Wydawca: Guid Publicaciones Kategoria: Poradniki Język: angielski Rok wydania: 2017

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Opis ebooka El Principio de Sorites - Ian Gibbs

Del 1 al 10, siendo 1 supremamente eficiente y 10 nombrado procrastinador de primera categoría, ¿qué puntaje te darías? ¿Eres una persona que comienza cosas pero no las termina? Los primeros días de un proyecto, ¿los encaras con mucho entusiasmo, antes de perder el deseo de vivir y abandonar el proyecto? ‘El Principio de Sorites: Cómo aprovechar el poder de la perseverancia’ te provee con el camino y las técnicas para ayudarte a comenzar el proyecto de tu elección, y a través de la constante aplicación de pequeñas acciones, seguir adelante hasta que esté completado. Entonces, ¿cuál es tu sueño? ¿Te gustaría adquirir una nueva habilidad, perder peso, convertirte en un director de cine, mantener tu casa arreglada y limpia? O….. (llena el espacio en blanco). El Principio de Sorites está aquí para apoyarte en el proceso y ayudarte a hacerlo lo menos doloroso posible.

Opinie o ebooku El Principio de Sorites - Ian Gibbs

Fragment ebooka El Principio de Sorites - Ian Gibbs

Copyright

El Principio de Sorites

©2017, Guid Publicaciones

Bruc, 107, 5-2

08009 Barcelona

España

Email: guid@guid-publicaciones.com

Diseño: Estudio Hache

ISBN: 978-84-945213-8-6 formato papel

978-84-945213-9-3 ebook

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni

su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma

o cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia,

por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito

de los titulares del copyright. Reservados todos los derechos,

incluido el derecho de venta, alquiler, préstamo o cualquier otra

forma de cesión del uso del ejemplar.

La editorial respeta íntegramente los textos de los autores, sin

que ello suponga compartir lo expresado en ellos.

www.guid-publicaciones.com

A Llewellyn Gibbs, mi padre,

por todo lo que me enseñó y por todo el amor que me dio.

Prólogo

Este es un libro útil y es importante subrayarlo. No todos los libros llamados “de auto-ayuda” lo son, aunque lo pretendan: algunos pecan de densos o confusos, otros se van por las ramas y al lector le queda la sensación de no saber muy bien lo que pretendía el autor. No es este el caso: este es un libro que cumple con su cometido.

Es un libro lleno de sabiduría y esto es todavía menos común. No todos los autores son capaces de la perspectiva y la síntesis necesarias para transmitir algo tan básico y esencial en todas las culturas como es el poso de la experiencia. Me refiero a aquel destilado de sabiduría que encierran los buenos refranes.

Es un libro que emana sentido común: como es bien sabido, el menos común de los sentidos, sobre todo en el mundo de hoy en el que menudean las falsas verdades.

Es un libro fácil de leer y es de agradecer. Su autor me consta que ha trabajado duro para lograr contarnos lo que nos cuenta de manera llana, próxima, casi coloquial, como nos lo contaría un amigo. Y con muchas pinceladas de humor. Para ello, no duda en compartir historias personales (a veces muy personales), experiencias, éxitos y fracasos (más fracasos que éxitos) y consigue arrancarnos sonrisas, cuando no carcajadas.

Es un libro práctico, muy práctico, que abunda en trucos y consejos para los que se proponen cosas y quieren conseguirlas – o sea, para todos: ¿quién no se propone cosas en la vida? ¿Y quién no quiere conseguir lo que se propone? No es un libro para aquellos a los que gusta hacer castillos en el aire, sino para los que, como el autor, tienen los pies bien asentados en el suelo.

Es un libro que contiene una gran idea (contiene muchas, pero especialmente una). Como todas las grandes ideas, tiene la elegancia y la belleza de parecer simple. Es una idea poderosa, de amplio espectro, que tiene múltiples aplicaciones en la vida real, en lo cotidiano. Es una receta para el éxito personal y profesional.

Es, eso sí, un libro con un título algo raro, pero cuyo significado se desvela pronto. Por supuesto, no voy a ser yo quien lo haga, pero sí les daré una pista. Es esta: un montón de arena.

No digo más. ¡Buena lectura!

Oleguer Sarsanedas

Introducción

En mis años universitarios en Saint Andrew’s, en Escocia, tuve la suerte de entablar una amistad con John Firth, al que cito más adelante como autor de la frase «¿No es asombroso, las cosas que puedes encontrar para hacer cuando no quieres trabajar?»

Un día decidió que para distraerse de su trabajo, debía distraerme a mí del mío convenciéndome, lo que no le costó mucho, para que le acompañara aquel fin de semana a hacer una excursión. Así fue cómo, una fresca mañana de primavera del año 1985, temprano, me encontré a las puertas de Fort William, con el sol de la mañana dándome en la cara y una pesada mochila sobre la espalda, mirando satisfecho las botas de montaña que me acababa de comprar mientras John se recreaba contando lo bien que lo íbamos a pasar y lo divertido que sería todo.

Y así fue… durante los primeros 50 minutos.

Al cabo de una hora, sin embargo, me di cuenta de que lo de las botas nuevas había sido un error. En la tienda me había parecido que me iban que ni pintadas, pero ahora estaban empezando a rozar en determinados puntos de mi anatomía podal y ni con la ayuda de un pañuelo de tela a medio usar y varios pañuelos de papel estratégicamente colocados dentro de los calcetines conseguía aliviar el roce. Sin embargo, como me hacía del fuerte, decidí limitar mis quejas1 y seguir disfrutando de las vistas, los sonidos y la amplia gama de aromas que ofrece la costa oeste de Escocia en primavera.

No mucho más tarde, y a pesar de las garantías que había dado el parte meteorológico de la noche anterior, una enorme nube negra surgió de la nada y empezó a llover. No en su modalidad de agradable llovizna de abril, sino más bien de tormenta repentina; una cortina de agua que duró apenas unos minutos, lo suficiente para que quedáramos totalmente empapados. No llevábamos impermeables, ya que no habíamos pensado que los íbamos a necesitar. Nos encontrábamos en campo abierto y sin lugar donde refugiarnos. Estábamos chorreando.

Pero las nubes y la lluvia desaparecieron enseguida y volvió a brillar el sol. Seguimos impasibles nuestro camino (llegados a este punto, John ya no hablaba de diversión) hasta que dimos con un pub y esto nos subió los ánimos. Y subieron más todavía cuando nos enteramos que en aquel pub servían cuatro cervezas locales distintas y dos más extranjeras. Hubiese sido una descortesía negarse a probarlas.

Unas cuatro horas más tarde salíamos del pub, en cierto modo en mejores condiciones y en cierto modo no, medio tambaleándonos y cojeando un poco, convencidos ya de que la idea de la excursión había sido un gran error. Conseguimos llegar hasta donde habíamos dejado el coche, nos fuimos a casa y desde entonces nunca más he intentado hacer senderismo.

Años más tarde, en mi calidad de coach, suelo utilizar esta anécdota personal como metáfora de la manera en que intentamos hacer las cosas, especialmente las que consideramos metas u objetivos importantes. Todos hemos oído aquella famosa frase que dice «un viaje de mil millas comienza con un simple paso». Creo que es un tipo de discurso no solo erróneo, sino francamente peligroso. Es el tipo de idea que conlleva frustración, decepción e incluso depresión. Se tiende a pensar que como la idea de lograr nuestros objetivos a pequeños pasos, una tras otro, es una idea simple, entonces, lógicamente, tiene que ser fácil. Siento disentir. Un viaje de mil millas está lleno de baches y escollos, de giros equivocados y callejones sin salida, de distracciones, tentaciones y toda una extensa gama de obstáculos inesperados. Pensamos que nos podemos poner en marcha con una preparación mínima pero, por desgracia, no es así. ¿Cuántos de nosotros abandonamos nuestros propósitos de Año Nuevo al cabo de tan solo unos días? ¿Cuántos de nosotros nos embarcamos en aventuras para luego descubrir que no tenemos lo necesario para seguir?

Yo propondría lo siguiente: el viaje de mil millas no comienza con un simple paso. Comienza con mucha planificación y preparación, sabiendo con qué tipo de obstáculos mentales y físicos nos podemos encontrar en el camino y qué hacer, como máximo, para evitarlos y, como mínimo, para hacerles frente.

Esto es de lo que trata este libro. Es un libro sobre viajes de mil millas y cómo emprenderlos. Sobre cómo lograr grandes cosas haciendo un montón de cosas pequeñas y muy simples. Sobre perseverancia, progreso, positividad y otras palabras importantes que también empiezan con ‘P’.

Pero lo realmente importante es que se trata de un libro sobre cómo puedes aumentar tus posibilidades de lograr todas esas cosas importantes en la vida que requieren esfuerzo y dedicación y que, hasta ahora, pensabas que estaban fuera de tu alcance.

En cierto modo, este libro es en sí mismo una demostración. Sin las ideas, historias, trucos y consejos que he recogido y compactado en las páginas que siguen, yo nunca habría tenido el valor ni la perseverancia de escribirlo. No sé si un libro de 94.000 palabras les suena a poco o a mucho, pero les aseguro que a mí me pareció una tarea de enormes proporciones, sobre todo durante los primeros meses, cuando acababa de empezar a escribir. Este libro es el fruto de casi un año de constante escritura y re-escritura, de ir anotando ideas sin parar y, al mismo tiempo, de lucha contra las frecuentes visitas de Doña Futilidad y sus desagradables amiguitos: Apatía, Distracción, Letargo y Baja Autoestima. Me complace decir que Doña Futilidad y sus compinches perdieron la batalla, en gran parte gracias a la munición de ideas e información que contiene este libro.

He disfrutado (en general) de escribirlo, y he puesto en él parte de mi alma. Encuentro que muchos libros de autoayuda o similares son textos bastante formales, y me atrevería a decir algo vacíos, que contienen mucha información útil, pero suelen carecer de la personalidad o individualismo del autor. Espero que a la vez que saques provecho de la información que contiene este libro, también llegues a conocerme un poco, de qué voy, que llegues a conocer mi sentido del humor y disfrutes con las historias y anécdotas en lo que valen y para lo que sirven: como medio para transmitir ideas de manera fácil de asimilar. Espero, pues, que este manual te sea tan agradable de leer como ha sido para mí escribirlo, y que su lectura sea tan gratificante como útil para que puedas lograr, lector, todos aquellos objetivos que son importantes para ti.

Manifestar lo evidente

Una ley fundamental del coaching es la confidencialidad. El coaching se basa en la confianza. Todo lo que el cliente comunica a su coach es materia absolutamente reservada. Una persona tiene que abrirse mucho para que su relación de coaching funcione y esto es poco probable que suceda si piensa que su coach se va a poner a escribir sus memorias más tarde.

Por esta razón, quiero que conste mi afirmación categórica de que, si bien muchos de los ejemplos y anécdotas que he incluido en estas páginas se basan en experiencias de mis clientes (y mías), los nombres y datos sobre su persona han sido alterados para evitar atenciones indeseadas, situaciones embarazosas o demandas legales. Así que, como dicen en el cine, cualquier parecido entre las personas que aparecen en este libro y personas reales es pura coincidencia – sinceramente.

Elogio de mi esposa

Al leer este libro, te encontrarás de vez en cuando con alguna descripción (cuando no confesión) relativa a mi vida doméstica. Me refiero a detalles de cómo hago las tareas del hogar y cosas por el estilo. A primera vista, podría dar la impresión de que hago la mayor parte de las tareas del hogar, mientras que mi esposa no hace prácticamente nada. Esto no es exactamente así. Todos tenemos la tendencia de sobrevalorar nuestra contribución en tales menesteres. Si se le pregunta a cualquier pareja qué porcentaje de tareas domésticas corren a cargo de cada uno, las dos cifras obtenidas suelen sumar siempre más del 100%. Para ser honestos, debo confesar que aunque consciente de esta tendencia, a mí me ocurre lo mismo. Pruébalo tú y verás. Ahora bien, en mi caso, lo cierto es que yo lavo casi todos los platos, me ocupo de lavar la ropa y de pasar la aspiradora (mi mujer admite abiertamente que ella ni siquiera sabe cómo funciona), también hago la mayor parte de las compras, todo el bricolaje, y me ocupo de encender la chimenea.2 También me toca a mí lograr que los niños se levanten, se vistan y desayunen, prepararles las fiambreras y llevarlos a la escuela. Pero, como dice mi querida esposa, todo esto es porque ella tiene un ‘buen trabajo’ que le obliga a levantarse a una hora intempestiva (se refiere a las 7) y llegar a casa hecha polvo (de tanto estar sentada en su despacho, digo yo). Y añade que, considerando la nefasta incompatibilidad del horario laboral español con tener hijos, si no fuera por el hecho de que ella aceptó una reducción de salario para reducir su jornada de trabajo, no podría siquiera ir a recoger a los niños de la escuela por las tardes.

O sea que aunque hago bastantes cosas en casa, mi mujer se encarga de cocinar, limpiar, llevar la contabilidad, gestionar semanalmente la montaña de ropa lavada y secada de los niños y ocuparse de ellos en general, en la salud como en la enfermedad. De hecho quisiera hacer constar aquí que mi mujer tiene la paciencia de una santa. No solo con las constantes demandas, berrinches y tácticas para llamar la atención de los gemelos, sino también con las constantes demandas, berrinches y tácticas para llamar la atención mías. En sus propias palabras, y lo ha dicho en varias ocasiones a lo largo de los últimos doce meses, «Ahora entiendo por qué los autores agradecen tan a menudo a sus compañeras todo su apoyo».

1 ¿Sorites? ¿Qué es eso de Sorites?

Imagínate que hace un día precioso y estás sentado en el jardín saboreando tranquilamente una magnífica taza de té, cuando de pronto oyes un estruendo procedente del fondo del jardín y aparece un camión volquete de grandes dimensiones descontrolado que atraviesa el seto marcha atrás y acaba vaciando toda la carga de arena que lleva sobre el césped recién cortado. El conductor se deshace en disculpas, pero como no se ha producido ningún daño personal, se encarama de nuevo a la cabina y tras asegurar que vendrá alguien del ayuntamiento por la mañana a ‘arreglar las cosas’, pone el motor en marcha y se aleja, dejándote con un montón de arena que te recuerda mucho a una de aquellas pirámides en ruinas que salían en el reportaje fotográfico que realizó tu vecino durante las vacaciones del año pasado.

El resto del día pasa sin mayores complicaciones y, efectivamente, a las 9 de la mañana del día siguiente llaman a la puerta. Abres y te encuentras con un hombre bajito con una chaqueta marrón acompañado de otro hombre bajito con un mono azul. El hombre de marrón pide disculpas por todas las molestias y asegura que empezarán a retirar el montón de arena de inmediato. Te complace oírle decir esto. Han transcurrido menos de 24 horas y ya están haciendo algo. A todas luces, el ayuntamiento ha mejorado la eficiencia del departamento de servicios públicos (para resolver aquel agujero en la acera tardaron dos años).

—¿Le parece bien si empezamos ahora mismo? —dice el hombre.

—Por supuesto —respondes tú, y los tres os dirigís a la escena del crimen.

—Muy bien, Bob —dice el hombre de marrón—. Ya conoces el procedimiento. Nos vemos luego en el despacho.

Y tras inclinar cortésmente la cabeza, se va.

Bob, el hombre del mono, hace como que se prepara y justo cuando estabas empezando a pensar si te iba a pedir prestada la carreta nueva, se saca del bolsillo una bolsita de cierre automático transparente, del tamaño de un sello grande de correos, y un par de pinzas. Luego se agacha y agarra cuidadosamente con las pinzas un grano de arena del montón, lo introduce en la bolsita, la cierra, y guiñando el ojo vuelve a ponerse la bolsita en el bolsillo.

—Bueno, pues ¡hasta mañana! —dice alegremente antes de marcharse.

—¿Cómo? —exclamas tú, yendo tras él—. Estará usted bromeando.

—De ninguna manera. Es el nuevo método de trabajo Sorites. Un grano de arena al día.

—¡¿Qué?! —gritas tú— ¿Un grano de arena al día? Es la cosa más estúpida que he oído en mi vida. Tengo un montón de arena en el jardín y mañana tendré exactamente el mismo montón de arena en el jardín. ¿De qué sirve todo esto? ¡Un grano de arena no hace ninguna diferencia!

Y mientras contemplas a Bob alejarse en su pequeña furgoneta blanca, empiezas a tener la sensación de que esto podría tomar algo más de tiempo de lo que pensabas.

«Un grano de arena no hace ninguna diferencia»: esta es una de las dos ideas básicas (o premisas) de la Paradoja de Sorites. La palabra ‘sorites’ significa, en griego antiguo, ‘montón’ y la Paradoja de Sorites se refiere a cómo percibimos (o somos incapaces de percibir) la erosión en el tiempo de un montón de arena al que se le quita un grano después de otro.

Cuando quitamos un grano, la diferencia que hace es tan microscópicamente pequeña que se considera ‘insignificante’ para el que percibe. Si comparas las dos fotos más abajo, creo que sería razonable decir que aunque el montón de la derecha tiene un grano menos que el de la izquierda, la diferencia es, efectivamente, insignificante. Podría tratarse de dos fotos del mismo montón. Pero a pesar de que la merma de un solo grano es insignificante, el montón puede ir reduciéndose lentamente con el tiempo, grano a grano, hasta paradójicamente desaparecer por completo. Paradójicamente porque, como acabamos de ver, en ningún momento cambia tu visión por el hecho de quitar solo un grano; no te das cuenta en ningún momento de que el montón de arena se va reduciendo.

El factor importante aquí es la sutileza. Si, mientras estabas haciendo la compra, alguien hubiese venido y quitado un par de paladas de arena, al volver te darías cuenta de la diferencia.

Pero si la misma cantidad de arena se sacase grano a grano cada vez que sales a comer fuera o vas al excusado, entonces ni te enterarías de lo que está pasando.

Figura 1: Antes Después (con un grano menos)

Utilizando este ‘nuevo método de trabajo Sorites’, la eliminación total del montón de arena del jardín sería un proceso largo y prolongado en el tiempo. Aunque supusiéramos que el montón en cuestión fuese algo modesto, pongamos de un millón de granos, quitando un grano al día tardaríamos 2.740 años en acabar el cometido, lo que es mucho hasta para el ayuntamiento.

Quiere esto decir que tras 2.739 años, tus descendientes tendrían un ‘montón’ de solo unos cientos de granos. Al final, habría un ‘montón’ de un solo grano y probablemente organizarían una fiesta para celebrarlo.3

Dejando a un lado la filosofía, la Paradoja de Sorites es un ejemplo de cómo un cambio insignificante da lugar a resultados sorprendentes y significativos.

Este es el quid de la cuestión. Los cambios pueden producirse y a menudo se producen tan lentamente y de manera tan sutil que no nos damos cuenta en absoluto de ello. Haz la prueba tú mismo. Mírate al espejo atentamente durante diez minutos e intenta ver cómo te crece el pelo o, si no tienes mucho pelo, la barba. Transcurridos los diez minutos, o los que aguantes, no habrás percibido ningún cambio. Y sin embargo, a pesar de que no lo veas, está creciendo – de manera insignificante y lenta, pero incesante, implacable y constante – con lo que llegará un momento, bastante más adelante, en que te darás cuenta de que necesitas un corte de pelo, un afeitado, una depilación o el método que uses para mantener controlada tu vellosidad. A veces el cambio insignificante se produce indistintamente de lo que hagamos nosotros (como el envejecer) y a veces la responsabilidad es toda nuestra (como el ganar peso o el decidir emigrar).4 Así que, llegados a este punto, vamos a dividir estos cambios en dos categorías: el tipo de cambio que se produce independientemente de lo que hacemos, y el tipo de cambio que depende mucho de nuestras acciones.

La primera categoría engloba los cambios graduales sobre los que, como individuos, no tenemos ningún control. Incluye cosas como la deriva continental (el Mediterráneo desaparecerá aplastado, lenta pero inexorablemente, al colisionar Europa y África), la evolución de una especie (el Homo Erectus evolucionó lentamente hasta convertirse en Homo Sapiens), la erosión de las costas (Happisburgh, en Norfolk, Inglaterra, fue en otros tiempos un pueblo del interior. Hoy es un pueblo marítimo y dentro de algunos siglos será una curiosidad submarina) o el hundimiento de las masas terrestres (Londres se está hundiendo a razón de cerca de 1mm al año) – todos ellos, cambios tan lentos que son difíciles de percibir ni a lo largo de toda una vida. En esta categoría se incluyen también el cutis que se te va arrugando y/o que te vas volviendo calvo (lo siento, pero es así).

La segunda categoría es la de los cambios que se producen gradualmente pero que se deben exclusivamente a nuestras acciones individuales o a su ausencia, como por ejemplo mantenernos en forma, aprender un nuevo idioma, acostumbrarnos a una mala postura, aprender a tocar un instrumento, perder el contacto con los amigos, convertirnos en grandes expertos en algo, tener la casa limpia y ordenada (o dejar que se sume en el caos más absoluto) o mantener el jardín bien cuidado (o dejar que lo invadan las malas hierbas).

Nótese que no incluyo aquí cosas como que te despidan del trabajo, que te toque la lotería, que te rompas una pierna, o que des a luz. Éstos no son cambios graduales. Son cambios tan evidentes que nos relacionamos con ellos de manera totalmente diferente. Son cambios que, como la explosión de una fábrica pirotécnica, tienen un gran efecto inmediatamente perceptible. Hay consciencia de que ha sucedido un cambio y, por lo general, se produce una reacción emocional y física. Se trata de un tipo de cambio muy interesante, pero no es el que nos interesa en estos momentos.

El tipo de cambio que nos interesa en este libro es el que se produce de manera tan gradual que podemos no ser conscientes de él en absoluto y que no aparenta tener ningún efecto. De algún modo, pasa desapercibido por debajo de nuestro radar y no provoca ninguna reacción. Al fin y al cabo, ¿cómo puede uno reaccionar ante algo de lo que no se da cuenta? Te podrías dar cuenta, quizás, después de haber transcurrido el tiempo y solo si te acordaras de cómo eran las cosas antes. Ya lo dijo Andy Warhol: «Cuando una situación se desarrolla gradualmente, por rara que sea, te acabas acostumbrando.» Es por esta razón que las fotos de familia y videos de nuestro pasado (no tan distante) son en cierto modo un poco chocantes – nos damos cuenta de todos esos cambios insignificantes que se han ido produciendo por debajo de nuestro radar.

Resumiendo: los cambios insignificantes vienen en dos formatos.

1. Cambios inevitables independientemente de lo que decidamos hacer como individuos.

2. Cambios que ocurren únicamente por lo que decidimos (o no decidimos) hacer como individuos.

Aunque el primer tipo de cambio gradual es interesante (yo al menos encuentro interesante que Japón y Estados Unidos, tectónicamente hablando, vayan a unirse pronto), no le dedicaremos más tiempo en este libro. No hay nada que podamos hacer al respecto, o sea que ¿de qué sirve preocuparnos? El que nos interesa es el segundo tipo de cambio y éste es el que vamos a rastrear de ahora en adelante: el cambio lento pero constante que podemos hacer que se produzca a lo largo del tiempo si nos dedicamos a ello – y qué podemos hacer para seguir en ello cuando el cambio que perseguimos es tan insignificante que se produce sin darnos cuenta.

Si aceptamos que una montaña puede erosionarse con el tiempo, poco a poco, ¿no sería igualmente aceptable que pudiéramos crear una montaña poco a poco, con el tiempo, sin tampoco darnos cuenta? Yo diría que sí, a juzgar por la montaña de periódicos que tengo ahora mismo en el garaje. ¿Y si esa montaña metafórica fuese algo grande que queremos alcanzar intencionadamente?

Si a la paradoja del eterno montón menguante se le llama la Paradoja de Sorites, lo adecuado entonces es que al principio de lograr grandes cambios mediante acciones insignificantes le llamemos el Principio de Sorites. Para un estudio más detallado, sugiero pasar a la siguiente sección.

Cosas en las que pensar:

La Paradoja de Sorites, la paradoja del montón que nunca decrece, es un ejemplo de que cuando se producen cambios insignificantes, no los percibimos.

Muchos de los cambios que experimentamos en nuestra vida se producen poco a poco y, por consiguiente, solemos no ser conscientes de ellos.

Cuando intentamos cambiarnos a nosotros mismos aprendiendo nuevos conocimientos, mejorando nuestro estado de salud o nuestro comportamiento, el progreso puede ser muy lento – tan lento que no nos demos cuenta.

Preguntas que debes hacerte (y responder)

¿Cuántos ejemplos de la Paradoja de Sorites estás experimentando en este momento?

Aparte de envejecer, ¿qué otros cambios lentos pero inexorables afectan tu vida?

¿Cuáles de estos cambios ocurren a consecuencia de tus acciones (o falta de acción) y cuáles ocurren independientemente de lo que hagas?

¿Qué montañas metafóricas moverías si tuvieras la perseverancia de hacerlo poco a poco cada día?

2 El Principio de Sorites

«Paso a paso, se viaja lejos» – J.R.R. Tolkien

«El viaje de mil millas empieza con que tienes que dar media vuelta e ir corriendo a casa a buscar el pasaporte»

Cuando yo tenía unos ocho años, mi madre hizo un cursillo de decoración de pasteles. Un día realizó una auténtica obra de arte: un pastel todo cubierto de azúcar blanco glasé, amorosa y meticulosamente decorado alrededor de la base y a lo largo de todo el borde con motivos florales hechos con centenares de pequeñas virutas de azúcar de color azul y blanco. Su éxito fue, sin duda, el producir una obra maestra. Su fracaso, sin embargo, fue dejarla, cubierta con un trapo, sola en la sala de estar con un chico de ocho años. Mi razonamiento fue muy simple – habían tantas florecitas de azúcar que nadie se daría cuenta si ‘desaparecía’ una. Y desapareció. Era deliciosamente dulce y se deshacía al comerla y era crujiente a la vez. Por supuesto, el mismo razonamiento se reprodujo cinco minutos más tarde y luego a lo largo de toda la tarde. No hace falta decir que a la hora de irme a la cama el número de virutas se había reducido considerablemente. Al día siguiente, yo no estaba en casa y no pude presenciar la reacción de mi madre al destapar su creación, pero creo que la palabra justa para describirla no sería decepción. Ambos aprendimos aquel día que las consecuencias de repetir constantemente una acción insignificante pueden ser sustanciales.

Si te lo propones, te sorprenderás de lo que puedes llegar a conseguir si te pones a ello cada día. Según dicen los expertos, si quisieras convertirte en uno de los mejores trombonistas del mundo, deberías practicar ‘solamente’ unas diez mil horas, lo que significa que, a menos de que dispongas de una habitación insonorizada, estarías fastidiando a tu familia y vecinos unas cuatro horas al día, cada día, durante casi siete años. «Pero», te oigo decir, «eso va a depender mucho de si uno tiene talento, ¿no?» Bueno, la respuesta es «sí» y «no». Depende de lo que entiendas por talento.

De entrada… no. Si por talento entiendes una aptitud larvada para tocar el trombón, entonces no, no necesitas talento para llegar a tocar bien el trombón o cualquier otro instrumento. El cerebro humano es mucho más maleable de lo que solía pensarse. Se creía que el cerebro humano se desarrollaba durante la niñez y la adolescencia y que, superada esta etapa, se acomodaba y relajaba y disfrutaba del viaje el resto del tiempo. «No le puedes enseñar nuevos trucos a un perro viejo» es el antiguo dicho que refleja esta idea – una idea que ahora sabemos que es equivocada.

Desde el final del siglo veinte, se han producido grandes descubrimientos gracias a las técnicas de imagen que se utilizan para investigar la mente y averiguar por qué hace lo que hace. Uno de estos descubrimientos es que la mente, de hecho, se adapta y cambia sin cesar. Las células del cerebro responsables del pensamiento (llamadas neuronas) evolucionan constantemente, crecen y se extinguen en función de nuestras experiencias. Cada nuevo pensamiento crea nuevas conexiones entre las neuronas (conocidas como sinapsis): cuántas más veces tenemos un mismo pensamiento, más fuertes son las conexiones. Puede que dudes un poco de lo que acabo de decir. Hace tres años que tu abuela tiene un móvil y todavía no sabe cómo funciona. Pero créeme, si dieran de premio pastelitos y dulces, tu abuela aprendería a usar el móvil hoy mismo. Dentro de límites razonables, sabemos que todo el mundo puede aprender cualquier cosa con un poco de práctica. El cerebro es mucho más adaptable de lo que se creía. El Dr. Ivan Joseph, galardonado entrenador de fútbol, en una ocasión tuvo que entrenar a un portero que era incapaz de parar ni una sola pelota. ¿La solución? Joseph lo puso a chutar la pelota contra una pared y atraparla 350 veces al día durante ocho meses. Al cabo de este periodo, no solo era capaz de parar pelotas, sino que acabó siendo portero de la selección.

Con una cantidad correcta de estímulos, el cerebro no deja nunca de aprender. Hasta es posible conseguir que partes del cerebro aprendan tareas que habitualmente corren a cargo de otras partes del cerebro. Personas que, a causa de un accidente o enfermedad (como víctimas de accidentes cerebrovasculares), pierden el uso de la parte del cerebro que desarrolla una determinada función pueden, con la rehabilitación adecuada, aprender de nuevo cómo llevar a cabo dicha función adaptando otras zonas de su cerebro para ello. En resumen, con suficiente tiempo y práctica, puedes conseguir que tu cerebro aprenda casi lo que se te antoje. Así que mi respuesta a la pregunta de si «¿se necesita talento para aprender algo?» es «no».5

Sin embargo, aprender a hacer algo practicando cuatro horas al día, cada día, durante años requiere perseverancia. Requiere que le dediques el tiempo necesario, lo que significa que tienes que querer dedicarle todo ese tiempo. Aunque seas completamente negado para tocar el trombón, si te gusta y disfrutas de cada instante que te pasas dándole, al cabo de siete años en manos de un buen (y paciente) maestro, te convertirás en un experto trombonista.

Y ahí está el problema. Lo importante no es la aptitud inicial del estudiante, sino la voluntad de aprender. No hay nadie más ciego que el que no quiere ver, ni nadie tan ignorante como el que no tiene perseverancia para aprender. He aquí, pues, otra posible interpretación de talento. Se puede entender por talento la capacidad de querer hacer algo, seguir en ello e ir hasta el final. Así que mi respuesta a la pregunta de si «aprender algo depende de tener talento» es «sí».

Lo mires como lo mires, el resultado es el mismo: si quieres superar una gran dificultad, si quieres aprender algo que te cuesta aprender, tienes que proponértelo; tienes que dedicarle el tiempo necesario.

¿Te acuerdas de la película Cadena perpetua? La protagonizan Tim Robbins y Morgan Freeman y es la historia de un banquero al que se le condena erróneamente a cadena perpetua por un asesinato que no cometió. Es una de mis películas favoritas – ¡un clásico! Tiene muchas cosas que valen la pena. Pero lo que yo destacaría no es el tema de mantener la dignidad y el honor en un entorno caótico, ni la capacidad de llegar a ser feliz en un lugar dónde la felicidad no suele existir. No. Lo más destacable para mí es que el protagonista (Robbins) consigue cavar un túnel de unos 60 centímetros de diámetro y más de tres metros de largo durante diecisiete años, usando una piqueta que parece de juguete. Esto, para mí, es quitar un montón poco a poco. Es el resultado de aplicar el principio básico de este libro al que, en aras a la concisión, llamaré Principio de Sorites y cuya definición es la siguiente:

El Principio de Sorites:

La realización constante de acciones insignificantes, correctamente enfocadas, lleva inevitablemente a resultados significativos y espectaculares.

Se trata de la idea que hay detrás de hacerse camino paso a paso o comerse el pastel un bocado después de otro. Es una herramienta poderosa porque no precisa de gran inteligencia, fuerza o cualquier otro talento especial. No necesitas ser muy rico, poderoso, guapo o privilegiado. Lo único que precisas es un objetivo, el tiempo para poder alcanzarlo y perseverancia (o sea, que, si estás celebrando tu 105º cumpleaños, esto quizás no sea para ti, aunque sí sería un regalo perfecto para el cumpleaños de tus nietos). Todos podemos conseguir resultados asombrosos llevando a cabo pequeñas acciones una y otra vez.

Los pequeños pasos son fáciles de dar

Hace algunos días llegué a casa después de un día frenético en la oficina. Abrí la puerta del jardín y salió a recibirme un joven perro labrador, eufórico y saltarín (se llama Scottie) y en el trayecto hacia la puerta de casa – unos seis metros – me encontré con una muñeca en el suelo, es de suponer que dejada allí por mi hija de cinco años6 (se llama Sol). La recogí distraídamente y entré en casa, dónde dos niños de cinco años habían pasado el día jugando.

Si un día entraran a robar en casa, dudo mucho de que pudiéramos darnos cuenta a simple vista. Pero aquello, más que un robo, parecía un saqueo. Juguetes, cojines y una amplia gama de detritos varios yacían esparcidos por todas partes. Con solo ver un desorden como aquel, a mí me suelen dar palpitaciones y a mi mujer, dolor de cabeza. Hay que limpiar y ordenarlo todo, pero la aparente enormidad del desastre en el área siniestrada es de lo más desalentador – mi reacción instintiva es dar media vuelta y salir corriendo hacia el bar de la esquina. Con todo, ordenar una zona catastrófica es solo un ejemplo más de cómo se pueden conseguir grandes cosas llevando a cabo un montón de cosas más pequeñas. Había recogido aquella muñeca en el jardín sin que me provocase ningún tipo de estrés ni retortijón mental. Entonces, ¿cuál es el problema de simplemente repetir una sencilla acción como aquella unas 200 veces? El problema está en nuestra cabeza, en la manera problemática y derrotista con la que hacemos frente a los ‘grandes’ objetivos. En lugar de simplemente percibir los grandes objetivos como una serie de muchas pequeñas acciones de fácil realización, solemos enfocar el cometido como algo que debe hacerse ‘de una tacada’ y esto, claro, nos parece mucho más intimidante.

Que se pueden conseguir grandes cosas haciendo un montón de cosas pequeñas una y otra vez no es ninguna novedad sensacional. Todos sabemos lo del ‘viaje de mil millas’. Sin embargo, ya que tantas cosas que deseamos pueden conseguirse poco a poco, ¿por qué tan a menudo somos incapaces de hacerlo? Sabes de sobra, desde siempre, que para que tus pectorales tengan la apariencia de una tableta de chocolate, se precisa perseverancia, lo mismo que para montar tu propio negocio o aprender inglés. Y a pesar de ello, aunque empecemos con entusiasmo, lo abandonamos al cabo de poco. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué abandonamos? ¿Cuántos propósitos de Año Nuevo se caen por el camino, ya en enero? ¿Cuántas veces nos hemos puesto a hacer algo pero nos ha faltado resolución? ¿Qué factores hay que tener en cuenta si nos encontramos con una montaña que queremos ir vaciando poquito a poco? ¿Cómo podemos sacar provecho del Principio de Sorites? De esto vamos a tratar en los próximos capítulos.

Cosas en las que pensar:

Los cambios grandes y significativos pueden ocurrir debido a muchos, muchos cambios pequeños e insignificantes.

Los cambios pequeños e insignificantes pueden ser el resultado de un montón de acciones pequeñas e insignificantes.

Por lo tanto, podemos alcanzar ‘grandes’ objetivos realizando acciones insignificantes y sencillas a condición de que todas estas pequeñas acciones contribuyan a llevarnos en la dirección correcta.

Dicho de otro modo: la realización constante de acciones insignificantes, orientadas de manera coherente, llevan inexorablemente a resultados espectacularmente significativos.

Este es el Principio de Sorites.

Hacer algo fácil cada día no es cuestión de inteligencia, edad, riqueza, fuerza física, belleza o cualquier otro privilegio. Se trata simplemente de hacerlo. Todo el mundo puede hacerlo. Tú puedes.

Aunque el Principio de Sorites no puede ayudarte a conseguirlo absolutamente todo, sí puede ayudarte a alcanzar una cantidad de objetivos sorprendente que probablemente pensabas que estaban fuera de tu alcance.

Preguntas que debes hacerte (y responder)

¿Cuántos logros importantes has conseguido que eran la combinación de una serie de pequeñas acciones?

Si hubieses empezado hace cinco años, ¿qué objetivos habrías conseguido hoy utilizando el proceso de ir paso a paso?

¿Qué te gustaría conseguir en el futuro si pudieses mejorar tu perseverancia?

3 Cómo ponerlo en práctica

Bob llega a Barcelona y en el trayecto en taxi desde el aeropuerto al hotel se entera de que el taxista está estudiando inglés, y entabla conversación con él – en inglés. «Cada día...» se jacta el taxista «...memorizo diez palabras. Quiere esto decir que, en dos años, ¡habré aprendido siete mil!» «Siete mil...» comenta Bob, impresionado, «Y ¿dónde va a guardar usted tantas palabras?» El taxista le guiña un ojo como de quien sabe lo que se lleva entre manos, se toca la sien con el dedo y responde: «Aquí... ¡en el culo!»

Según como, el Principio de Sorites parece la cosa más normal del mundo. Todo lo que has aprendido, lo has aprendido poco a poco: a caminar, a hablar o a hacer la declaración de la renta. Nadie nace con un ‘chip del conocimiento’ incorporado que le indica cómo hablar un idioma y tampoco nadie puede saber cómo pilotar un helicóptero al instante tomándose una pastilla (al menos, no de momento). Nada de esto es sorprendente. Lo aceptamos porque… bueno, porque no hay alternativa.

Pero otras veces pasamos por alto lo mucho que puede conseguirse ‘poco a poco’, especialmente cuando pensamos en un cometido que se nos antoja más bien enorme. En lugar de verlo como una serie de muchas pequeñas tareas, lo vemos como una tarea monumental – grande, desmesurada y formidable.

Una tarea formidable

Un ejemplo algo trivial sería el primer cajón de mi escritorio. Durante muchos y felices años de trabajo, el primer cajón se fue convirtiendo en una especie de agujero negro que se tragaba todo tipo de residuos y de piezas sueltas de material de oficina: miles de cosas que no funcionaban, no encajaban, no correspondían a nada. Bolígrafos sin tinta, grapas de medidas raras, llaves que no son de nadie, piezas de impresoras que han dejado de fabricarse… sabes perfectamente a lo que me refiero, ¿verdad? Yo sabía que llegaría un día en que tendría que poner orden y limpiar el cajón, pero al tratarse de una tarea de gran envergadura (y que, quizás, podía acarrear consecuencias: ¿y si todos esos pedacitos de cosas decidieran contraatacar?), acababa siempre dejándolo para el año siguiente. Hasta que un día me acordé del Principio de Sorites y decidí que en lugar de ponerme a arreglar el cajón de una sola tacada, iría sacando un objeto cada día (quizás dos, si me pillaba muy inspirado). ¿Cuál fue el resultado? En menos de un mes ya tenía todo bajo control. ¡Fue facilísimo! Simplemente dedicándole unos segundos cada día, fui capaz de resolver un asunto que llevaba años eludiendo - y sin resolver.

Pero, ¿es en verdad tan fácil? Obviamente no, de lo contrario no estarías leyendo este libro, ¿no es cierto? ¿Por qué no todos los presos cavan túneles para escapar, o no todos los aspirantes a trombonista se convierten en expertos instrumentistas? ¿Cuáles son las razones más habituales por las que no logramos dar continuidad a las cosas? Y ¿qué podemos hacer para remediarlo?

La primera razón, y la más simple, es que simplemente no se nos ocurre. Tengo un amigo que decidió cambiar la decoración de su casa y pintar las paredes con colores cálidos. En cada habitación, cuando llegaba al interruptor de la luz o a la toma de corriente, pintaba con sumo cuidado a su alrededor. Pero, claro, como a todo ser humano, alguna vez se le escapaba algo de pintura en el borde del interruptor o en la esquina de la toma de corriente, que eran de color blanco, y al ser la pintura de la pared de otro color, daba la impresión de un trabajo poco profesional. Me considero bastante hábil en temas de bricolaje (quizás a veces demasiado para mi propia tranquilidad). Le pregunté por qué no había simplemente destornillado las cubiertas y vuelto a ponerlas al terminar de pintar, ya que esto no solo le habría ahorrado tiempo, sino que el resultado habría sido mucho mejor. «No se me ocurrió» fue su respuesta. A menudo parece como si lo evidente se nos pasase por alto, con frustración y hasta desgarro como resultado.

Mientras escribía este libro, se produjo un trágico accidente en China. Las escaleras mecánicas de un centro comercial se ‘tragaron’ a una mujer. Subió por ellas con su hijo de corta edad y, al llegar arriba, una placa de metal que había en el suelo y que no estaba debidamente atornillada, cedió de pronto bajo sus pies. Y aunque consiguió empujar al niño fuera de peligro, ella cayó y murió atrapada en el mecanismo de las escaleras. Había tres empleados del centro que se encontraban a escasos metros y que fueron testigos del accidente. Se encontraban también a escasos metros de la palanca de emergencia, con la que se para automáticamente el mecanismo de la escalera. ¿Por qué ninguno de ellos la accionó para salvar la vida de la pobre madre? En aquel momento de horror, simplemente no se les ocurrió.

Estoy convencido de que este caso de ‘no-ocurrencia’ fue debido a la conmoción del momento. Pero me he encontrado con muchos casos de personas que no hacen algo durante años porque no se les ocurren ideas muy simples. Somos animales de costumbres. Si una idea no nos pasa hoy por la cabeza, es muy posible que tampoco se nos pase mañana. Los hábitos, tanto los buenos como los malos, pueden tener gran efecto en nuestras vidas. Los examinaremos más adelante.

Otra razón por la que no aplicamos el Principio de Sorites es porque no tenemos paciencia. En la sociedad de hoy en día, cada vez nos acostumbramos más a que cuando queremos algo, tiene que ser ya. Cada vez es menos aceptable tener que esperar a que se cocine la comida o a que se confeccione un vestido. ¡Lo queremos ahora! Si queremos rebajar cintura, la queremos ya rebajada a fin de mes. Si queremos establecernos por nuestra cuenta y empezar un negocio por cuenta propia, lo queremos montado y por supuesto dando frutos antes de que se nos termine el subsidio de desempleo a finales de año. Y tener demasiadas expectativas demasiado pronto nos lleva a otra de las razones por las que no utilizamos el poder del Principio de Sorites – la sensación de que es inútil querer conseguir algo ‘grande’, que no tiene sentido, que somos incapaces de alcanzar ‘grandes’ objetivos y que intentarlo es perder el tiempo de manera espectacular. Esto se debe a un tipo de resistencia que se produce de manera natural en nuestra mente. Se debe a la manera en cómo percibimos el objetivo a alcanzar y la(s) tarea(s) que se precisa(n) para alcanzarlo. Si lo que consideramos es la tarea en su conjunto (en lugar de muchas pequeñas tareas), es fácil que se nos atenúe el entusiasmo. Hay una vocecita rebelde en nuestra cabeza que va diciendo «¡No! ¡Es demasiado grande! ¡Es demasiado difícil!» Sé de gente que no lee El señor de los anillos porque tiene más de mil páginas y es una pena porque se trata de un libro genial que, disfrutado capítulo a capítulo, no es más imponente que cualquier otro libro. Lo que pasa es que hay muy pocas novelas cuyo número de páginas llegue a los cuatro dígitos, y esto la coloca fuera de nuestra zona de confort. Aunque si lo que intentamos es hacer algo sustancial, lo más probable es que se encuentre precisamente fuera de nuestra zona de confort. Y ya sabemos cuán atractiva es nuestra zona de confort. Hay algo terco en nuestro fuero interno, una parte de nosotros a la que no le gusta nada lo ‘nuevo’ o lo ‘diferente’. Lo que le gusta es lo ‘familiar’, lo ‘seguro’, lo ‘confortable’ – de ahí el término ‘zona de confort’. Aunque decidamos que sería una buena idea embarcarnos a perseguir un objetivo a largo plazo, esta parte terca de nosotros suele tener también opiniones de peso acerca del asunto que no allanan precisamente el camino para que podamos cumplir nuestra nueva misión.

No por acordarnos del Principio de Sorites somos capaces a veces de reconocer que ciertas tareas que parecen bastante intimidantes son en realidad simplemente un conjunto de tareas más pequeñas. Por ejemplo, limpiar a fondo la cocina parece una tarea verdaderamente hercúlea, pero si te limitas a hacer solo una repisa o un estante a la vez (empezando por el de arriba), de pronto la cosa parece mucho más manejable. ¿Cuál es la tarea más agobiante que andas aplazando en este momento? Si se trata de algo así como decirle a tus padres que estás embarazada o que eres gay (o ambas cosas), entonces el Principio de Sorites no te sirve – tu cometido no es algo que se pueda descomponer en pequeñas tareas (dejar extraviados por la casa ejemplares de revistas como ‘Ser padres’ o de ‘Orgullo Gay’ no cuenta). Pero para encontrar un nuevo trabajo, crear tu propio grupo de rock, convertirte en un fotógrafo exitoso, aprender a controlar a tus hijos, adquirir hábitos más saludables, dejar de fumar y ponerle orden a tu vida, sí te sirve.

Otra razón por la que no hacemos uso del Principio de Sorites es porque no sabemos exactamente lo que queremos hacer. Pongamos que se acercan las vacaciones de verano y acabas de tener un desengaño importante con la báscula del baño. ¡Hasta aquí podíamos llegar! Y te propones quitarte rápidamente de encima esos kilos de más, antes de que te confundan con un cetáceo varado en la playa y vengan los de Greenpeace a intentar devolverte a mar abierto. O sea: pasando de desayuno y, luego, del donut con el que sueles acompañar el cafecito de las once (manchado, con un azucarillo). Pero cuando llega la hora del almuerzo, estás hambriento. Intentas aplacar el hambre con una ensalada y una porción de pastel de verduras, pero la cosa ha adquirido ya proporciones difíciles de contener. Tras el almuerzo, tienes una reunión con tu jefe que no va muy bien. Sales agobiado y cansado. Como por arte de magia, una galleta de chocolate se materializa en tus manos y, bueno, ya no te comiste el donut por la mañana, o sea que te mereces una… o quizás dos, porque los donuts tienen más calorías, ¿no? En casa, cena con la familia y están todos atiborrándose (todos menos Sally, que hoy ha decidido que no le gustan los macarrones). Estás cansado, tienes hambre y, al fin y al cabo, ya te saltaste el desayuno por la mañana y al mediodía te portaste bien, o sea que ahora es de recibo una cena como Dios manda. Tampoco se trata de pasarse por el otro lado, ¿no? Pero te vas a la cama con una cierta inquietud acerca del éxito de tu actual campaña para perder peso. Una sensación que se confirma a la mañana siguiente, cuando descubres que de hecho has engordado un poco.

Lo que falta aquí es un plan: un plan claro, objetivo, pensado en detalle. Si fueras a remodelar la cocina, lo que no harías sería coger cuatro cajas de baldosas, unos retazos de Formica y los primeros aparatos eléctricos que encuentres con la esperanza de que de alguna manera vayan a ensamblarse como por arte de magia. No, lo que harías sería tomar las medidas del espacio del que dispones y ponerte a buscar opciones que encajen en él. Pensarías en el color, el estilo, el tamaño y el precio. Probablemente hablarías del asunto con tu pareja, para cotejar lo que has pensado. Luego seguramente pedirías varios presupuestos y, tras seleccionar a un proveedor, discutirías con él el tema de cuándo pueden empezar las obras y cuánto durarán. Solo entonces estamparías tu firma en el lugar requerido y te embarcarías en tu ‘Proyecto de nueva cocina’.

Pasa lo mismo con el Principio de Sorites. Hay que tener un objetivo y un plan. Hay que saber con precisión a dónde se quiere ir y hay que tener un mapa para poder llegar allí. En otras palabras, hay que tener una idea clara de qué es lo que quieres conseguir y cómo piensas lograrlo.

Si no sabes qué es lo que estás intentando conseguir, entonces probablemente te pasarás años avanzando penosamente por el camino de menor resistencia, lo que, por lo general, equivale a hacer lo que los demás quieren que hagas. Existe, es cierto, una filosofía de vida según la cual de lo que se trata es simplemente de vivir el aquí y ahora, con atención plena y plena conciencia, como una suerte de flujo taoísta. Si eres este tipo de persona, perfecto – es una opción. Sin embargo, para mí, la vida tiene que ver con la emoción y la pasión de marcarte una meta y seguirla hasta el final.7 De hecho, tener objetivos en la vida reporta beneficios psicológicos.8 Uno de los factores claves para ser feliz es tener un propósito, una meta, y progresar cada día en pos de este objetivo. Te da motivos para levantarte cada día y algo que esperar.

Y si sabes lo que quieres pero no estás seguro de cómo hacer para conseguirlo, entonces te pasarás la vida vagando sin rumbo y sintiéndote algo frustrado al ver que lo que deseas no parece nunca estar más cerca. Los objetivos son, pues, importantes – pero a condición de que sean alcanzables, benévolos y respaldados por una progresión.

Puede que estés pensando que todo esto suena muy bien, pero ¿cómo se traslada a la práctica? ¿Cómo se traduce en acciones concretas? Bueno, agradezco la pregunta porque esto es exactamente de lo que trata el resto del libro. Abordaremos esta cuestión siguiendo una serie de pasos.

El primero es comprender y aceptar el Principio de Sorites: que llevar a cabo con constancia acciones insignificantes, correctamente centradas y debidamente dirigidas, conduce inevitablemente a resultados dramáticamente significativos. Con lo que reconoces que, con la suficiente perseverancia, se pueden mover montañas. ¡Bienvenido al amanecer de una nueva era de tu vida!

El método para el uso práctico de este principio puede resumirse en tres simples pasos. Nótese que ‘simple’ no quiere decir ‘fácil’. Sin embargo, si los sigues correctamente, estos tres pasos te llevarán inevitablemente adonde quieres llegar. A cada uno de los pasos le dedico un capítulo. Aquí solo haré un breve esbozo de cada uno, para que empieces a familiarizarte con ellos. O, si lo prefieres, puedes saltarte lo que viene a continuación e ir directamente al capítulo que te interese, porque son independientes uno de otro.

Figura 2: El Principio de Sorites en tres pasos

Paso 1. El Plan

Suponiendo que tienes ya idea de lo que quieres9 (por ejemplo, una cocina nueva, otro trabajo o una nueva vida), lo que tienes que decidir ahora es qué tareas vas a llevar a cabo para conseguirlo. Esto hay que pensarlo muy bien. ‘Hay más de una manera de pelar un gato’, como se dice, y escoger una, con todas las tareas que implica (desde las más evidentes a las menos evidentes) requiere pensamiento lógico y claridad, además de cierta intuición creativa. Aquí es donde a veces nos complicamos la vida con solo empezar, lanzándonos impulsivamente hacia el nuevo objetivo sin haber pensado en todo lo que hay que pensar. Los propósitos de Año Nuevo son un buen ejemplo. Situémonos: son las once y media, es Nochevieja y estás con una copa de champán en la mano y un sombrero de papel en la cabeza que te sienta fatal. Faltan solo treinta minutos y todavía no has decidido cuál va a ser tu propósito de Año Nuevo. Tienes la cabeza algo turbia por lo que ya llevas consumido durante la celebración y la conversación que parece que estás teniendo con una pareja sobre cómo lograron zafarse del ‘tedio espantoso’ de las Navidades marchándose a esquiar a los Alpes está consiguiendo enturbiarla aun más. Reconoces que sería una buena idea aprovechar el inicio del año como oportunidad para mejorar en algo, como por ejemplo dejar de fumar, encontrar una pareja estable, controlar tus finanzas o hacer más ejercicio físico. Pero no acabas de verlo claro. Cuando llegan las campanadas y se arma el jolgorio de las uvas, te decides por lo de dejar de fumar (porque puede ayudar también en todo lo demás) y, teniendo ya un propósito, puedes relajarte y continuar disfrutando de la velada en compañía de otra copa de cava y de las que caigan.

Doce horas más tarde, desplomado en algún rincón de la casa, te encuentras todavía en batín fumando el segundo cigarrillo del día y empezando a sospechar que quizás es el alcohol, y no la nicotina, lo que pone en peligro tu bienestar futuro. Y te propones tenerlo muy presente la próxima vez que tengas que hacer un propósito de Año Nuevo.

Planificar lo que quieres lograr es algo que no hay que hacer impulsivamente ni bajo coacción. Tienes que hacerlo lenta y cuidadosamente, a la fría luz del día para que puedas pensar bien las cosas – preferiblemente con la cabeza clara y sobria, y sin distracciones. Solo entonces, habiendo determinado cómo quieres que sea tu nueva vida y cómo piensas conseguirlo, puedes dar el segundo paso.

Paso 2. Las piezas del puzle

La idea básica del segundo paso es descomponer el trayecto en muchos pasitos. Parece evidente, pero te sorprenderá comprobar que son muchos más de lo que pensabas. Para explicarlo, nada mejor que la analogía de un puzle. Imagínate que lo que quieres conseguir, tu nueva vida, es una imagen, y que esta imagen (como la de la caja de un puzle) puede descomponerse en multitud de pequeñas piezas. Cada pieza representa una pequeña acción, un pequeño logro que hay que conseguir para completar el puzle. Algunas de las piezas, que corresponden a la parte central de la imagen, están claras. Pero hay muchas otras piezas del cielo y las nubes, de vegetación indeterminada o de lo que sea, sin ningún detalle importante, pero que necesitas para poder, junto con las demás piezas, completar la imagen.

A estas partes de nuestro puzle personal las podríamos llamar acciones periféricas, porque no parecen contribuir directamente al objetivo central. Sin embargo, ya verás que aunque ahora puedan parecerte irrelevantes, seguramente van a resultar importantes para conseguir tu objetivo en el futuro, en formas totalmente impredecibles en este momento. Un ejemplo ayudará a clarificar lo que estoy diciendo.

Pongamos que, tras larga y cuidadosa reflexión, has llegado a la conclusión de que tu misión en la vida es convertirte en un gran trombonista a nivel mundial, uno de los más grandes. Algo estupendo para ti – no tanto para el resto de la familia y los vecinos. Partes obvias del puzle son adquirir un trombón, practicar con el instrumento (al menos 4 horas al día), dar con un buen profesor e ir pensando en un buen título para tu autobiografía (por ejemplo: Cómo me convertí en un supertrombonista). Acciones periféricas a considerar serían ir a conciertos, hacerte tarjetas de visita nuevas, dar a conocer tu nuevo rumbo profesional, contactar con la prensa local, apuntarte a grupos de afinidad en las redes sociales, suscribirte a revistas especializadas, seguir a los trombonistas famosos en LinkedIn o Twitter, cultivar amistades en círculos frecuentados por músicos, meterte en un grupo o banda musical del barrio, buscar activamente oportunidades para tocar en público y promocionarte, conseguir salir en la radio y en la televisión, ir vestido como un trombonista de fama mundial, comer como un trombonista de fama mundial, caminar y hablar como un trombonista de fama mundial y tener sexo como un trombonista de fama mundial – bueno, eso quizás ya sea ir demasiado lejos.

En realidad, cada una de estas acciones es una combinación de otras muchas acciones más pequeñas. Si las tomamos una por una, pueden parecer insignificantes. Pero juntas y con el tiempo, acaban conformando una fuerza poderosa que genera impulso. Y este impulso, si se dirige correctamente desde el principio, te llevará directa e inevitablemente adonde quieres llegar. Lo único que hay que hacer es llevar a cabo todas y cada una de estas acciones – poner cada pieza del puzle en su lugar. Esto implica seguir el plan trazado, lo que probablemente supone realizar varias de estas pequeñas acciones cada día durante un periodo de tiempo que puede llegar a ser de varios años. Ya hablaremos de ello más en detalle en el capítulo 5.

Paso 3. Perseverancia

Los dos primeros pasos son los ‘fáciles’. Por supuesto, requieren cierto esfuerzo mental, creatividad y concentración, pero si se utilizan las herramientas mentales adecuadas, todo el proceso puede hacerse en solo unas horas si se tiene la cabeza despejada y un poco de tranquilidad. A menudo, cuando te decides por un Plan de Acción y luego lo descompones en cientos de pequeñas acciones, verás que se producen pequeños destellos de inspiración: te asaltan de pronto nuevas ideas cuando estás metido en otra cosa. ¡Fantástico! Anótalas e incorpóralas al plan. Nada es inmutable. Así que mientras estés en marcha hacia tu objetivo y no te detengas, todo está bien.

El tercer paso es la parte difícil de aplicar el Principio de Sorites. La perseverancia – el hacer un poco cada día – es en lo que la gente suele fracasar más a menudo. Al principio de un nuevo objetivo, las cosas suelen ser bastante simples. Empezar un nuevo proyecto cuando lo tienes fresco en la mente es algo estimulante. Rebosas de energía y entusiasmo, estás dispuesto a conquistar el mundo, y es una sensación espléndida. Esto puede durar días, semanas o hasta meses, pero tarde o temprano llega un momento en que este frescor y optimismo empiezan a esfumarse y se evapora la fuerza de voluntad. En algún momento te das de bruces con lo inevitable: la sensación de que las cosas ya no fluyen, de que era una buena idea pero quizás irrealizable, las semillas de la duda empiezan a echar raíces y todo te parece muy, muy remoto. La perseverancia es un reto en sí misma. Afortunadamente, los beneficios que acarrea son muchos y potentes, al mismo nivel de la resistencia que encuentras cuando la practicas. La importancia de la perseverancia se trata, en términos generales, en el capítulo 6 y, más específicamente, en los capítulos 7 a 15, en los que se pasa revista a las herramientas, trucos y técnicas para aumentar tus posibilidades de éxito en esta guerra de la perseverancia y para reducir el riesgo de rendirse.

Así que podemos resumir la aplicación práctica del Principio de Sorites – ir ‘poco a poco’ para conseguir objetivos a largo plazo – en tres pasos:

1. Decidir un plan de acción global para lograr alcanzar tu objetivo.

2. Al igual que se juntan todas las piezas de un puzle, identificar todas las pequeñas acciones que debes llevar a cabo para cumplir con este plan de acción.

3. Por insignificantes que parezcan estas acciones, realizar una o dos cada día hasta alcanzar tu objetivo.

Si lo dicho te suena a simple, es porque lo es. Pero a pesar de su simplicidad, no es nada fácil. Nada fácil, pero ineludiblemente efectivo. En los próximos capítulos examinaremos en detalle cada uno de estos pasos aparentemente simples y veremos cómo funcionan y cómo hacer para que vayan a favor nuestro.

Cosas en las que pensar

La idea que hay detrás del Principio de Sorites, hacer las cosas poco a poco y paso a paso, no es nueva ni desconocida: la mayoría de la gente la conoce.

A pesar de ello, la mayoría de nosotros no conseguimos usarla a nuestro favor.

Esto se debe a los siguientes factores:

Desconocimiento – ignorar el Principio de Sorites

No reconocimiento – No darse cuenta de que el Principio de Sorites es aplicable a la tarea que tenemos entre manos

Impaciencia – Querer demasiado y demasiado pronto

Sensación de futilidad – Una vocecita interior que nos va diciendo que es demasiado grande, demasiado difícil, una pérdida de tiempo sin sentido.

Confusión – No tener una idea clara de lo que hay que conseguir

La forma de aplicación básica del Principio de Sorites consta de tres partes: el Plan, las Piezas y la Perseverancia.

De las tres, la perseverancia es la que pone en apuros a mucha gente.

Entender cómo hay que gestionar cada una de estas partes redunda en eficacia y productividad y mejora tu vida en general.

Preguntas que debes hacerte (y responder)