.

En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no se nos ocurría pensar en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.

Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de admirarnos, y cuchicheaban por la noche, cuando estábamos tiernamente sentados uno al lado del otro en nuestro cajoncito: «Dios mío, ?pero no es un encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su pipa, y Ham se pasaba la noche haciendo gestos de satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que encontraban en nosotros la misma satisfacción que encontrarían en un juguete bonito o en un modelo de bolsillo del Coliseo.

Pronto me pareció que mistress Gudmige no era siempre todo lo agradable que podía esperarse, dadas las circunstancias de su residencia en aquella casa. Mistress Gudmige estaba casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo debido, para no incomodar a los demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su buen humor.

Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada, antes de que él volviera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la manana sabía que iría.

Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se había deshecho en llanto porque salía humo de la lumbre.

-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las palabras de mistress Gudmige cuando ocurrió aquella desgracia-, todo va contra mí.

-Eso pasa pronto —dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)-, y además, como usted puede comprender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.

-!Yo lo siento más! —exclamó mistress Gudmige.

Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba « hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola y sin recursos, y que todo iba contra ella».

-Es verdad que hace mucho frío —dijo Peggotty-; pero todos lo sentimos igual.

-!Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gudmige.

Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después que a mí, que se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado le pareció pequeno y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.

Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y después no volvió a levantar los ojos.

-Bien, companeros -dijo míster Peggotty sentándose-: ?cómo vamos?

Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienvenida, excepto mistress Gudmige, que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.

-?Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una palmada-. !Vamos, valor, vieja comadre!

Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a tener valor. Sacó un viejo panuelo negro de seda para enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárselos y de nuevo volvió a dejarlo fuera preparado para otra ocasión.

-?Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.

-Nada -respondió mistress Gudmige-. ?Viene usted de «La Afición», Dan?

-Sí; esta noche le he hecho una visita —dijo míster Peggotty.

-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mistress Gudmige.

-!Obligarme! Si no necesito que me obliguen -respondió míster Peggotty con una risa franca-. Estoy siempre dispuesto a ir.

-Muy dispuesto —dijo mistress Gudmige, sacudiendo la cabeza y enjugándose los ojos de nuevo, Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me entristece, que sea por mi culpa por lo que está usted tan dispuesto.

-!Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster Peggotty-, no lo crea.

-Sí, sí lo es —exclamó ella-. Yo sé lo que me digo. Yo sé que soy una criatura sola y sin recursos, y que no solamente todo va contra mí, sino que yo contrarío a todo el mundo. Sí, sí, yo siento más que los demás y lo demuestro más, !esa es mi desgracia!

Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía todo aquello, que la desgracia se extendía a algunos otros miembros de la familia además de a ella. Pero a míster Peggotty no se le ocurrió hacer semejante observación, limitándose a contestarla con otro ruego para que tuviera valor.

-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo que soy. Mis desgracias me han agriado. Las siento, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir, pero siento. Quisiera poder ser dura de corazón; pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me sorprende. Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al senorito Davy.

Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turbación:

-!No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gudmige!

-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una criatura sola y sin recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fastidiando. Sí, las cosas van contra mí, y yo también voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la contraria en el asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y le libre de esta pejiguera.

Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y se metió en la cama. Cuando se hubo marchado, míster Peggotty, que sólo había demostrado un sentimiento de profunda simpatía, nos miró a todos, y moviendo la cabeza todavía con una marcada expresión del mismo sentimiento, dijo en un murmullo:

-Es que ha estado pensando en el «viejo» .

Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien suponían que tenía puesto el pensamiento mistress Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se trataba del difunto míster Gudmige, y que su hermano siempre la compadecía muy sinceramente en aquellas ocasiones y hasta se conmovía. Un rato después, cuando ya se había acostado en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el viejo». Y siempre que mistress Gudmige estuvo de aquel humor, durante nuestra estancia allí (lo que sucedía muy a menudo), él repetía la misma disculpa, siempre con igual conmiseración.

Así pasaron los quince días, sin más variación que las de las mareas, que alteraban las horas de ir y venir de míster Peggotty, y también las ocupaciones de Ham. Este último, cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos ensenaba los barcos y los buques, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué a veces una ligera impresión se asocia más particularmente con un sitio que otras, aunque creo que esto le sucede a la mayoría de la gente; sobre todo me refiero a las asociaciones de la infancia. Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo por la manana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequena Emily se apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos, en el mar, salía de la niebla como su propio espectro.

Por último llegó el día de volver a casa. Tenía valor para separarme de míster Peggotty y de mistress Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequena Emily era agudísima. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino, le prometí escribirle (más adelante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de los anuncios que se ponen en los pisos para alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel día.

Durante el tiempo de mi visita me había despreocupado de mi casa, y había pensado poco o nada en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi infantil conciencia parecía reprochármelo, senalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi espíritu, más sentía que aquél era mi refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.

Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con mayor fuerza a medida que avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez más excitado por el deseo de encontrarme en sus brazos.

Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba de calmarla (aunque muy tiernamente) y parecía confusa y descontenta.

A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a nuestro encuentro en cuanto quisiera el caballo del carretero. Y !qué bien recuerdo cómo lo vi en aquella tarde fría y gris, con el cielo nublado amenazando lluvia!

La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad llorando, con la agitación de mi alegría. Pero !no era mamá!; era una criada extrana.

-!Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ?Será que mamá no ha vuelto todavía a casa?

-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un momento y te… diré una cosa.

Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo las contorsiones más extravagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para decirle nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la cocina y cerró la puerta.

-!Peggotty! -dije completamente asustado—. ?Qué sucede?

-No ocurre nada. !Dios lo bendiga, mi querido Davy! -contestó fingiendo alegría.

-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ?Dónde está mamá?

-?Dónde está mamá, senorito Davy? -me imitó Peggotty.

-Sí. ?Por qué no estaba en la puerta? ?Por qué hemos entrado aquí? !Oh Peggotty!

Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.

-!Dios te bendiga, nino querido! —exclamó Peggotty sosteniéndome-. Pero ?qué te pasa? !Habla, pequeno!

-?Se ha muerto también? !Oh! ?Se ha muerto, Peggotty?

-No -gritó Peggotty con una energía de voz atronadora.

Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.

Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.

-?Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes -dijo Peggotty-; pero no he encontrado oportunidad. Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.

Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.

-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que antes.

-Senorito Davy -dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una manera entrecortada-. Pero ?qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.

Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.

-Otro nuevo -anadió Peggotty.

-?Otro nuevo? -repetí yo.

Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y agarrándome de la manga dijo:

-Ven a verle.

-No lo quiero ver.

-Y a tu mamá -dijo Peggotty.

Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.

A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.

-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-, !acuérdate! !Hay que dominarse siempre! !Dominarse! !Hola, muchacho! ?Cómo estás?

Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y me acarició dulcemente en el hombro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no podía mirarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me volví hacia la ventana y miré los arbustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para morderme.


Capítulo 4 Caigo en desgracia

Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habitación donde me habían trasladado (?quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el patio. La habitación me pareció triste y extrana, tan triste como lo estaba yo. Sentado con las manos cruzadas pensaba… , pensaba en las cosas más raras: en la forma de la habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los cristales de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me recordaba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la influencia del recuerdo del «viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de que estaba apasionadamente enamorado de la pequena Emily y de que me habían separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y dormirme llorando.

Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.

-Davy —dijo mi madre-, ?qué te pasa?

Pensé que era muy extrano que me preguntara aquello, y contesté:

-Nada.

Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis labios le hubiera contestado con mayor claridad.

-!Davy -repitió mi madre-, Davy! !Hijo mío!

No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con la mano cuando quiso atraerme a ella.

-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi madre-. Estoy segura de que tienes la culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o contra cualquiera de los que yo quiero. ?Qué quiere decir esto, Peggotty?

La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de oración de gracias que yo solía repetir después de comer:

-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que arrepentirse de ello.

-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. !Y en mi luna de miel, cuando mi más cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy, eres un nino muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. !Oh Dios mío! -gritaba mi madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa—. !Qué triste es la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más agradable posible!

Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, diciendo:

-?Qué sucede? Clara, amor mío, ?lo has olvidado? Firmeza, querida.

-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me proponía ser buena; pero !estoy tan desesperada … !

-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte decir eso tan pronto, Clara.

-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora -insistió mi madre a punto de llorar-. ?No te parece que es cruel?

Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando vi la cabeza de mi madre apoyada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe perfectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como él quisiera. Lo supe desde entonces, y así fue.

-Vete, amor mío —dijo míster Murdstone-. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía —dijo, volviéndose hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despidiéndose de ella con una sonrisa-. ?Sabe usted el nombre de su senora?

-Hace mucho tiempo que la sirvo, senor -contestó Peggotty-; debo saberlo.

-Es verdad -contestó él-; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted dirigirse a ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío. !Acuérdese!

Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reverencia y salió sin replicar, dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.

Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensamente en los suyos. !Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a cara, me parece oír de nuevo latir mi corazón.

-David -me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)-: si tengo que domar a un caballo o a un perro obstinado, ?qué crees que hago?

-No lo sé.

-Lo azoto.

Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía que la respiración me faltaba por completo.

-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de dominarlo, y aunque le haga derramar toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ?Qué es eso que tienes en la cara?

-Barro -dije.

Él sabía tan bien como yo que era la senal de mis lágrimas; pero aunque me hubiera hecho la pregunta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de nino se hubiese roto antes que confesárselo.

-Para ser tan pequeno tienes mucha inteligencia -me dijo con su grave sonrisa habitual-, y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.

Me senalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de que le obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la menor duda de que me habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no le hubiera obedecido.

-Clara, querida mía -dijo cuando, después de haber hecho lo que me ordenaba, me condujo al gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto corregiremos este joven carácter.

Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida, y hasta quizá habría sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubieran dicho una palabra de carino: una palabra de ánimo, de explicación, de piedad, para mi infantil ignorancia, de bienvenida a la casa; tranquilizándome, convenciéndome de que aquella sería siempre mi casa; así podían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una obediencia hipócrita; podían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que a mi madre la entristeció verme de pie en medio de la habitación, tan tímido y extrano, y que cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más tristes todavía, prefiriendo quizá el antiguo atrevimiento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no fue dicha, y el tiempo oportuno para ello pasó.

Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamorado de mi madre; pero no por eso le juzgué mejor, y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por lo que decían, que una hermana mayor de míster Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría aquella misma noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin estar activamente en ningún negocio, tenía parte, o cobraba una renta anual, en el beneficio de una casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba siempre desde los tiempos de su abuelo y en la que su hermana tenía un interés igual al suyo; pero lo mencionó por casualidad.

Después de comer, cuando estábamos sentados ante la chimenea y yo meditaba el modo de escaparme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueno de la casa, se oyó el ruido de un coche que se paraba delante de la verja, y míster Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente. Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras, mamá se volvió, y cogiéndome en sus brazos, como acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que amara a mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto apresurada y furtivamente, como si fuera un pecado, pero con mucha ternura, y después, dejando colgar un brazo, conservó en su mano la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi mano y se agarró a su brazo.

Miss Murdstone había llegado. Era una senora de aspecto sombrío, morena como su hermano, a quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy espesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle imposible a su sexo el llevar patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre. Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una persona tan metálica como miss Murdstone.

La llevaron al salón con muchos aspavientos de bienvenida, y ella, solemnemente, saludó a mi madre como a una nueva y cercana parienta. Después, mirándome, dijo:

-?Es este su hijo, cunada mía?

Mi madre me presentó.

-Por lo general, no me gustan los ninos -dijo miss Murdstone-. ?Cómo estás, muchacho?

Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté que estaba muy bien, y que esperaba que a ella le sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca gracia, que miss Murdstone me juzgó en tres palabras:

-!Qué mal educado!

Después de decir esto con mucha claridad, pidió que hicieran el favor de ensenarle su cuarto, que se convirtió desde entonces para mí en lugar de temor y de odio, donde nunca se veían abiertos los dos baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos veces cuando ella no estaba) y donde una serie de cadenas con cuentas de acero, con las que miss Murdstone se embellecía, estaban por lo general colgadas alrededor del espejo con mucho esmero.

Según pude observar, había venido para siempre y no tenía la menor intención de marcharse.

A la manana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo las cosas en «orden» y cambiando todas las antiguas costumbres. La primera cosa rara que observé en ella fue que estaba constantemente preocupada con la sospecha de que las criadas tenían escondido un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de un ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar precipitadamente, en la creencia de que le había encontrado.

Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose de madrugar. Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que nadie hubiese dado senales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con un ojo abierto; pero yo no lo creía, pues había intentado hacerlo y me convencí de que era imposible.

La primera manana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y cuando mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss Murdstone, dándole un carinoso picotazo en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:

-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí, como sabes, para evitarte todas las preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado nina (mi madre enrojeció, sonriendo, y no parecieron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre ti tantos deberes penosos que puedo resolver yo. Por lo tanto, si te parece bien, dame las llaves, querida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas esas cosas.

Desde aquel momento miss Murdstone no se separó de las llaves; durante el día las llevaba en su saquito de acero, y por la noche las metía debajo de la almohada, y mi madre no tuvo que volver a ocuparse de ellas más que yo lo hacia.

Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una sombra de protesta. Una noche en que miss Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, que los aprobaba, mi madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo menos podían haberle consultado.

-!Clara! -dijo míster Murdstone severamente- !Clara! !Me sorprendes!

-!Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende, Edward —exclamó mi madre-, y está muy bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gustado.

«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que los hermanos Murdstone presumían. No sé si en aquella época habría sabido expresar qué entendía yo si me hubieran obligado a hacerlo; pero desde luego comprendía claramente que aquella palabra quería decir tiranía, y expresaba el terco, arrogante y diabólico carácter de los dos. Su credo, como puedo establecerlo ahora, era este: míster Murdstone tenía gran firmeza; nadie a su alrededor era tan fume como míster Murdstone; nadie de los que le rodeaban debía ser firme en absoluto, pues todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero sólo relativamente y en un grado inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no había otra firmeza sobre la tierra.

-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia casa…

-?Mi propia casa? -repitió míster Murdstone-. !Clara!

-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi madre con miedo evidente-. Espero que sepas lo que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir una palabra sobre los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo hacía bien, estoy segura. Hay quien puede atestiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a Peggotty si no lo hacía bien cuando nadie se metía en ello.

-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a esto. Me marcho manana.

-Jane —dijo su hermano-, cállate. ?Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus palabras indican?

-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas- que no quiero que se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fueses. No pido mucho. Soy bastante razonable. Sólo quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy muy agradecida a todos los que me ayudan, y sólo deseo que se me consulte, aunque no sea más que por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que me querías precisamente por ser una chiquilla sin experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora parece que me odias por ello. !Eres tan severo!

-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido que me dejes poner fin a todo esto. Me voy manana.

-Jane -tronó su hermano—, ?te quieres callar? ?Cómo te atreves?

Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el panuelo y lo puso delante de sus ojos.

-!Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sorprendes, me dejas atónito. En efecto; para mí era una satisfacción el pensar que me casaba con una persona sencilla y sin experiencia, y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión de la cual estaba tan necesitada. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que por carino a mí quiere ayudarme en esta empresa y para ello está casi haciendo el oficio de un ama de llaves; cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le correspondes de una manera tan baja…

-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi madre-; no me acuses de ingrata. Estoy segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos defectos, pero ese no. !Oh, no! Te lo aseguro, querido.

-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió cuando mi madre dejó de hablar-, una recompensa tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y alteran.

-!No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-. !Oh, no, Edward! No puedo soportar el oírtelo. A pesar de todo, soy carinosa, sé que soy carinosa. Si no estuviera segura de que lo soy, no lo diría. Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que soy muy carinosa.

-No hay ninguna debilidad, Clara —dijo míster Murdstone a modo de réplica—, por grande que sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.

-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo no podría vivir entre la frialdad o la dureza. !Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mucha tu bondad, Edward, que con tu entereza trates de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones a nada, me desesperaría que quisieras dejarnos…

Aquello era ya demasiado.

-Jane —dijo míster Murdstone a su hermana-, es muy raro que entre nosotros se crucen palabras duras como estas, y espero que así siga siendo; y no ha sido culpa mía si por rara casualidad ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha sido tu culpa, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvidarlo. Y como esto -anadió después de aquellas magnánimas palabras- no es una escena edificante para un nino, David, vete a la cama.

Difícilmente pude encontrar la puerta a través de las lágrimas que me cegaban. !Estaba tan triste por la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle una vela. Cuando ella subió, buscándome, una hora después, me despertó y me dijo que mi madre se había acostado bastante indispuesta y que míster Murdstone y su hermana seguían sentados en el gabinete.

A la manana siguiente, cuando bajaba, algo más temprano que de costumbre, la voz de mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente pedía perdón a miss Murdstone, que se lo concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde aquel día no he visto a mi madre dar ninguna opinión sobre nada sin consultar primero con miss Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios seguros cuál era su opinión. Y nunca he visto a miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de sacar las llaves para devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo, a mamá atemorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía su carácter y era una consecuencia necesaria de la firmeza de míster Murdstone, que no podía consentir que nadie se librase de los más severos castigos imaginables. Sea como sea, recuerdo muy bien los tremendos rostros con que solían ir a la iglesia y cómo había cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria el terrible domingo. Yo entro el primero en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujesen al oficio de condenados. Miss Murdstone me sigue con su traje de terciopelo negro, que parece hecho de un pano mortuorio; después entra mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no está con nosotros, como en los buenos tiempos. Miss Murdstone murmura las respuestas y acentúa todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y cuando dice «miserables pecadores» sus ojos oscuros recorren la iglesia como si se refiriera a todos los presentes. Mi madre mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón míster Murdstone y su hermana, y todos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el menor músculo de la cara, miss Murdstone me da tal golpe con su libro de oraciones, que me hace dano en el costado.

Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso a casa, en que observo que algunos vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras ellos tres van delante, sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es menos ligero y que la alegría de su belleza ha desaparecido. También me pregunto si los vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia … . y pensando estúpidamente en estas cosas me paso triste todo el día.

En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. Míster Murdstone y su hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin embargo, no habían decidido nada todavía, y entre tanto me hacían estudiar en casa.

?Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nominalmente era mi madre quien las presidía, pero en realidad eran míster Murdstone y su hermana, quienes estaban siempre presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de aquella mal llamada firmeza, que era el tormento de nuestras existencias. Yo creo que me retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que vinieran ellos yo tenía bastante facilidad para aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S, parece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado todo el camino por el carino y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado a m! tranquilidad, como una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.

Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las mananas. Después del desayuno me dirijo al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido, sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss

Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos dos personajes ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.

Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá una historia o una geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro. Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría ensenarme el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:

-!Oh Davy, Davy!

-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico -dice míster Murdstone-. No digas "Davy, Davy" ; es una ninería. ?Se sabe la lección o no se la sabe?

-!No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con voz terrible.

-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi madre.

-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que vuelva a estudiarla.

-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi madre-. Vamos, Davy; empiézala otra vez y no seas torpe.

Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar. Pero no puedo pensar en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá costado el batín de su hermano, o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impaciencia, que yo esperaba desde hacía bastante rato. Miss Murdstone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el libro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya terminado las demás.

Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren llenarme la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me dejo llevar por la suerte.

La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con voz de profunda agresividad:

-!Clara!

Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me saca de la habitación agarrándome por los hombros.

Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal todavía me falta lo peor, bajo la forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno … ». Entre tanto yo veo la secreta alegría de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver el problema, y se me considera castigado para toda la tarde.

Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo general de esta manera… Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante; pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo. Y aun cuando pasara la manana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida; pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de que no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me proporcionaba nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás ninos, no me lo consentían; su sombrío carácter les hacía ver a todos los chiquillos como una raza de pequenas víboras (a pesar de que había habido un nino entre los discípulos) y decían que se corrompían unos a otros.

El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses o más fue el de hacerme grunón, sombrío y taciturno. Mucho influía en ello el que cada vez trataban de separarme más y más de mi madre. Estoy seguro de que me hubiera embrutecido por completo de no ser por una circunstancia.

Voy a contarla. En una habitación pequena del último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequena colección de libros de los que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa hueste, a hacerme companía, Roderich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida mía. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme dano, pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de mis sombrías preocupaciones, para leer aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequenas pruebas (que a mí me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de ellas y al poner a míster Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.

Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un infantil Tom Jones inocente o ingenuo. Durante un mes y pico estuve convencido de que era Roderich Ramdom; lo creía, por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no recuerdo ahora cuáles) que había en aquella biblioteca, y durante días y días recuerdo haber recorrido mis regiones armado con un trozo de horma de zapatos y creyéndome la más perfecta encarnación del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en peligro de ser atacado por los salvajes y resuelto a vender cara su vida. El capitán nunca perdía su dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía; pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas y de todas las lenguas, fueran muertas o vivas.

Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello veo siempre ante mi espíritu una tarde de verano: los chicos jugaban en el cementerio, y yo, sentado en mi cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio, en mi espíritu se asociaban con aquellos libros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al hombro descansando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion presidía un club con míster Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea.

El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que era al llegar a este punto de mi infantil historia. Voy a reanudarla.

Aquella manana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo entré empezó a cimbrear en el aire.

-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces.

-Es la pura verdad —dijo miss Murdstone.

-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timidez mi madre-; pero ?crees que eso le ha hecho a Edward mucho bien?

-?Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? -preguntó míster Murdstone gravemente.

-Esa es la cuestión —dijo su hermana.

A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.

Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diálogo, y traté de indagar en los ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.

-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada hipócrita-, tienes que prestar más atención que nunca.

Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.

Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así, que se habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.

Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado casi con la seguridad de que iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi madre se echó a llorar.

-!Clara! —dijo miss Murdstone con su voz de reproche.

-Creo que no me encuentro bien, querida Jane -dijo mi madre.

Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se levantaba y decía cogiendo su bastón:

-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con perfecta firmeza la pena y el tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.

Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss Murdstone, dijo: «!Clara! ?Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse tapándose los oídos y escuché sus sollozos.

Murdstone me acompanó a mi habitación despacio y gravemente (estoy seguro de que le deleitaba toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de pronto mi cabeza debajo de su brazo.

-!Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo suplico, !no me pegue! Le aseguro que hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo recitar. !Verdaderamente es que no puedo!

-?Verdaderamente no puedes, David? Bien, !lo veremos!

Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me retorcía a su alrededor rogándole que no me pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un momento, pues un instante después me pegaba del modo más odioso. En el momento en que empezó a azotarme yo acerqué la boca a la mano que me sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento rechinar mis dientes al pensarlo.

Entonces él me pegó como si hubiera querido matarme a golpes. A pesar del ruido que hacíamos, oí correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá y a Peggotty. Después se marchó, cerrándome la puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo, ardiendo de fiebre, desgarrado y furioso.

!Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la extrana quietud que parecía reinar en la casa! !Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a sentirme cuando la cólera y el dolor fueron pasando!

Estuve escuchando largo rato; pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que casi me asusté. Me dolían los huesos, y cada movimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada al lado de mi sentimiento de culpa. Estoy seguro de que me sentía más culpable que el más temible criminal.

Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera. De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.

Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo sucesivo. ?Lo que había hecho era un crimen? ?Me meterían en la cárcel? ?No habría peligro de que me ahorcasen?

No olvidaré nunca mi despertar a la manana siguiente: el sentimiento de alegría y descanso en el primer momento, y después la opresión de los recuerdos. Miss Murdstone reapareció antes de que me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras que si quería podía pasearme por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, dejando la puerta abierta para que disfrutara, si quería, del permiso.

Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiera podido ver a mi madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella pidiéndole perdón; pero sólo veía a miss Murdstone, pues, aunque para las oraciones de la tarde me sacaban del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba cuando ya todos estaban colocados. Después me dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban, mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta en un panuelo de hilo.

De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos los cuento como anos. Los ratos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las puertas, el murmullo de voces, los pasos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me despertaba creyendo que ya era la manana y me percataba de que todavía no se habían acostado en casa. Los suenos y pesadillas deprimentes. Por las mananas, a mediodía y en la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy dentro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que estaba prisionero. La extrana sensación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo, cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos, que juraría que habría durado anos.

La última noche de mi encierro me desperté al oír mi nombre pronunciado en un soplo. Me senté en la cama y extendí los brazos en la oscuridad, diciendo:

-?Eres tú, Peggotty?

No obtuve contestación inmediata; pero enseguida volví a oír mi nombre en un tono tan misterioso, que si no se me hubiera ocurrido que la voz salía de la cerradura me habría dado un ataque.

Salté a la puerta y puse mis labios en la cerradura, murmurando:

-?Eres tú, Peggotty?

-Sí, Davy querido —contestó ella-; pero trata de hacer menos ruido que un ratón, porque si no el gato lo oirá.

Comprendí que se refería a miss Murdstone y me di cuenta de la urgencia del caso, pues su habitación estaba pared por medio de la mía.

-?Cómo está mamá, querida Peggotty? ?Se ha enfadado mucho conmigo?

Pude oír que Peggotty lloraba dulcemente por su lado, como yo por el mío; después me contestó:

-No; no mucho.

-?Y qué van a hacer conmigo, Peggotty? ?Lo sabes tú?

-Un colegio, cerca de Londres -fue la contestación de Peggotty.

Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvidado de quitar la boca del ojo de la llave, y sus palabras me cosquillearon, pero no entendí nada.

-?Cuándo, Peggotty?

-Manana.

-!Ah! ?Es por eso por lo que miss Murdstone ha sacado toda la ropa de mis cajones? (Pues lo había hecho, aunque yo he olvidado mencionarlo.)

-Sí -dijo Peggotty-La maleta.

-?Y no veré a mamá?

-Sí -dijo Peggotty-, por la manana.

Y entonces Peggotty pegó su boca contra la cerradura y pronunció las siguientes palabras, con tal emoción y gravedad, que nunca ninguna cerradura en el mundo habrá oído otras semejantes. Y dejaba escapar cada fragmento de frase como una convulsive explosión de sí misma:

-Davy querido: ya sabes que si últimamente no he estado tan unida a ti como de costumbre no es que haya dejado de quererte sino todo lo contrario. Es que me parecía lo mejor para ti y para otra persona. Davy querido, ?me oyes? ?Quieres oírme?

-Sí, sí, sí, sí, Peggotty -sollocé.

-!Hijo mío! -dijo Peggotty con infinita compasión-. Lo que quiero decirte es que no debes olvidarme nunca, pues yo nunca te olvidaré a ti y cuidaré mucho de tu madre, Davy, como nunca te he cuidado a ti, y no la abandonaré. Puede llegar un día en que le guste apoyar su pobre cabecita en el brazo de la estúpida y loca Peggotty. Y te escribiré, querido mío, aunque no lo haga bien. Y yo, yo, yo.

Peggotty se puso a besar la cerradura, como no podía besarme a mí.

-!Gracias, querida Peggotty, gracias, gracias! ?Quieres prometerme también otra cosa, Peggotty? ?Quieres escribir a míster Peggotty, a la pequena Emily y a mistress Gudmige y a Ham, diciéndoles que no soy tan malo como podrían suponer, y que les envío todo mi carino, sobre todo a Emily? ?Quieres hacerlo, por favor, Peggotty?

Me lo prometió con toda su alma, y ambos besamos la cerradura con mucho carino. Yo además la acaricié con la mano (lo recuerdo) como si hubiera sido su rostro honrado. Desde aquella noche siento por Peggotty algo que no sabría definir. No era que reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido hacerlo; pero llenaba un vacío en mi corazón que se cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a sentir nunca por nadie; un afecto que podría ser cómico, pero que pienso que si se hubiera muerto no sé lo que habría sido de mí, ni cómo hubiera salido de aquella tragedia.

Por la manana, miss Murdstone apareció como de costumbre y me dio la noticia de mi partida, lo que no me sorprendió, como ella suponía. También me informó de que cuando estuviera vestido bajase al comedor a tomar el desayuno. Allí encontré a mi madre, muy pálida y con los ojos rojos. Corrí a su brazos y le pedí perdón desde el fondo de mi alma.

-!Oh Davy! -exclamó ella-. ?Cómo has sido capaz de hacer dano a una persona a la que yo quiero? Trata de ser mejor. Ruega a Dios que te cambie. Te perdono; pero soy desgraciada, Davy, cuando pienso que tienes esas malas pasiones.

La habían convencido de que yo era muy malo, y eso la entristecía más que mi partida. Lo sentí vivamente. Traté de tomar el desayuno; pero mis lágrimas caían en el pan con manteca y rociaban el té. Vi que mi madre me miraba y después lanzaba una ojeada a miss Murdstone, que estaba allí de plantón a nuestro lado; después miraba al suelo o a lo lejos.

-!La maleta del senorito, aquí! -dijo miss Murdstone cuando se oyó el rodar del carro ante la verja.

Miré, buscando a Peggotty; pero no estaba. Tampoco apareció míster Murdstone. Mi antiguo amigo el cochero me esperaba en la puerta. Metieron la maleta en el carro.

-!Clara! -dijo miss Murdstone en su tono de reproche.

-Estoy dispuesta, Jane mía -contestó mi madre-. Adiós, Davy; si vas, es por tu bien. !Adiós, hijo mío! Volverás para las vacaciones. Te lo ruego, sé bueno.

-!Clara! -repitió miss Murdstone.

-Vale, mi querida Jane —dijo mi madre, que me tenía en sus brazos-. Te perdono, hijo mío, y !que Dios te bendiga!

-!Clara! -repitió miss Murdstone, y fue tan buena, que me acompanó al carro.

Por el camino me dijo que esperaba que me arrepentiría antes de tener un mal fin.

Subí al coche, y el perezoso caballo lo arrastró.


Capítulo 5 Me alejan del hogar

Habíamos andado como una media milla y mi panuelo estaba completamente empapado cuando el carro se paró bruscamente.

Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro vi a Peggotty surgiendo de un arbusto y encaramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y me estrechó contra el corsé con tal fuerza, que casi me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de ello hasta después de un rato, al ver que me dolía. Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con uno de los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces, que introdujo en los míos, y puso entre mis manos una bolsa, todo sin desplegar los labios. Después, dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y se marchó corriendo; estoy seguro de que se fue sin un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre varios que habían caído a mi alrededor, y lo guardé durante mucho tiempo como un tesoro.

El carretero me miró, como preguntándome si ya no volvería. Sacudí la cabeza y le dije que creía que no.

-Entonces !en marcha! -le dijo a su caballo.

Y, efectivamente, este se puso en marcha.

Después de llorar cuanto me fue posible empecé a comprender que no conducía a nada el llorar de aquel modo, principalmente porque ni Roderich Ramdom ni el capitán de la marina real inglesa habían llorado nunca, ni aun en las situaciones más críticas. El carretero, viéndome con aquella resolución—me propuso poner a secar el panuelo en el lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo, y el panuelo me parecía ridículamente pequeno colocado allí.

No tardé en examinar la bolsa. Era un portamonedas fuerte de cuero, que contenía tres chelines muy brillantes, evidentemente pulidos con esmero por Peggotty para mi mayor satisfacción; pero, su más precioso tesoro eran dos medias coronas, que encontré envueltas en un papelito, en el que se leía, de letra de mi madre: «Para Davy, con mi carino».

Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Barkis (el cochero se llamaba así) que tuviera la bondad de devolverme mi panuelo; pero me contestó que le parecía más prudente que siguiera sin él, y comprendiendo que tenía razón, me sequé los ojos con la manga y dejé de llorar.

Había dejado de llorar del todo; pero a consecuencia de mis emociones, todavía me sacudía de vez en cuando un profundo sollozo.

Después de haber viajado así durante un rato pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo el camino.

-?Todo el camino a dónde? -me preguntó.

-Allí -dije.

-?Y dónde es allí? -insistió el hombre.

-Cerca de Londres —dije.

-Pero este caballo -me contestó, sacudiendo las riendas para que le mirase- estaría más muerto que un cochinillo asado antes de la mitad del camino.

-?Entonces no va usted más que a Yarmouth? -pregunté.

-Eso es -dijo Barkis-. Allí tendrás que tomar la diligencia, y la diligencia te llevará hasta… donde vas.

Como esto era mucho hablar para él, pues ya observé en un capítulo precedente que era hombre flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en agradecimiento, y se lo zampó de un bocado, exactamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su rostro no se observó más impresión de la que se hubiera observado en el del elefante.

-?Es ella quien los ha hecho? -preguntó, inclinado, como siempre, hacia delante y con un brazo sobre cada rodilla.

-?Se refiere usted a Peggotty?

-Sí —contestó Barkis.

-Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda la cocina.

-Según eso, ?lo hace ella?

Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero no silbó. Se inclinó a mirar las orejas de su caballo, como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó durante mucho tiempo.

-?Y amorcillos no habrá, supongo?

-?Se refiere usted a los amorcillos de dulce, míster Barkis? -pregunté, creyendo que le apetecían.

-Novios -dijo Barkis-. Noviazgos. ?No habla nadie con ella?

-?Con Peggotty?

-Sí.

-!Oh, no! Nunca ha tenido novio.

-?Nunca lo ha tenido?

Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a silbar y no silbó, y volvió a la contemplación de las orejas de su caballo.

-Según eso -dijo después de un largo rato de reflexión- ?ella es quien hace todas las tartas de manzana y toda la cocina?

Respondí que así era.

-Bien, pues voy a decirte una cosa -me dijo Barkis-. ?Tú piensas escribirle?

-Sí que pienso -respondí.

-!Ah! -dijo, volviéndose a mirarme lentamente—. !Bien! Si le escribes, ?te importaría decirle que Barkis está dispuesto?

-?Que Barkis está dispuesto? -repetí con inocencia—. ?Nada más?

-Sí —dijo lentamente-. Sí: «Barkis está dispuesto».

-Pero usted volverá manana a Bloonderstone, míster Barkis -dije algo emocionado, al pensar que yo, en cambio, estaría muy lejos-. ?No podría decírselo usted mismo?

Rechazó aquella sugerencia con un movimiento de cabeza a insistió en su encargo, diciendo con profunda gravedad: «Barkis está dispuesto». Ese era el mensaje. Yo estaba decidido a transmitírselo; y aquella misma tarde, mientras esperaba a la diligencia en el hotel de Yarmouth pedí papel y pluma y escribí a Peggotty:

«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Barkis está dispuesto." Mis carinos a mamá. Tu afectuoso, DAVY.

» P. D. Dice que quiere que sepas muy particularmente que "Barkis está dispuesto".»

Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis volvió a caer en profundo silencio, y yo, sintiéndome agotado por todo lo sucedido en los últimos días, caí encima de un saco y me quedé dormido.

Duró mi sueno hasta llegar a Yarmouth, que por cierto en el hotel en que nos detuvimos me pareció un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que perdí la esperanza que había acariciado de encontrarme con alguien de la familia Peggotty. !Quién sabe! !Quizá hasta con Emily!

La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y reluciente, pero sin los caballos, y al verla así parecía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres. Pensaba en esto y me preocupaba lo que sería de mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del patio, marchándose después con su carro), y también meditaba en mi suerte futura cuando por una ventana en la que había colgadas aves y algunos embutidos se asomó una senora y dijo:

-?Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?

-Sí, senora -le dije.

-?Cómo se llama usted? -insistió la senora.

-Copperfield.

-No, no es eso -replicó la senora-; la comida está encargada a otro nombre.

-?Será a nombre de Murdstone? -le pregunté.

-Si se llama usted Murdstone, ?por qué ha dicho otro nombre primero? -preguntó la mujer.

Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una campanilla y ordenó:

-William, conduce a este caballero al comedor.

Al oír esto, un camarero que salía corriendo del lado opuesto del patio me miró y pareció muy sorprendido al ver que sólo se trataba de mí.

El comedor era una habitación enorme, rodeada de mapas. Dudo que me hubiera sentido más confuso si los mapas hubieran sido verdaderos países extranjeros donde hubiera caído de improviso. Me parecía que era un atrevimiento enorme el de sentarme allí, con la gorra en la mano, en el borde de la silla más cercana a la puerta. Y cuando el camarero extendió un mantel para mí y puso el salero encima, sentí que me ponía rojo de vergüenza.

Después trajo unas fuentes con chuletas y legumbres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brusco, que yo estaba asustado y con temor de haberle ofendido. Me tranquilicé mucho cuando, poniendo una silla para mí delante de la mesa, me dijo cordialmente:

-Vamos, gigante, siéntate.

Le di las gracias y me senté; pero me parecía dificilísimo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de soltura y no mancharme con la salsa mientras él continuara enfrente sin dejar de mirarme y haciéndome ruborizar de la manera más horrible cada vez que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando me vio empezar la segunda chuleta me dijo:

-Le traigo media pinta de cerveza; ?la quiere usted ahora?

Le di las gracias y le dije que sí.

Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la luz para ensenarme el hermoso color que tenía.

-!Pardiez! -dijo-, es buena cantidad.

-Sí es buena cantidad -le contesté con una sonrisa, pues estaba encantado de verle tan amable. Tenía los ojos muy brillantes, las mejillas muy coloradas y los cabellos tiesos. Y en aquel momento, con un puno en la cadera y en la otra mano el vaso lleno de cerveza, tenía un aspecto de lo más campechano.

-Ayer llegó aquí un caballero -dijo-, un caballero muy grueso, que se llamaba Topsawyer; quizá le conoce usted.

-No, no creo…

-Llevaba pantalones cortos, polainas y sombrero de ala ancha, un traje gris y tapabocas -dijo el camarero.

-No —dije confuso-, no tengo ese gusto…

-Pues vino aquí -continuó el mozo mirando la luz a través del vaso- y pidió un vaso de esta misma cerveza y se empenó en beberla. Yo le dije que no debía hacerlo; pero se la bebió y cayó muerto instantáneamente. Era demasiado fuerte para él. No debían volver a servirla.

Me impresionó muchísimo aquel triste accidente, y dije que en vez de cerveza pensaba tomar un poco de agua.

-Pero lo malo -dijo el camarero, mirando todavía la luz a través del líquido y guinándome un ojo- es que los amos se disgustan si se dejan las cosas después de pedidas. Se ofenden. Lo que sí se puede hacer, si le parece bien, es que yo me la beba; estoy acostumbrado, y la costumbre es todo. No creo que pueda hacerme dano, sobre todo si echo bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ?Quiere usted?

Le contesté que lo agradecería; pero sólo en el caso de que pudiera hacerlo sin el menor peligro; de no ser así, de ninguna manera. Cuando le vi echar la cabeza hacia atrás y beberla deprisa, confieso que sentí un miedo horrible de verlo caer muerto como a míster Topsawyer. Pero no le hizo dano; por el contrario, hasta me pareció que le sentaba bien.

-?,Qué estábamos comiendo? -dijo después, metiendo un tenedor en mi plato- !Ah! ?Chuletas?

-Sí, chuletas —dije.

-!Dios me bendiga! -exclamó-. No sabía que fueran chuletas. Precisamente es lo único para evitar los malos efectos de esta cerveza. !Cuánta suerte tenemos!

Con una mano me cogió una chuleta, con la otra, una patata, y lo comió con el mayor apetito. Yo estaba radiante. Después cogió otra chuleta y otra patata; después otra patata y otra chuleta. Cuando terminó, me trajo un pudding, y sentándose enfrente de mí rumió algo entre dientes, como si estuviera pensando en otra cosa durante unos minutos.

-Qué, ?cómo está ese bizcocho? —dijo de pronto.

-Es un pudding -le contesté.

-!Pudding! -exclamó-. !Dios me bendiga! ?De verdad es pudding? !Cómo! -dijo mirándolo más de cerca—. ?Pero no será un pudding de frutas?

-Sí, precisamente.

-Es que el pudding de frutas -dijo cogiendo una gran cuchara- es lo que más me gusta. ?No es una suerte? Vamos, pequeno, !a ver cuál de los dos lo come más deprisa!

Como es natural, él era quien comía más deprisa. De vez en cuando me animaba para que intentara adelantarle; pero no había competencia posible entre su cucharón de servir y mi cucharilla de café, entre su agilidad y la mía, entre su apetito y el mío; tanto es así, que desde el primer momento perdí las esperanzas de ganarle. Pienso que nunca he visto a nadie saborear un pudding de aquel modo, y después de terminar, todavía se reía como si lo estuviera saboreando.

Le encontré tan amable que me atreví a pedirle pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo mirando por encima do mi hombro mientras escribía la carta. Cuando terminé me preguntó que a qué escuela me mandaban. Yo dije:

-A una cerca de Londres —que era lo que sabía.

-!Oh, Dios mío! -exclamó mirándome con compasión-. !Cuánto lo siento!

-?Por qué? -le pregunté.

-Porque -dijo moviendo la cabeza- esa es la escuela donde han roto a un muchacho dos costillas, a un nino. Tendría, vamos a ver.. ?Cuántos anos tienes?

Le dije que ocho y medio.

-!Precisamente su edad! -dijo-. Ocho anos y seis meses tenía cuando le rompieron la primera costilla, y ocho anos y ocho meses cuando le rompieron la segunda, y murió a consecuencia de ello.

No pude disimular ante mí mismo ni ante el camarero la impresión que me hacía aquella desgraciada coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su contestación no fue para animarme, pues consistió en estas terribles palabras:

-De una paliza.

El ruido de la diligencia en el patio fue una distracción oportuna, que me hizo preguntar algo confuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le debía algo.

-Un pliego de papel -me contestó—. ?Has comprado alguna vez papel de cartas?

No recordaba haberlo comprado nunca.

-Es raro -dijo- a causa de los derechos. Tres peniques. Es la tarifa en esta región. Y no creo que lo tenga nadie, excepto el camarero. La tinta no se cuenta; soy yo quien pierde en ello.

-?Y qué sería… . cuánto sería… , cuánto daré… , cuánto será razonable para pagar al camarero? Dígame -balbucí enrojeciendo.

-Si no tuviera una familia y esta familia no estuviera ahora enferma -dijo el camarero- no aceptaría seis peniques. Si no tuviera que sostener a una madre anciana y a una encantadora hermanita (al llegar aquí pareció muy conmovido), no aceptaría ni un cuarto de penique. Si tuviera un buen sueldo y me trataran bien, sería yo el que de buena gana ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de los desperdicios y duermo en la carbonera… (Al llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)

Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí que una propina menor de nueve peniques demostraría un corazón muy duro. Así es que le di uno de mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas bendiciones, y un momento después lo hacía sonar con la una, para estar seguro de que no era malo.

Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al coche fue observar que todos suponían que me había comido el almuerzo sin ayuda de nadie. Lo descubrí porque oí a la senora de la ventana, que le decía al cochero: «George, cuida bien de ese nino, no vaya a reventar». Y también al ver que todas las criadas de la casa se acercaban a contemplarme como a un fenómeno.

Mi desgraciado amigo el camarero, que había recobrado todo su buen humor, no parecía turbado lo más mínimo, y se unía a la admiración general sin la menor vergüenza. Aun no teniendo la menor duda de él, esto podía haberme hecho dudar; pero creo que, con la sencilla confianza de los ninos y el natural respeto que se tiene a esa edad por los que son mayores (cualidad que me entristece mucho ver que los ninos pierden tan prematuramente), no se me ocurrió sospechar de él ni aun entonces.

Sin embargo, debo confesar que me molestaba mucho ser el objeto de las bromas entre el cochero y el conductor, y estar oyéndoles, sin poder protestar, decir cosas como que el coche se inclinaba por el peso hacia donde yo estaba, y que sería mucho mejor para mí viajar en furgón. La historia de mi supuesto apetito se extendió pronto entre los viajeros, a los que también divirtió mucho, y me preguntaban si en la escuela iba a pagar como si fuésemos dos hermanos o tres, y que si el contrato lo habían hecho en las mismas condiciones que para los demás, y otras muchas cosas semejantes. Pero lo peor de todo era que estaba convencido de que no me atrevería a comer nada cuando llegara la hora, y que, después de haber comido poco, tendría que aguantar toda la noche el hambre, pues en mi prisa había dejado olvidados los pasteles de Peggotty en el hotel. En efecto, mis temores se confirmaron; pues cuando nos detuvimos para cenar, no tuve valor para tomar nada, aunque tenía hambre, y me senté al lado de la chimenea, diciendo que no quería nada. Esto no me libró de nuevas bromas, pues un caballero de voz ronca y rostro rojizo, que había estado comiendo sandwiches todo el camino, excepto cuando bebía vino, dijo que yo debía de ser como las boas, que en una comida tornan lo suficiente para unos cuantos días; después de lo cual se sirvió un trozo enorme de carne cocida.

Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tarde y debíamos llegar a Londres a eso de las ocho de la manana si: Terminaba el verano y la noche era hermosa.

Cuando atravesábamos una aldea, yo trataba de figurarme cómo sería el interior de sus casas y los que las habitaban; y cuando los chicos se encaramaban en el estribo de la diligencia, pensaba si tendrían padres y si serían felices en sus casas. Como se ve, no dejaba de pensar un momento, aunque lo que más me preocupaba era el sitio donde me dirigía, horrible motivo de reflexión. A veces recuerdo que me ponía a pensar en mi casa y en Peggotty, y trataba confusamente de recordar cómo sentía y qué clase de nino era antes de haber mordido a míster Murdstone; pero no lo conseguía. Me parecía que aquello databa de la más remota antigüedad.

La noche fue menos alegre que la tarde, porque hacía frío. A mí me colocaron entre dos caballeros (el de la cara roja y otro), por precaución no me fuera a caer. Y aquellos dos senores, a cada cabezada que daban al dormir casi me despachurraban. Algunas veces me oprimían tanto, que no podía por menos de gritar: «!Oh, por favor»!, lo que les molestaba extraordinariamente.

Enfrente llevaba a una senora vieja, envuelta en una capa de piel, y que en la oscuridad más parecía un almiar que una senora, de tal modo iba empaquetada. Dicha senora llevaba consigo una cesta que durante mucho tiempo estuvo sin saber dónde ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello era un horrible tormento y me hacía desgraciado, pues no dejaba de rozarme un instante. Al menor movimiento la loza que contenía la cesta chocaba contra alguna otra cosa, y entonces la senora me daba un golpe terrible con el pie y me decía:

-?Quieres estarte quieto? !Tan chico y tan inquieto!

Por último, empezó a amanecer, y entonces me pareció que mis companeros dormían más tranquilos, desapareciendo las dificultades con que luchaban durante la noche y que habían encontrado expresión en los más horribles ronquidos y resoplidos concebibles. Conforme el sol subía, su sueno era más ligero, y poco a poco se iban despertando. Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la comedia de todos asegurando que no habían dormido en absoluto, y la extrana indignación con que lo aseguraban. Todavía persiste en mí el sentimiento de asombro de aquel día, pues he observado invariablemente que, de todas las debilidades humanas, la que menos dispuesto se está a reconocer es la de haber dormido yendo en coche.

Lo extrano que me pareció Londres cuando lo vi a distancia, el convencimiento que tenía de que todas las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban allí, y cómo me parecía que la ciudad aquella estaba más llena de maravillas y de crímenes que todas las ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fuimos acercándonos poco a poco, y por fin llegamos al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia. He olvidado si aquello se llamaba « El toro azul» o «El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese estaba pintado en la portezuela del coche.

El conductor me miró fijamente mientras bajaba y preguntó asomándose a la puerta de las oficinas:

-Si hay alguien que pregunte por un muchacho llamado Murdstone, que viene de Bloonderstone Sooffolk, que se acerque a reclamarle.

Nadie contestó.

-Intente usted diciendo Copperfield, ?quiere hacer el favor? —dije bajando con temor los ojos.

-Si hay alguien que busque a un muchacho inscrito con el nombre de Murdstone, procedente de Bloonderstone Sooffolk, pero que responde al nombre de Copperfield, y que debe esperar aquí a que le reclamen -dijo el conductor-, que venga. ?No hay nadie?

No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alrededor; pero la pregunta no había impresionado a ninguno de los presentes; sólo un hombre con polainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería ponerme un collar y atarme en el establo como a un perro sin dueno.

Pusieron una escala y bajé detrás de la senora que parecía un almiar, pues no me había atrevido a moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche; también habían sacado los equipajes, desenganchado los caballos, y hasta la diligencia había sido conducida entre varios empleados fuera del camino, cuando todavía no se había presentado nadie a reclamar al polvoriento nino que venía de Bloonderstone.

Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel, por lo menos, no tenía a nadie que le mirase mientras estaba solitario, entré en las oficinas de la diligencia, y por invitación de un empleado pasé a sentarme detrás del mostrador, en la báscula de pesar los equipajes. Mientras estaba allí mirando los montones de maletas y libros y percibiendo el olor de las cuadras (que para siempre estará asociado en mi memoria con aquella manana), una procesión de los más terribles pensamientos empezó a desfilar por mi cerebro. Suponiendo que nadie se presentase a buscarme, ?cuánto tiempo me permitirían estar allí? ?Podría estar hasta que se me terminaran los siete chelines? ?Dormiría por la noche en uno de aquellos departamentos de madera con los equipajes? Y por las mananas, ?tendría que lavarme en la bomba del patio? ?O tendría que marcharme todas las noches y esperar a que fuese de día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me habían reclamado? ?Y si aquello sólo hubiera sido una invención de míster Murdstone para deshacerse de mí? ?Qué me ocurriría? Si al menos me dejaran permanecer allí hasta que se me terminaran los chelines; lo que no podía esperar ni remotamente era que me dejasen continuar cuando empezase a morirme de hambre. Sería muy molesto para los empleados, y además se exponía «El yo no sé qué azul» a tener que pagarme el entierro. Si intentara volver a mi casa, ?conseguiría encontrar el camino? ?Sería posible que pudiera ir andando hasta tan lejos? Y además, ?estaba seguro de que en casa quisieran recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de Peggotty. ?Y si fuera a buscar a las autoridades y me ofreciera como soldado o marino? Era un nino tan chico, que seguro no querrían tomarme. Estos pensamientos y otros mil semejantes me tenían febril de miedo y emoción. Y estaba en lo más fuerte de mi fiebre cuando se presentó un hombre, cuchicheó con el empleado, y este, levantándome de la báscula, me presentó como si fuera un paquete vendido, pagado y pesado.

Mientras salía de la oficina con mi mano en la de aquel senor, le lancé una mirada. Era un joven pálido y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra como la de míster Murdstone. Pero esa era la única semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un traje negro, también viejo y raído y que le estaba corto, y llevaba un panuelo blanco que no estaba muy limpio. No he supuesto nunca, ni quiero suponerlo, que aquel panuelo fuese la única prenda de ropa blanca que llevase el joven; pero desde luego era lo único que se veía de ella.

-?Es usted el nuevo alumno? -me preguntó.

-Sí, senor -dije.

Suponía que lo era, aunque no lo sabía.

-Yo soy un profesor de Salem House -me dijo.

Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel profesor de Salem House; tanto, que hasta que no estuvimos a alguna distancia no me atreví a decirlo. Ante mi humilde insinuación de que quizá después podría serme útil, volvimos atrás, y dijo al empleado que tenía ya el mozo instrucciones para recogerla a mediodía.

-Si hiciera usted el favor -dije cuando estuvimos, poco más o menos, a la distancia de antes-. ?,Es muy lejos?

-Por Blackheath -me dijo.

-?Y eso está muy lejos, caballero? -pregunté tímido.

-Sí; es buena tirada; pero iremos en la diligencia. Habrá unas seis millas.

Estaba tan débil y cansado, que la idea de hacer otras seis millas sin restaurar mis fuerzas me pareció imposible, y me atreví a decir que no había cenado aquella noche y que si me permitía comprar algo de comer se lo agradecería. Se sorprendió bastante (le veo todavía detenerse a mirarme), y después de unos segundos me dijo que sí; que él tenía que visitar a una anciana que vivía allí cerca, y que lo mejor sería que comprase algo de pan y cualquier otra cosa que me gustase y fuese sana y que en casa de la anciana me lo comería. Además, allí podrían darme leche.

Entramos en una panadería, y después de proponer yo la compra de varios pasteles, que él rechazó una a una, nos decidimos en favor de un apetitoso panecillito integral que costó tres peniques. Además compramos un huevo y un trozo de tocino ahumado. Al pagar me devolvieron tanta calderilla del segundo chelín, que Londres me pareció un sitio muy barato. Con estas provisiones atravesamos, en medio de un ruido y un movimiento horribles, un puente que debía de ser el puente de Londres (hasta creo que el profesor me lo dijo, pero yo iba dormido), y llegamos a casa de la anciana, que vivía en un asilo, como me figuré por su aspecto y supe por una inscripción que había sobre la piedra del dintel, donde decía que había sido fundado para veinticinco ancianas pobres.

El profesor de Salem House abrió una de aquellas puertecitas negras, que eran todas iguales y que tenía una ventanita de cristales a un lado y otra encima, y entramos en la casita de una de aquellas pobres ancianas. Su duena estaba atizando el fuego, sobre el que había colocado un puchero. Al ver entrar a mi acompanante se dio un golpe con el soplillo en las rodillas y dijo algo como «Mi Charles»; pero al verme a mí se levantó frotándose las manos y haciendo una confusa reverencia.

-?Podría usted hacer el favor de preparar el desayuno de este nino? —dijo el profesor.

-?Que si puedo? !Ya lo creo! -dijo la anciana.

-?Y cómo se encuentra hoy mistress Fibitson? -dijo !ni acompanante, mirando a otra anciana que había sentada en una silla, muy cerca del fuego, y que parecía un montón de harapos, que todavía ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios de no haberme sentado, por distracción, encima.

-No está muy bien la pobre -dijo la primera anciana-. Está en uno de sus peores días. Si se apagase el fuego, se apagaba con él.

Y como la miraban, la miré también yo. Aunque en realidad era un día bastante caluroso, la anciana no parecía poder pensar en nada que no fuese aquel fuego. Sentía celos de la cacerola que había puesta encima, y tengo motivos para sospechar que la odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues vi que cuando nadie la miraba me amenazaba con el puno. El sol entraba por la ventanita; pero ella, sentada en su sillón, le volvía la espalda y contemplaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente en lugar de calentarse ella. Cuando los preparativos de mi desayuno acabaron y quedó libre el fuego, le dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir que su risa no era muy melodiosa. Me senté ante mi panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además, me pusieron una taza de leche; me parecía un desayuno delicioso. Todavía estaba gozando de ello, cuando la duena de la casa dijo a mi profesor:

-?Llevas ahí la flauta?

-Sí —contestó él.

-Pues anda, toca algo —dijo suplicante la anciana.

El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó las tres piezas de una flauta, la armó y empezó a tocar. Mi impresión ahora, después de tantos anos, es que no puede haber en el mundo nadie que toque peor. Sacaba los ruidos más disparatados que puedan producirse por ningún medio natural o artificial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo dudo; pero la impresión que aquella melodía me produjo fue: primero, hacerme pensar en todas mis desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segundo, quitarme el apetito, y, por último, producirme tal sueno, que no podía seguir con los ojos abiertos. Todavía se me cierran si pienso en el efecto que me causó la música en aquella ocasión. Aún me parece ver la habitación aquella, con su armario entreabierto en un rincón y las sillas con los respaldos perpendiculares, y la pequena y angulosa escalera que conducía a otra habitacioncita, y las tres plumas de pavo real extendidas encima de la chimenea. Recuerdo que en el primer momento me preocupó lo que el pavo pensaría si supiese para lo que servían sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra, inclino la cabeza y me duermo. La flauta deja de oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia, y estoy de viaje. La diligencia se detiene, me despierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el profesor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, tocándola tristemente, mientras la duena de la casa le escucha deleitada. Pero también esto desaparece, todo desaparece; ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copperfield; sólo hay un profundo sueno.

Y pensé que sonaba cuando, una vez de las que oía aquella horrible música, me pareció ver a la anciana que se acercaba poquito a poco, en su estática admiración, se inclinaba sobre el respaldo de la silla y dabs al músico un beso carinoso, interrumpiendo la música un momento. Estaba en ese estado, entre la vigilia y el sueno, pues cuando continuó (el que se interrumpió la música es seguro) vi y oí a la misma anciana preguntar a mistress Fibitson si no le parecía delicioso, refiriéndose a la flauta. A lo que mistress Fibitson replicó: « !Ah, sí! !Ah, sí! », y se inclinó hacia el fuego, al que estoy seguro que atribuía todo el mérito de la música.

Me pareció que había pasado mucho tiempo cuando el profesor de Salem House, desmontando su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y partimos. Encontramos la diligencia muy cerca de allí, y subimos en la imperial; pero yo tenía un sueno tan terrible, que cuando nos paramos para coger más gente me metieron dentro, donde no iba nadie, y pude dormir profundamente hasta que el coche llegó ante una gran pendiente, que tuvo que subir al paso, entre dos hileras de árboles. Pronto se detuvo. Habíamos llegado a nuestro destino.

A los pocos pasos el profesor y yo nos encontramos delante de Salem House. El edificio estaba rodeado de una tapia muy alts de ladrillo y tenía un aspecto muy triste. Encima de una puerta practicada en el muro se leía: «Salem House». Llamamos, y a través de un ventanillo de la puerta nos contempló un rostro antipático, que pertenecía, según vi cuando se abrió la puerta, a un hombre grueso con cuello de toro, una pierna de palo, frente muy abultada y cabellos cortados al rape.

-El nuevo alumno —dijo el profesor.

El hombre de la pierna de palo me miró de arriba abajo; no tardó mucho en ello, !era yo, tan pequeno! Después cerró la puerta, guardándose la llave en el bolsillo. Nos dirigíamos a la casa, pasando por debajo de algunos grandes y sombríos árboles, cuando llamó a mi guía:

-!Eh!

Nos volvimos. Estaba parado ante su portería, con un par de botas en la mano.

-!Oiga! El zapatero ha venido -dijo-cuando usted no estaba, míster Mell, y dice que esas botas ya no se pueden volver a remendar; que no queda ni un átomo de la primera piel, y que le asombra que pueda usted esperarlo.

Al decir esto, arrojó las botas tras de míster Mell, que volvió atrás para cogerlas y las miró muy desconsoladamente mientras se acercaba a mí. Entonces observé por primera vez que las botas que llevaba debían de haber trabajado mucho, y que hasta por un sitio asomaba el calcetín.

Salem House era un edificio cuadrado, de ladrillo, con pabellones, de aspecto desnudo y desolado. Todo a su alrededor estaba tan tranquilo, que pregunté a mi guía si era que los ninos estaban de paseo. Pareció sorprenderse de que yo no supiera que era época de vacaciones. Todos los chicos estaban en sus casas. Míster Creakle, el director, estaba en una playa con mistress Creakle y miss Creakle; y si yo estaba allí, era como castigo por mi mala conducta. Todo esto me lo explicó a lo largo del camino.

La clase donde me llevó me pareció el lugar más triste que he visto en mi vida. Todavía lo estoy viendo: una habitación larga, con tres hileras de pupitres y seis de bancos, y todo alrededor perchas para sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de ejercicios ensucian el suelo. Algunas cajas de gusanos de seda ruedan por encima de los pupitres. Dos desgraciadas ratas blancas, abandonadas por su dueno, recorren de arriba abajo un castillo muy sucio hecho de cartón y de alambre, y sus ojillos rojos buscan por todas partes algo que comer. Un pajarillo, dentro de una jaula tan chica como él, hace un ruido monótono saltando desde el palito al suelo y del suelo al palito; pero no canta ni silba. En la habitación reina un olor extrano a insano a cuero podrido, a manzanas guardadas y a libros apolillados. Y no podría haber más tinta vertida por toda ella si al construir la casa hubieran olvidado poner techo y hubiera estado lloviendo, nevando o granizando tinta durante todas las estaciones del ano.

Míster Mell me dejó solo mientras subía sus botas irreparables.

Yo avanzaba despacio por la habitación observándolo todo. De pronto, encima de un pupitre me encontré con un cartel escrito en letra grande y que decía: «!Cuidado con él! !Muerde! ».

Me encaramé inmediatamente encima del pupitre, convencido de que por lo menos había un perro debajo. Pero por más que miraba con ojos asustados en todas direcciones, no veía ni rastro. Estaba todavía así, cuando volvió míster Mell y me preguntó qué hacía allí subido.

-Dispénseme; es que estaba buscando al perro.

-?Al perro? —dijo él- ?A qué perro?

-?No es un perro?

-?Que si no es un perro?

-Del que hay que tener cuidado porque muerde.

-No, Copperfield -me dijo gravemente-. No es un perro; es un nino. Tengo órdenes, Copperfield, de poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener que empezar con usted de este modo; pero no tengo otro remedio.

Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que estaba hecho a propósito para ello) en la espalda como una mochila, y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo a todas partes conmigo.

Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie lo puede imaginar. Tanto si era posible vérmelo como si no, yo siempre creía que lo estaban leyendo, y no me tranquilizaba el volverme a mirar, pues siempre seguía pareciéndome que alguien lo estaba viendo. El hombre de la pierna de palo, con su crueldad, agravaba mis males. Era una autoridad allí, y si alguna vez me veía apoyado en un árbol, o en la tapia, o en la fachada de la casa, se asomaba a su puerta y me gritaba con voz estentórea:

-!Eh! Míster Copperfield, ensene su letrero si no quiere que se lo haga ensenar yo.

El patio de recreo estaba abierto, por la parte de atrás, a las dependencias de la casa, y yo sabía que todas las criadas leían mi letrero, y el panadero, y el carbonero; en una palabra, todo el mundo que iba por la manana a la hora en que yo tenía orden de pasear por allí; todos leían que había que tener cuidado conmigo, porque mordía. Y recuerdo que positivamente empecé a tener miedo de mí mismo como de un nino salvaje que mordiese.

En aquel patio había una puerta muy vieja, donde los chicos acostumbraban a grabar sus nombres, y que estaba cubierta por completo de inscripciones. En mi miedo a la llegada de los otros ninos, no podía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con que leerían: « !Cuidado con él! !Muerde! ». Había uno, un tal J. Steerforth, que grababa su nombre muy a menudo y muy profundamente y a quien me figuraba leyéndolo a gritos y después tirándome del pelo. Y había otro, un tal Tommy Traddles, de quien temía que se acercara como distraído y después hiciera como que se asustaba de encontrarse a mi lado. A otro, George Demple, me le figuraba leyéndolo cantando. Y me pasaba el tiempo mirando aquella puerta (pequena y temblorosa criatura) hasta que todos aquellos propietarios de los nombres (eran cincuenta y cuatro, según me dijo míster Mell) quisieran enviarme a Coventry por unanimidad, y gritaran cada uno a su manera: «!Cuidado con él! !Muerde!» .

Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y los bancos; lo mismo con las camas del dormitorio desierto, a las que miraba cuando estaba acostado. Todas las noches sonaba: unas, que estaba con mi madre, como de costumbre; otras, que estaba en casa de míster Peggotty, o viajando en la diligencia, o almorzando con mi desgraciado amigo el camarero, y en todas aquellas circunstancias, la gente terminaba asustándose al darse cuenta de que sólo llevaba la ligera camisa de dormir y el letrero.

La monotonía de mi vida y la constante aprensión de la reapertura de la escuela me tenían en una insoportable aflicción. Todos los días tenía que hacer muchos deberes para míster Mell; pero lo hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos Murdstone. Antes y después de mi trabajo, me paseaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de la pierna de palo. !Cómo recuerdo la humedad de la tierra alrededor de la casa, las piedras cubiertas de musgo en el patio, una fuente muy vieja y destrozada, y los descoloridos troncos de algunos árboles raquíticos, que parecía que no podía haber en el mundo otros que hubieran recibido más lluvia y menos sol! A la una comíamos míster Mell y yo en una esquina del largo comedor, lleno de mesas desnudas. Después nos poníamos a trabajar hasta la hora triste del té, que mister Mell tomaba en una taza azul y yo en una de estano. Todo el día y hasta las siete o las ocho de la noche míster Mell permanecía en su pupitre trabajando sin descanso con plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas, según supe después, del último semestre. Cuando, ya por la noche, dejaba su trabajo, armaba la flauta y la tocaba con tanta energía, que yo tenía miedo de que de un soplido fuera a entrar por el gran agujero del instrumento y después saliera por algún agujerillo de las teclas.

Todavía me parece ver a mi pequena personilla en la habitación apenas iluminada, sentado, con la cabeza entre las manos y escuchando la dolorosa melodía de míster Mell y estudiando. Me veo también con los libros cerrados a mi lado y oyendo a través de aquella música los ruidos habituales de mi casa, o el soplar del viento en la llanura de Yarmouth, y sintiéndome muy triste y muy solo. Me veo metiéndome en la cama, entre todos aquellos lechos solitarios, y sentándome en ella a llorar de deseo por una palabra carinosa de Peggotty. Y luego, a la manana, me veo bajando la escalera y mirando a través de un tragaluz, que la ilumina, la campana de la escuela, suspendida en lo alto, con la veleta encima, y pienso en cuándo sonará llamando a J. Steerforth y a todos los demás al trabajo. Y, sin embargo, este no es mas que un temor secundario, pues lo que me horroriza es el momento en que el hombre de la pierna de palo abra la puerta para dejar pasar al terrible míster Creakle.

Y aunque creo que no soy un chico malo … . como sigo llevando el cartel en la espalda…

Míster Mell nunca me hablaba mucho, pero no era malo conmigo. Creo que nos hacíamos mutuamente companía, aunque no nos habláramos. He olvidado mencionar que él, algunas veces, hablaba solo; entonces rechinaba los dientes, apretaba los punos y se tiraba de los pelos de una manera extrana; pero debía de ser costumbre, y aunque al principio me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.