Clemencia - Ignacio Manuel Altamirano - ebook
Kategoria: Obyczajowe i romanse Język: hiszpański Rok wydania: 1869

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Opis ebooka Clemencia - Ignacio Manuel Altamirano

El argumento desarrolla el caso de un hombre que vive un amor dramático, relacionado con episodios de la guerra civil. Se ha dicho que esta obra contiene muchos trozos enteramente autobiográficos, y que Altamirano pasó por algún trance íntimo semejante al que describe en el protagonista de Clemencia. La historia comienza presentándonos a dos mujeres, Clemencia (morena) e Isabel (rubia), opuestas las dos en carácter como lo son físicamente. Ellas son cortejadas por dos varones, también de muy distinta condición moral: Enrique Fiórez, un "arrivista", hipócrita y sin escrúpulos, que corteja a Isabel, y Fernando del Valle, un idealista, sincero y apasionado, que hace el amor a Clemencia. La una y la otra prefieren a Enrique. Clemencia, por su parte, siempre se muestra fría hasta el grado de menospreciar a Fernando. Nada falta, sin embargo, los sentimientos de este hacia la esquiva Clemencia, se hacen más fuertes. Pero, por otra parte, la atracción que experimentan entre sí Clemencia y Enrique termina en matrimonio, hecho que colma de tristeza y amargura el corazón de Fernando quien al igual que Enrique, pertenece al partido liberal, en donde toman parte en las luchas políticas, pero Fiórez, como es su costumbre, traiciona a sus correligionarios, manteniendo secretos contactos con el enemigo. Las cosas se desvirtúan de modo que, al descubrirse la traición al partido, las sospechas recaen sobre el pobre Fernando. Al final se descubre la verdad y Enrique es condenado a muerte. Con el restablecimiento de la verdad, lejos de calmarse el espíritu de Fernando, se ensombrece más, pues advierte que Clemencia le culpa de haber acusado a su marido por celos. Fernando, para quedar puro y sin mancha a los ojos de su amada, sustituye heroicamente al reo, y al darse cuenta exacta de lo ocurrido, Clemencia comprende la grandeza del alma de Fernando, y enloquece de desesperación, aunque ya nada se puede hacer. http://www.sabersinfin.com/

Opinie o ebooku Clemencia - Ignacio Manuel Altamirano

Fragment ebooka Clemencia - Ignacio Manuel Altamirano

Acerca
Capítulo 1 - Dos citas de los cuentos de Hoffmann
Capítulo 2 - El mes de diciembre de 1863
Capítulo 3 - El comandante Enrique Flores
Capítulo 4 - El comandante Fernando Valle
Capítulo 5 - Llegada a Guadalajara

Acerca Altamirano:

Nació en la población de Tixtla, Guerrero, en el seno de una familia de raza indígena pura, su padre tenía una posición de mando entre la etnia de los chontales. En el ano de 1848 su padre fue nombrado alcalde de Tixtla y eso permitió al joven Ignacio Manuel, que a la sazón contaba con 14 anos, la oportunidad de asistir a la escuela. Aprendió a leer y a escribir, así como aritmética en su ciudad natal. Realizó sus primeros estudios en la ciudad de Toluca, gracias a una beca que le fue otorgada por Ignacio Ramírez, de quien fue discípulo. Recibió cátedra en el Instituto Literario de Toluca. Cursó derecho en el Colegio de San Juan de Letrán. Perteneció a asociaciones académicas y literarias como el Conservatorio Dramático Mexicano, la Sociedad Nezahualcóyotl, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el Liceo Hidalgo, el Club Álvarez. Gran defensor del liberalismo, tomó parte en la revolución de Ayutla en 1854 contra el santanismo, más tarde en la guerra de Reforma y combatió contra la invasión francesa. Después de este periodo de conflictos militares, Altamirano se dedicó a la docencia, trabajando como maestro en la Escuela Nacional Preparatoria, en la de Comercio y en la Nacional de Maestros; también trabajó en la prensa, en donde junto con Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez fundó el Correo de México y con Gonzalo Esteva la revista literaria El Renacimiento, en la que colaboran escritores de todas las tendencias literarias, cuyo objetivo era hacer resurgir las letras mexicanas. Fundó varios periódicos y revistas como: El Correo de México, El Renacimiento, El Federalista, La Tribuna y La República. En la actividad pública, se desempenó como diputado en el Congreso de la Unión en tres períodos, durante los cuales abogó por la instrucción primaria gratuita, laica y obligatoria. Fue también procurador General de la República, fiscal, magistrado y presidente de la Suprema Corte, así como oficial mayor del Ministerio de Fomento. También trabajó en el servicio diplomático mexicano, desempenándose como cónsul en Barcelona y París.

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Capítulo 1 Dos citas de los cuentos de Hoffmann

Una noche de diciembre, mientras que el viento penetrante del invierno, acompanado de una lluvia menuda y glacial, ahuyentaba de las calles a los paseantes; varios amigos del doctor L. tomábamos el té, cómodamente abrigados en una pieza confortable de su linda aunque modesta casa. Cuando nos levantamos de la mesa, el doctor, después de ir a asomarse a una de las ventanas, que se apresuró a cerrar en seguida, vino a decirnos:

- Caballeros, sigue lloviendo, y creo que cae nieve; sería una atrocidad que ustedes salieran con este tiempo endiablado, si es que desean partir. Me parece que harían ustedes mejor en permanecer aquí un rato más; lo pasaremos entretenidos charlando, que para eso son las noches de invierno. Vendrán ustedes a mi gabinete, que es al mismo tiempo mi salón, y verán buenos libros y algunos objetos de arte.

Consentimos de buen grado y seguimos al doctor a su gabinete. Es éste una pieza amplia y elegante, en donde pensábamos encontrarnos uno o dos de esos espantosos esqueletos que forman el más rico adorno del estudio de un médico; pero con sumo placer notamos la ausencia de tan lúgubres huéspedes, no viendo allí más que preciosos estantes de madera de rosa, de una forma moderna y enteramente sencilla, que estaban llenos de libros ricamente encuadernados, y que tapizaban, por decirlo así, las paredes.

Arriba de los estantes, porque apenas tendrían dos varas y media de altura, y en los huecos que dejaban, había colgados grabados bellísimos y raros, así como retratos de familia. Sobre las mesas se veían algunos libros, más exquisitos todavía por su edición y su encuadernación.

El doctor L…, que es un guapo joven de treinta anos y soltero, ha servido en el Cuerpo Médico-militar y ha adquirido algún crédito en su profesión; pero sus estudios especiales no le han quitado su apasionada propensión a la bella literatura. Es un literato instruido y amable, un hombre de mundo, algo desencantado de la vida, pero lleno de sentimiento y de nobles y elevadas ideas.

No gusta de escribir, pero estimula a sus amigos, les aconseja y, de ser rico, bien sabemos nosotros que la juventud contaría con un Mecenas, nosotros con un poderoso auxiliar y, sobre todo, los desgraciados con un padre, porque el doctor desempena su santa misión como un filántropo, como un sacerdote. Eso más que todo nos ha hecho quererle y buscar su amistad como un tesoro inapreciable.

Pero, dejando aparte la enumeración de sus cualidades que, lo confesamos, no importa gran cosa para entender esta humilde leyenda, y que sólo hacemos aquí como un justo elogio a tan excelente sujeto, continuaremos la narración.

El doctor pidió a su criado una ponchera y lo necesario para prepararnos un ponche que, en noche semejante, necesitábamos grandemente, y mientras que él se ocupaba en hacer la mezcla del kirchwasser con el té y el jarabe, y en remover los pedazos de limón entre las llamas azuladas, nosotros examinábamos, ora un cuadro, ora un libro, o repasábamos los mil retratos que tenía coleccionados en media docena de álbumes de diferentes tamanos y formas.

Nosotros, con una lámpara en la mano, pasábamos revista a los grabados que había en las paredes, cuando de repente descubrimos en un cuadro pequeno, con marco negro y finamente tallado, que no contenía más que un papel a manera de carta. Era en efecto, un papel blanco con algunos renglones que procuramos descifrar. La letra era pequena, elegante y parecía de mujer. Con auxilio de la luz vimos que estos renglones decían:


Ningún ser puede amarme, porque nada hay en mí de simpático ni de dulce.
HOFFMANN
(El corazón de Ágata)


Ahora que es ya muy tarde para volver al pasado, pidamos a Dios para nosotros la paciencia y el reposo…
HOFFMANN
(La cadena de los destinados)

 

- Doctor -le dijimos- ?será indiscreto preguntar a usted qué significa este papel con las citas de los cuentos de Hoffmann?

- Ah, amigo mío ?ya descubrió usted eso?

- Acabo de leerlo, y me llama la atención.

- Pues no hay indiscreción en la pregunta. Cuando más, es dolorosa para mí, pero no es ni imprudente ni imposible de contestar. Ese papel tiene una historia de amor y desgracia, y, si ustedes gustan, la referiré mientras que saborean mi famoso ponche. He aquí, caballeros, mi famoso ponche de girsch, que los pondrá a ustedes blindados, no sólo contra el miserable frío de México, sino contra el de Rusia.

- Sí, doctor, la historia; venga la historia con el ponche.

El doctor sirvió a cada uno su respetable dosis de la caliente y sabrosa mixtura, gustó con voluptuosidad los primeros tragos de su copa y, viéndonos atentos e impacientes, comenzó su narración.


Capítulo 2 El mes de diciembre de 1863

Estábamos a fines del ano de 1863, ano desgraciado en que, como ustedes recordarán, ocupó el ejército francés a México y se fue extendiendo poco a poco, ensanchando el círculo de su dominación. Comenzó por los Estados centrales de la República, que ocupó también sin quemar un solo cartucho, porque nuestra táctica consistía sólo en retirarnos para tomar posiciones en los Estados lejanos y preparar en ellos la defensa. Nuestros generales no pensaban en otra cosa, y quizá tenían razón. Estábamos en nuestros días nefastos, la desgracia nos perseguía, y cada batalla que hubiéramos presentado en semejante época, habría sido para nosotros un nuevo desastre.

Así pues, nos retirábamos, y las legiones francesas, acompanadas de sus aliados mexicanos, avanzaban sobre poblaciones inermes que muchas veces se veían, obligadas por el terror, a recibirlos con arcos triunfales, y puede decirse que nuestros enemigos marchaban guiados por las columnas de polvo de nuestro ejército que se replegaba delante de ellos. De esta manera las tres divisiones del ejército francomexicano, mandadas por Douay, Berthier y Mejía, salidas en los meses de octubre y noviembre de México en diferentes direcciones, a fin de envolver al ejército nacional y apoderarse de las mejores plazas del interior, ocuparon sucesivamente Toluca, Querétaro, Morelia, Guanajuato y San Luis Potosí.

Como el general Comonfort había sido asesinado en Chamacuero por los Troncosos, precisamente cuando venía a ponerse a la cabeza del ejército nacional, su segundo, el general Draga, quedó con el mando en jefe de nuestras tropas.

Draga determinó evacuar las plazas que ocupaba, seguramente con el designio de caer después sobre cualquiera de ellas que hubiese tomado el enemigo, y salió de Querétaro con el grueso del ejército, ordenando al general Berriozábal, gobernador de Michoacán, que desocupase Morelia y se retirase a Druapan para reunírsele después.

Los franceses entonces se apoderaron de Querétaro y Morelia. El grueso de nuestro ejército, con Draga a la cabeza, se dirigió a La Piedad, en el Estado de Michoacán. Pocos días después Doblado evacuó Guanajuato y se dirigió a Lagos y a Zacatecas. El gobierno nacional también se retiró de San Luis Potosí, que ocupó Mejía, y se dirigió a Saltillo después del desastre que sufrió la división de Negrete al intentar el asalto de aquella plaza.

Así, pues, en pocos días, en dos meses escasos, el invasor se había extendido en el corazón del país, sin encontrar resistencia. Faltábale ocupar Zacatecas y Guadalajara. Esto se hizo un poco más tarde, y todo el círculo que se había conquistado quedó libre cuando Draga, después de haber sido rechazado de la plaza de Morelia defendida por Márquez, se vio obligado a dirigirse al sur de Jalisco, donde aún pensó fortificarse en las Barrancas y resistir. Cuando Draga tomó esta dirección, el general Arteaga evacuó también Guadalajara con las tropas que allí tenía y se retiró a Sayula, incorporándose después a Draga. Bazaine, general en jefe del ejército francés, ocupó la capital de Jalisco.

Debo volver ahora un poco atrás, a los días en que nuestro ejército se dirigía a La Piedad en el mes de noviembre, para decir a ustedes que yo, bastante enfermo y sin colocación en el Cuerpo Médico-militar, conseguí licencia del cuartel general para dirigirme a Guadalajara, y aproveché la salida de un pequeno cuerpo de caballería que el general envió a Arteaga, para incorporarme a él. Este cuerpo escoltaba un convoy de vestuario y armamento que se juzgó conveniente mandar a Guadalajara, donde el general Arteaga podía utilizarle.

Marchábamos, pues, los soldados de ese cuerpo y yo, grandemente contrariados por no poder asistir a las funciones de armas que evidentemente iban a verificarse dentro de muy pocos días.


Capítulo 3 El comandante Enrique Flores

Debo cesar aquí en el fastidioso relato histórico que me he visto obligado a hacer, primero por esa inclinación que tenemos los que hemos servido en el ejército a hablar de movimientos, maniobras y campanas, y además para establecer los hechos, fijar los lugares y marcar la época precisa de los acontecimientos.

Ahora comienzo mi novela, que por cierto no va a ser una novela militar, quiero decir, un libro de guerra con episodios de combates, sino una historia de sentimiento, historia íntima, ni yo puedo hacer otra cosa, pues carezco de imaginación para urdir tramas y para preparar golpes teatrales. Lo que voy a referir es verdadero; si no fuera así no lo conservaría tan fresco, por desgracia, en el libro fiel de mi memoria.

El coronel del cuerpo de que acabo de hablar era un guapísimo oficial: llamémosle X… Los nombres no hacen al caso y prefiero cambiarlos, porque tendría que nombrar a personas que viven aún, lo cual sería, por lo menos, mortificante para mí.

Mandaba uno de los escuadrones otro oficial, el comandante Enrique Flores, joven perteneciente a una familia de magnífica posición, gallardo, buen mozo, de maneras distinguidas, y que a las prendas de que acabo de hablar agregaba una no menos valiosa, y era la de ser absolutamente simpático. Era de esos hombres cuyos ojos parecen ejercer desde luego en la persona en quien se fijan un dominio irresistible y grato.

Tal vez por esto el comandante Flores era idolatrado por sus soldados, muy querido por sus companeros y el favorito de su jefe, porque el coronel no tenía otra voluntad que la de Enrique. De modo que era el árbitro en su cuerpo, y los generales a cuyas órdenes había militado, conociendo la influencia que ejercía sobre su jefe y su prestigio entre la tropa, no perdían ocasión de halagarle, de colmarle de atenciones y de hacerle entrever un próximo y honroso ascenso.

Como era la época en que se franqueaban los escalones de los más altos empleos más fácilmente que nunca, susurrábase que el coronel sería ascendido a general, y que entonces Flores quedaría con el mando de su cuerpo, quizá con el carácter que aquél tenía.

Además, y esto es de suponerse, Flores era peligroso para las mujeres, era irresistible, y mil relatos de aventuras galantes y que revelaban su increíble fortuna en asuntos de amor, circulaban de boca en boca en el ejército.

Flores, por otra parte, no perdía oportunidad de hacer uso de sus relevantes prendas; y aunque el ejército, en aquel tiempo, no hacía más que marchar en opuestas direcciones y cruzar rápidamente por las ciudades, el comandante, sin descuidar sus deberes, encontraba momentos a propósito para galantear a las más hermosas jóvenes de los lugares que tocaba, no siendo nada difícil para él concluir una conquista en breves días y, a veces, en horas.

El hecho es que no salía de una ciudad un poco importante, sin llevar consigo dulces y gratos recuerdos de ella, ni dejaban de verter lágrimas por él los ojos más hermosos de una población.

Ya se sabía; tan luego como se tocaba la botasilla para prepararse a salir, tan luego como se oían los toques de marcha, mientras que los demás pasábamos indiferentes por los pueblos y las ciudades y sólo nos ocupábamos en hacer nuestras maletas y comprar provisiones, Enrique, después de dar las órdenes necesarias a sus capitanes, siempre tenía que escribir un pequeno billete de despedida, siempre se apartaba un momento de la columna para galopar en uno de sus soberbios caballos en dirección a la casa de sus amadas de un día, para estrecharles la mano y recibir, en cambio de tiernas miradas, un panuelo húmedo de lágrimas, un rizo de cabellos, un retrato o una sortija. !Qué dicha de hombre!

No: y debo confesar a ustedes que Flores era seductor; su fisonomía era tan varonil como bella; tenía grandes ojos azules, grandes bigotes rubios, era hercúleo, bien formado, y tenía fama de valiente. Tocaba el piano con habilidad y buen gusto, era elegante por instinto, todo lo que él se ponía le caía maravillosamente, de modo que era el dandy por excelencia del ejército.

Gastador, garboso, alegre, burlón, altivo y aun algo vanidoso, tenía justamente todas las cualidades y todos los defectos que aman las mujeres y que son eficaces para cautivarlas.

Por eso las muchachas más guapas de Querétaro, primero, y después de Guadalajara, se morían por bailar con él, gustaban de apoyarse en su brazo y saboreaban con delicia su conversación chispeante de gracia, salpicada de agudezas ingeniosas y, sobre todo, galante.

Enrique era el tipo completo del león parisiense en su más elegante expresión, y se desprendía de él, si me es permitida esta figura, ese delicado perfume de distinción que caracteriza a las gentes de buen tono.

Todavía más. Flores era jugador y, por una excepción de la conocida regla, ganaba mucho. No parecía sino que un genio tutelar velaba por este joven y le abría siempre risueno las puertas del santuario del amor, del placer y de la fortuna. Era seguro que cuando nosotros estábamos en quiebra, Flores tenía en su bolsillo algunos centenares de onzas de oro y ricas joyas que valían un tesoro en aquellos tiempos.

Flores no esquivaba jamás la ocasión de prestar un servicio, y sus amigos le adoraban por su generosidad.

Me he detenido en la descripción del carácter del primero de mis personajes, porque tengo en ello mi idea: deseo que ustedes le conozcan perfectamente y comprendan de antemano la razón de varios sucesos que tengo que narrar.

Tal era el comandante Enrique Flores.


Capítulo 4 El comandante Fernando Valle

Había también en el mismo cuerpo, y mandando el segundo escuadrón, un joven comandante que se llamaba Fernando Valle. Era justamente lo contrario de Flores, el reverso del simpático y amable carácter que acabo de pintar a largas pinceladas.

Valle era un muchacho de veinticinco anos como Flores, pero de cuerpo raquítico y endeble; moreno, pero tampoco de ese moreno agradable de los espanoles, ni de ese moreno oscuro de los mestizos, sino de ese color pálido y enfermizo que revela o una enfermedad crónica o costumbres desordenadas.

Tenía los ojos pardos y regulares, nariz un poco aguilena, bigote pequeno y negro, cabellos lacios, oscuros y cortos, manos flacas y trémulas. Su boca regular tenía a veces un pliegue que daba a su semblante un aire de altivez desdenosa que ofendía, que hacía mal.

Taciturno, siempre sumido en profundas cavilaciones, distraído, metódico, sumiso con sus superiores, aunque traicionaba su aparente humildad el pliegue altanero de sus labios, severo y riguroso con sus inferiores, económico, laborioso, reservado, frío, este joven tenía aspecto repugnante y, en efecto, era antipático para todo el mundo.

Sus jefes le soportaban, y se veían obligados a tenerle consideración, porque más de una vez en la campana de Puebla, primera que había hecho en su vida, había dado pruebas de un valor temerario, de un arrojo que parecía inspirado por un ardiente deseo de elevarse pronto o de acabar, sucumbiendo, con algún dolor secreto que torturaba su corazón.

Hubiérase dicho que, desafiando a la muerte, había querido humillar a sus jefes, que combatían con la prudencia del valor reposado y experto.

En el ejército era un advenedizo, porque había aparecido como soldado raso en las filas el ano de 1862, ascendiendo luego a cabo por su aplicación, después a sargento en las Cumbres de Acultzingo, a subteniente (servía entonces en un cuerpo de infantería), luego a teniente después del 5 de Mayo y, por último, a capitán.

Como tal había tomado parte en la defensa de la plaza de Puebla en 1863, sirviendo entonces en el batallón mixto de Querétaro, a las órdenes del valiente y malogrado Herrera y Cairo.

No cayó prisionero, sino que pudo evadirse de la ciudad y se presentó al gobierno de México, que le ascendió a comandante y le destinó a servir en el cuerpo de caballería en que se hallaba actualmente.

Aplicado con asiduidad a esta para él nueva arma, había aprovechado tanto su tiempo, que se le citaba como al oficial más inteligente y más capaz, por lo cual y por su carácter frío y reservado, sus companeros le profesaban un odio reconcentrado y mortal.

- Evidentemente, este muchacho escondía un proyecto siniestro, estaba inspirado por una ambición colosal, andaba su camino, y quién sabe… él quería subir, y aparentaba servir a la República como un medio para llegar a su objeto. No era, pues, un patriota, sino un ambicioso, un malvado encubierto.

Esto se decían los oficiales en voz alta, esto se decía el coronel, esto se decía el mismo Flores, y más de una vez Valle tuvo que sufrir los sangrientos sarcasmos de todos, y los devoró en silencio y palideciendo de rabia.

- Él no es un cobarde, él sufre nuestros insultos y evita toda pendencia; luego abriga una mira particular a cuya realización sacrifica hasta su amor propio.

Esto anadían en coro los oficiales.

Además Valle ni pedía un servicio a nadie ni lo hacía. Guardaba su poco dinero, gastábale con parsimonia y evitaba toda ocasión de comprometerse a pagar en un convite la comida y el vino de sus companeros, por lo cual regularmente comía aparte o en diferente fonda, siempre solitario y siempre económico.

Esta sobriedad calculada, su falta de buen humor, su aversión a los vicios a que es inclinada la juventud militar, le daban un aire de gazmonería que no podía menos de atraerle la enemistad de las gentes.

Así, cuando algún oficial, porque todos los demás se amaban fraternalmente, estaba enfermo o metido en algún apuro, todo el mundo volaba a su socorro, se le prodigaban los cuidados más solícitos, se velaba a la cabecera de su cama, se le facilitaba dinero, se le asistía, en fin, como en familia.

Pero cuando Valle, que tenía, a pesar de su aparente raquitismo, una salud robusta, solía estar achacoso, o herido, como acababa de sucederle a consecuencia de una escaramuza, nadie le hacía el menor caso; se le trataba como a un perro, y el orgulloso comandante tenía que preparar sus hilas con una sola mano y que tomar sus tisanas y beber agua en su jarro con infinitos trabajos, porque rehusaba hasta los servicios de un viejo soldado que le servía, quien, por otra parte, le quería poco.

Francamente, hasta nosotros los médicos, hombres de caridad y que no consultamos nuestras simpatías para ser útiles a los que sufren, hasta nosotros, digo, repugnábamos acercarnos a él, porque sentíamos una invencible antipatía viendo a ese pequeno oficial con su mirada cenuda, su color pálido e impuro y su boca despreciativa.

- La tisana que me recetó usted, doctor, no me ha hecho provecho alguno -me dijo un día en Querétaro cuando estaba atacado de fiebre a consecuencia de la herida.

Díjome estas palabras con tal desdén, con tal acento, que en un arranque de cólera le repliqué:

- Pues si no le hace a usted provecho, arrójela.

El me miró fijamente con sus ojos hundidos, y temblando por la calentura, se levantó, tomó su jarro de agua fría, bebió hasta hartarse y se volvió del lado de la pared.

Indignado yo de tamana insolencia, salí refunfunando.

!Qué me importa que te lleve el diablo, oficialillo grosero!

Creí que se pondría peor y avisé a alguno de mis companeros para que fuese a asistirle; él me manifestó que le sería desagradable, y no fue a verle.

Al día siguiente salimos de Querétaro.

- !Una camilla para el comandante herido! -pidió en el patio del hospital el jefe del Cuerpo Médico, viendo que nadie se había acordado de Valle.

Pero los soldados estaban demasiado atareados con su equipo, nosotros ocupados en nuestros aprestos de viaje, los soldados de ambulancia se encogían de hombros, y el comandante quedó abandonado.

Íbamos acordándonos de él ya en la columna de camino y en marcha, cuando le vimos a la cabeza de su escuadrón, sereno, callado, cejijunto y llevando el brazo envuelto y colgado del cuello.

- Realmente hay algo de misterioso en la fuerza de espíritu de este muchacho -nos dijimos.

- ?Será un héroe futuro?

- !Bah! tiene más aspecto de traidor que de héroe; él medita algo, no hay duda -se me contestó.

Y así continuamos hasta que el sanó sin necesitar de más asistencia de facultativo.


Capítulo 5 Llegada a Guadalajara

Por lo demás, excusado es decir que el pobre comandante ni tenía aventuras de amor, ni aunque las tuviera serían del carácter de las de Flores. Era profundamente antipático para las mujeres, y él, que lo conocía, no las frecuentaba.

Siempre vestido con su uniforme cuidadosamente aseado, pero sin lujo, cuando asistía a algún baile, que era pocas veces y obligado por el coronel, se mantenía en un rincón y se retiraba a poco tiempo.

Así pues, ni una triste cualidad tenía mi comandante. Era un pobre diablo, bien seco, bien fastidioso, bien repulsivo.

Pero al día siguiente de aquel en que llegamos a Guadalajara, le vimos transformarse; lo que nos hizo pensar mucho. En la manana se peinó, se vistió esmeradamente y salió del cuartel, dirigiéndose a una de las calles centrales. En la tarde volvió muy contento, trayendo en la mano un pequeno ramillete de heliotropos.

Alguno le dijo chanceándose:

- Parece que viene usted contento, comandante: !cosa rara! Trae usted flores: cosa más rara todavía. ?Qué milagro es éste?

- !Oh! es una cosa muy sencilla -respondió- hace tanto tiempo que no veo a ninguno de mis deudos, que me alegro de encontrar uno aquí.

- Hola ?tiene usted aquí un deudo?

- Sí.

- ?Es uno, o una?

- Una… es una prima mía -contestó sonriendo y haciéndose comunicativo por la primera vez.

- Linda ?eh, comandante?

- Sí, es guapa, muy guapa.

A estas palabras Enrique Flores se acercó al grupo que se había formado en torno a Valle.

- Y bien, companero, ?conque tiene usted primas guapas? Pues vea usted, yo creía que no tenía usted parientes en este mundo.

- Sí los tengo -respondió Valle- tengo muchos, más de los que usted cree, y en posición que usted no sospecha; sólo que yo los detesto a casi todos.

- Es claro, usted detesta a todo el mundo. Pero vamos a ver ?aborrece también a la primita?

- No; a esa no, ni tengo motivo; ahora la conozco y, a primera vista, creo que es una buena criatura.

- A primera vista !pícaro! Eso quiere decir que es bella. Caballeros, he aquí el prodigio, Valle enamorado, Valle el taciturno, Valle el hurano, Valle el enemigo de las pasiones, Valle el que se reía con desdén de nuestras debilidades, hele aquí que se humaniza, que se hace accesible, que se apasiona… !Mal negocio, companero, mal negocio! Va usted a hacer más locuras que nosotros, porque los empedernidos como usted, cuando resbalan, no paran hasta el abismo.

Valle recibió esta andanada que el burlón comandante le dirigió con su volubilidad y buen humor de costumbre, y se encogió de hombros.

- Conoceremos a la primita, por supuesto -anadió Flores- esto es si usted no lo lleva a mal, si no se vuelve usted un Otelo, porque también es otra gracia de los taciturnos y de los castos; cuando se enamoran se hacen celosos como unos árabes.

- No hay inconveniente -replicó Valle-. Usted la conocerá si ella lo permite, que sí lo permitirá. Es una joven amable y admirablemente educada, que tendrá mucho placer en conocer a mis camaradas.

- Muy bien -concluyó Flores- usted senalará el día de nuestra presentación, y que sea pronto, porque es preciso comenzar a hacer conocimientos en esta ciudad, que es un búcaro de rosas, que es un nido de ángeles.

Y dando un golpecito con familiaridad en el hombro de Valle, se retiró, haciendo nosotros lo mismo, no sin decir cada uno con malignidad:

- !Pobre primita, con Enrique!

Ahora bien: faltábame decir a ustedes que el comandante no parecía querer a nadie en el cuerpo, más que a Enrique. Sea que el carácter simpático de Flores hubiera ejercido su influencia de siempre en el ánimo de Valle, sea que éste por miras secundarias tuviese necesidad de aparentarla, el hecho es que manifestaba frecuentemente una sincera atención hacia el comandante.

Le hablaba algunas veces sobre asuntos menos serios que los del servicio militar, le ayudaba en los trabajos de su escuadrón, particularmente en llevar su papelera, lo que hacía con facilidad y acierto; y algunas veces se propasó hasta regalarle alguna botella de exquisito vino, o un ramillete para que obsequiase a sus queridas.

Flores, en cambio, le renía por su carácter reservado, le encargaba comisiones enfadosas, manifestándole de este modo su predilección, y aun solía pedirle consejo en asuntos de servicio.

Así, pues, se había entablado entre ambos jóvenes, si no una amistad, al menos una relación que no era la del odio. Esto explica la amabilidad con que Valle prometió a Enrique llevarle a casa de su prima.